viernes, 19 abril 2019

Día de impermeables

El cronista sabe que, a la hora de contar jornadas como la que se produjo este Jueves Santo, es muy difícil cuando no imposible atinar a reflejar todo lo que ocurrió. Máxime en este día, probablemente uno de los más extravagantes vividos en las Semanas Santas de las últimas tres décadas. Agua, viento y frío marcaron el Día del Amor Fraterno, en la que solamente la Esperanza se salvó de la lluvia y la Misericordia no pudo alcanzar el centro de la ciudad.

Las imágenes de televisión del Cristo de Mena empapado en su traslado por la mañana a causa de una contundente lluvia ya presagiaban que Málaga podía volver a mostrar su capacidad de abrazarse a los extremos. En 24 horas, la ciudad pasó del riguroso conservadurismo experimentado el Miércoles Santo a la salida a las calles a pecho descubierto por parte de las hermandades del Jueves Santo.

Y eso que el día era un reto: chaparrones, acompañados incluso de tormenta, se sucedieron durante toda la mañana y el mediodía. Hasta el punto de que los primeros retrasos anunciados de la Sagrada Cena, Santa Cruz y Viñeros no impidieron que, aún así, estas corporaciones se echaran a la calle cerca de la seis de la tarde con algunas gotas cayendo de manera intermitente. Una hora después, pasadas las siete, un breve chaparrón de cierta entidad metió el miedo, también en las hermandades de Zamarrilla, Mena y Vera+Cruz, que se acababan de poner en la calle. Pasado este trago, las hermandades continuaron su marcha, la de calle Mármoles a marcha forzada para poder llegar en hora a la Tribuna, tras retrasar su salida de la Casa hermandad.

Pero el día plegó definitivamente en la siguiente hora punta. Como un reloj, a las ocho en punto volvió a llover de forma parecida al anterior episodio, pero de una duración más que suficiente para que El Chiquito, que acababa de encontrarse con su barrio, diese sus pasos atrás y su Hermandad suspendiera la estación de penitencia. El Jueves Santo se cobraba una de las más sensibles bajas posibles.

Pero se ahorraron bastantes malos ratos, pues los coletazos de lluvia, muy fastidiosos por momentos, ya se sucederían de manera imparable. A excepción de la Misericordia, a salvo, y la Esperanza, que anunció el retraso de su salida a las diez de la noche, todas las hermandades aguantaron los chaparrones con resignación encerradas en el trazado del Recorrido oficial o a las puertas de entrar en él.

Para entonces, Vera+Cruz y Zamarrilla decidieron que había que volverse. La única manera que encontraron fue abandonando el Recorrido oficial desde Atarazanas hacia la plaza de Arriola, para lo que fue necesario quitar sillas e incluso mover un practicable de televisión. Así, tras pasar el manto de la Soledad de Mena por el Mercado Central, que iba para Cisneros, la Cruz Guía de Fusionadas apareció detrás para, por Sagasta, regresar a San Juan. En este punto, en torno a las diez menos cuarto, se produjo el episodio más serio de lluvia. La estampa del valioso Cristo de la Vera+Cruz con surcos de agua repartidos por su cuerpo recordaron demasiado a las imágenes matutinas del traslado de Mena. Inmediatamente detrás, apareció Zamarrilla, con el Crucificado envuelto en plásticos.

Tal fue la importancia de este último chaparrón que en las redes sociales parecía que iba a ser cuestión de tiempo el comunicado de la Archicofradía de la Esperanza anunciando su definitiva suspensión de la procesión. Pero se ve que debió tratarse de la traca final de esta jornada inestable y, de forma radical, el cielo se despejó para no llover más.

En ese contexto, y eso sí: con un relente metido en la ciudad tal como si hubiese muerto Manuel Alcántara, la Esperanza ya se echó a la calle (volvería cerca de las cinco y media). Mena, que pudo dudar en recortar su recorrido, continuó su marcha hacia la Alameda; Zamarrilla ya embocaba Mármoles, y las tres primeras, Sagrada Cena, Santa Cruz y Viñeros volvieron como pudieron a sus sedes. El público descendió notablemente, aunque ninguna se vio sola.

Mención aparte merece el comportamiento heroico de los cuerpos de nazarenos. Pocas desbandadas, fidelidad a sus titulares a pesar de las inclemencias y compostura generalizada en todas las hermandades, cuyos responsables les debe hacer pensar si tienen en cuenta este colectivo a la hora de la toma de decisiones, no ya sólo en días de lluvia. Si enfundarse un capirote ya es sinónimo de soledad, lo es especialmente en jornadas como esta.

Por otra parte, a las hermandades se les podrá cuestionar o no su decisión de lanzarse a la calle pero, al margen de esto, lo observado el Jueves Santo de 2019 genera dudas sobre si el factor lluvia contó lo suficiente a la hora de poner en marcha -o siquiera vender- un proyecto de tamaña envergadura que se celebra al aire libre y en primavera.