Con el tiempo, desapareció la banda municipal, y tu tío Manolo se dedicó a tocar el piano por todos los hoteles de la costa, como hizo toda la vida tu bisabuelo que en paz descanse. Tu tío iba en bicicleta todos los días a tocar el piano, siempre por el carril bici, que se había hecho mucho antes que el metro, y tocaba su propia música, pues la música de otros no podía sonar sin el permiso sellado y firmado de la discográfica correspondiente, era considerado un delito no avisar al autor para recaudar unos euros por esas vibraciones gratuitas. Para este menester, los hoteles estaban llenos de inspectores disfrazados de clientes que en más de una ocasión trataron de multar a tu tío por varias melodías que se prestaban a confusión. Tampoco se podían grabar discos oficialmente, pues las grandes discográficas no hacían caso más que a sus gentes cercanas, a sus amigos y clientes del partido, y ni se podían hacer un par de copias ilegales de tus propias canciones para regalarla a los amigos, presentarlas en un teatro, o escucharlas en el coche los domingos camino al campo con los vecinos, porque los amigos y los vecinos podían ser del partido y denunciarte, pues con la internet nos convirtieron a todos poco a poco sin darnos cuenta en cuerpos de policía voluntarios de nosotros mismos. Estaba en definitiva prohibido disfrutar, no había moneda que nos devolviera ese sentimiento, pues todo se lo había tragado la política y la vigilancia no tenía fin. Se había muerto el amor, ese sentimiento tan caro. Y se nos fue la libertad, como se escapa el humo azul de un cigarrillo en la noche oscura, con el disfrute inocente del espacio dedicado a la búsqueda de la belleza, ese rincón que todos tenemos en el corazón desde que nacemos, aunque ya no queramos escucharlo nunca. Pero eso sí Mario, éramos muy democráticos, y estábamos en contra de la SGAE.
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