Paseaba Mario por las calles de Málaga, disfrutando del silencio de miles de personas y la oscuridad de la noche. A lo lejos, un desfile susurra la marcha fúnebre de Chopin, un sonido que se acerca lentamente, o quizá Mario era el que se acercaba a la banda municipal. Pasaba el Santo Sepulcro, la procesión favorita de Mario, que se acordaba de cuando su tío tocó al piano en el Teatro Cervantes aquella misma pieza, dando una vuelta de tuerca a la partitura original, interpretando a contratiempo las notas a tiempo, dibujando con su trazo personal la melodía, refrescando y dando un aire nuevo a la aquella vieja partitura de Chopin para buscar y encontrar otros puntos de vista a lo ya escrito, creando e intentando algo distinto. El pequeño Mario estaba excitadísimo en la platea viendo y escuchando cómo medio teatro susurraba quejas mientras su tío hacía todo un streptease musical. Y se acordaba Mario cómo lo criticaron al otro día por la radio, que si aquello era una falta de respeto, que si no fue acertada la broma, que si no era ortodoxo ni respetuoso, y Mario no comprendía nada. Mario conocía bien a su tío, y sabía perfectamente su propósito aquel día en el Teatro Cervantes. Sabía que a su tío sólo le interesaba hacer música, que era lo que más le gustaba en este mundo, y que lo demás, etiquetas y comentarios incluidos, bien poco le importaba ya. Y al mismo tiempo, en mitad de aquella conclusión sencilla para Mario, se preguntaba, porque su profe de música se lo enseñó en el cole, cómo todavía a finales del siglo XX había gentes que se escandalizaban con el jazz, una música que había nacido a finales del siglo anterior, como aliento para hacer más llevadero el trabajo de los esclavos…
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