Vivíamos en una realidad en la que se confundía el diseño y la moda con el poder adquisitivo y una verdadera necesidad expresiva, en la que se confundía el arte con la cultura, y la cultura con la educación. Todo era un extraño sentimiento enfermizo cargado de necesidad que pretendía a toda costa demostrar en la galería ser válido. El valor era en realidad todo lo único que le preocupaba al mundo. La tecnología, la facilidad de comunicación, en realidad no estaban sirviendo para nada. La juventud estaba infravalorada guardando sus ilusiones en las calles de la ciudad, empapando de alcohol y lágrimas su formación catedrática con la que sólo consiguieron robar alguna música que descargaron en sus teléfonos móviles de última generación, los que año tras año renovaban sus padres con el pico que sobraba de la paga extra de navidad. Los continentes comenzaron a experimentar grandes cambios climáticos sin orden ni lógica. Las crisis comenzaron a multiplicarse invadiendo cualquier otro sentimiento que pudiera intentar aunque sin éxito ser reconstituyente. En Málaga la gente seguía bañándose en las playas remojando su sencilla alegría esperando la Semana Santa. Yo seguía escribiendo música desde Lanzarote, era el año 2016. Y seguía sin pasar absolutamente nada.
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GENIO
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