En realidad eran los comienzos de un mes de junio. Lanzarote tenía un poco de polvo, como cuando ocurren miles de cosas y se te llena el alma de tiempo pero permanece intacta. Y es verdad, como te comentaba después del concierto, con una mancha de lip gloss en los labios, mientras tragaba nervioso la Coca Cola Zero para no enloquecer mis niveles de glucosa para no sentir demasiada culpabilidad por todos esos caprichos que le doy a mi gula para mantener intacta la inspiración y el eterno amanecer interior, el metre del Lancelot se acercaba a entregarnos miles de mapas fotocopiados para poder comprender Lanzarote de cabo a rabo, además de un pequeño libro de Michel Houellebecq en el que aparecían montón de conejeros correteando en moto guiñando un ojo. Yo prefería manchar mi alma de mojo rojo y verde caprichosamente, como siempre regar mi corazón de vinos deliciosos de aquella deliciosa isla que para siempre quedarían dibujados dentro de mí a pesar del tanto Oporto anterior. Amanecer en Lanzarote esta vez era otra cosa, pero el chisporroteo de colores dentro de mí era inevitable, y aunque estábamos en los comienzos de un mes de junio, quizá cualquiera, o quizá no, quién sabe, yo sentía florecer un mes de agosto, y sentía fuegos artificiales manchados de colores un chisporroteo de alegría dentro de mí, y muchos colores estallando dentro de mí, y mis lágrimas iluminadas intermitentemente por la aquella farola que desde siempre ya en Málaga dentro de la mismísima Cueva de los Verdes inaugurando la feria en agosto yo echaba de menos…
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El alma tiene ojos. Vidriosos.
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