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Domingo, 07 Septiembre 2014

Nuevo ciclo tras 24 años de era Rouco

Existían demasiadas diferencias de fondo y forma entre Bergoglio y Rouco Varela. El relevo debía llegar más pronto que tarde y el Papa Francisco lo hizo oficial en puertas del nuevo curso que se inicia. Este 28 de agosto puso fin a una era de 24 años de ultraortodoxia impuesta Rouco, que deja su puesto en Madrid a Carlos Osoro, al que sucede en Valencia el cardenal Antonio Cañizares. Se cumplen los pronósticos, pese a las presiones a Roma del ya administrador apostólico de Madrid para que le sucediera su fiel obispo auxiliar, Fidel Herráez. Pero el Papa prefirió alguien de un talante más moderado y en sintonía con los nuevos aires que se han instalado en el Vaticano.

Antonio María Rouco Varela fue el hombre de Roma en España con Juan Pablo II y, sobre todo, con Benedicto XVI. La llegada de Francisco supuso el inicio de su epílogo. Del nuevo arzobispo de Madrid dicen que es un prelado de los que pisa calle. De hecho, la última vez que Francisco lo vio en Roma le llamo "el peregrino", según destaca el diario El Mundo, por lo mucho que le gusta estar a pie de obra pastoral, siempre presente en todo tipo de actos sociales, civiles y, sobre todo, pastorales.

Carlos Osoro llega a Madrid tras ejercer su ministerio como obispo en Orense -su primera diócesis- Oviedo y Valencia. A sus 69 años, le quedan seis hábiles, hasta que presente su renuncia por cumplir los 75. En una de sus primeras declaraciones tras el nombramiento, manifestó que "la Iglesia no necesita ahora cristianos de salón". Un obispo todoterreno en lo pastoral y moderado en lo eclesial.

El regreso de Antonio Cañizares a España, por su parte, cierra la puerta de Valencia a Jesús Catalá, como algunos especulaban en la diócesis malagueña. La mano dura y las salidas de tono mostradas a lo largo del 2014 se leen en círculos cofrades como un deseo de forzar un traslado. Por ahora no habrá cambios y Málaga se mantiene como uno de los bastiones de la ultraortodoxia de la era Rouco, que ahora parece perder peso en la curia española.

Cañizares regresa a España desde Roma preocupado por la unidad tanto de la iglesia como del país, que se enfrenta a su juicio a "decisivos problemas" afectado todavía "por una severa crisis económica a la que subyace otra moral y humana", según manifestó en un escrito dirigido a su nueva diócesis. Pese a todo, analistas vaticanos dicen que atrás queda su imagen de cardenal de las Españas, de pequeño Ratzinger. Regresa mucho más abierto y dialogante; mucho más "franciscano".

Los próximos designios de la Iglesia española quedan en manos de Ricardo Blázquez, un presidente de la Conferencia Episcopal de transición, Osoro y Cañizares. Con el añadido del nuevo arzobispo de Barcelona (todavía sin nombrar, aunque el cardenal Lluís Martínez Sistach ya lleva dos años de prórroga en el cargo) y del arzobispo castrense, Juan del Rio.

Publicado en Málaga

El Papa Francisco propuso en la Misa matutina del primer viernes de septiembre celebrada en la Casa Santa Marta dejar a un lado las "estructuras caducas" de la Iglesia porque "no sirven".

"A vinos nuevos, odres nuevos. Y por ello, la Iglesia nos pide a todos cambios. Nos pide dejar a un lado las estructuras caducas: ¡No sirven!", subrayó el Pontífice, según informa Radio Vaticana.

En este sentido, invitó a los fieles a "no tener miedo de cambiar las cosas según la ley del Evangelio" y explicó que el Evangelio es "novedad, fiesta y libertad" y solo se puede vivir plenamente en un corazón "alegre y renovado".

El Papa recordó que, antes de la llegada de Jesús, el pueblo vivía "prisionero" de las "pequeñas leyes" marcadas por los doctores de la ley y que es "liberado" por Jesús cuando lleva la ley a su "plenitud" con las bienaventuranzas y la ley del amor.

Publicado en Málaga

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. 2 Cor 8, 9)

 

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.

Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

Publicado en Opinión / Tribuna

El Papa anunció la creación de 19 nuevos cardenales, entre ellos el arzobispo emérito de Pamplona, Fernando Sebastián, y que serán nombrados en una ceremonia el próximo 22 de febrero en la fiesta de la Cátedra de San Pedro. El sacerdote reside en Málaga desde su jubilación en el año 2007 y fue administrador apostólico de la diócesis de Málaga entre septiembre de 1991 y mayo de 1993. En el año 2010 fue predicador de la Patrona de Málaga, Santa María de la Victoria.

En total, los nuevos cardenales creados abarcan a cuatro arzobispos responsables de diversos cargos en la Curia romana, otros doce procedentes de países de cuatro continentes y otros tres arzobispos eméritos, entre los que se encuentra el arzobispo español, que no participarán en cargos del Vaticano ni en el Cónclave al superar la edad de 80 años.

Con esta decisión, los cardenales electores (menores de 80 años) serán 122 -hasta ahora el número tope de cardenales electores era 120-. No obstante, diez cardenales cumplen este año 80 años, la edad máxima para poder ser cardenal elector en caso de cónclave, por lo que el número de cardenales creados se puede ampliar hasta los 24.

Publicado en Málaga

El papa Francisco aseguró este sábado que "sufre" cuando ve que en la Iglesia y en las organizaciones eclesiales se reduce el papel de las mujeres sólo "a la servidumbre".

"Sufro, y os digo la verdad, cuando veo en la Iglesia o en algunas instituciones eclesiales que el papel de la mujer queda relegado a un papel de servidumbre y no de servicio. Veo mujeres que hacen cosas de servidumbre y no de servicio", dijo.

Así se expresó el pontífice en el discurso a los participantes en la convención celebrada con ocasión de los 25 años de la carta apostólica "Mulieris Dignitatem" de Juan Pablo II sobre la mujer.

El papa, que siempre ha abogado por la importancia del papel de la mujer, explicó que es necesario una reflexión de toda la Iglesia "para dar mayor valor a la presencia de las mujeres".

Respecto al tema de la carta apostólica, Francisco explicó que en ella se hablaba de la maternidad de la mujer y afirmó que "aunque muchas cosas han cambiado en la evolución cultural y social, es un dato de hecho que la mujer da a luz a personas". "Dando a la mujer la maternidad -agregó- Dios le ha confiado de una manera muy especial el ser humano".

Ante ello, el papa argentino explicó que existen "dos peligros siempre presentes" y uno de ellos es "reducir la maternidad a un papel social, a un deber, aunque noble, pero que no ayuda a construir plenamente la comunidad" y el otro es "promover una especie de emancipación que abandona lo femenino y los valiosos rasgos que lo caracterizan".

El exarzobispo de Buenos Aires reiteró la idea varias veces expresada de que "la Iglesia es mujer y madre."

Publicado en Málaga
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