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OPINIÓN / EDITORIAL
Jueves, 12 Diciembre 2013

Querido tiempo de Adviento

¡Me encanta que estés aquí ya! No sé qué es lo que tienes pero me pones el corazón en otra sintonía. Qué sé yo, pequeño seductor, con esa capacidad tuya para ir desgranando días hasta completar un tiempo que va guiándome, cual lazarillo, a la Navidad.

 

¿Qué tienes, hermoso Adviento?

No sé si será Isaías, ese enamorado que grita esperanza, ese loco que corretea por valles y collados con su cojera y su ceguera, rodeado de animales que conviven en paz, rodeado de colores y de sensaciones; poeta del futuro que va hermoseando lo que ve, que matiza de Presencia incluso, o sobre todo, lo más doloroso.

Isaías me enseña cómo vivirte, joven Adviento. Me enseña a gritar esperanza en el sufrimiento, a confiar en tiempos mejores, a provocarlos. Este hombre tan sensible me dice que he de ser yo quien coloree mi alrededor, y que Dios es un tizón humeante que me abrasa la vida. Isaías me enseña a vivir enamorada, gestando paz.

Quizás sea Juan, el Bautista, el del dedo que indica camino nuevo y al Nuevo. Sí, Juan, el pariente austero, metódico y entregado, que pregunta sin rodeos (¿”eres tú el que ha de venir o esperamos a otro”?), el impaciente. Juan el creyente, enamorado del misterio sanador y salvador del Agua, el que, grano a grano, se fabricó un desierto desde el que gritar verdades.

Juan también es un buen maestro porque me recuerda que con muy poco se puede vivir, y que la calidad de vida la da la relación con Dios, no las pieles que lleve encima (por muy de camello que sean). Juan me anima a vivir sencillamente y a gritar siempre, siempre, siempre, que el Reino de Dios está cerca, tan cerca, que lo tenemos pegadito al alma.

No sé, querido Adviento, no sé qué es lo que tienes que me pareces de lo más bello que hemos creado, tan tranquilo, tan susurrante, como un manantial discreto que, en silencio, va salpicando de verdor todo su entorno.

¿Será María?, sí, quizás sea ella. La mujer bendita y bendecida de Nazaret, la del anuncio insospechado que se convertiría en sospechoso, la del “sí, quiero”. María es una mujer muy interesante, Adviento querido: con destino en Belén, preocupada por un Niño en el Templo de Jerusalén y desolada después por un Hombre en la misma ciudad; María y su “mindfulness” en las bodas de Caná, o su sentido comunitario con los discípulos... recibiendo, de nuevo la Ruah Santa. María, hija de Sión.

Ante María, maestra, me inclino admirada, porque ella, que pronunció pocas palabras (aunque cantó las verdades sin temblor en la voz), en cambio gestó la Palabra; y lo hizo bien consciente, interpelando al ángel, dudando y sopesando, hasta que el corazón dio golpecitos de inteligencia a la mente y ambos se pusieron de acuerdo en el sí. María me enseña a ser generosa y entregarme hasta el cansancio, atravesando incomprensiones y murmuraciones. María me dice que ahora que ya estás aquí, Adviento, el corazón ha de ser grande para poder guardar en él todas las cosas en silencio.

Ni idea, Adviento, granujilla, no sé por qué me gustas tanto, si porque me invitas a soñar o porque me conminas a vivir despierta.

En fin, no le doy más vueltas, me gusta tu humilde presencia, tu duración mayor o menor dependiendo de lo que la Navidad necesite, tu ser anuncio de algo bueno, tu..., todo tú.

Y contigo... lo mejor está por llegar, querido Adviento.

Seguimos juntos, gracias por venir.

Publicado en Opinión / Tribuna

El encendido crónico y precoz del alumbrado navideño me ha recordado que hay algo peor que perder la fe: perder la fe en el autoengaño. Sin la fe, te levantas por la mañana y sigues adelante como si no hubiera pasado nada. Pero si pierdes la fe en el autoengaño, descubres que el alumbrado navideño es una tomadura de pelo y que estamos confundiendo lo interesenate con lo importante, que es la celebración del tiempo del Adviento.

Conozco compañeros que, pese a haber perdido la fe, siguen escribiendo sobre hermandades y cofradías. Y hasta se emocionan cuando discuten por enésima vez sobre las señas de identidad del malagueño. Pero otros, cuando pierden la fe en el autoengaño, se preguntan qué le importa a los damnificados de Filipinas que el Cautivo cambie su horario de salida o que Sebastián Martín Gil deje la presidencia de la Agrupación de Glorias. Yo no he perdido la fe en las cosas importantes de mi religión y por eso no necesito autoengañarme. Y sigo. Permitidme esa indiscrección.

Besos y abrazos del Nazareno Indiscreto.

Publicado en Málaga
Sábado, 22 Diciembre 2012

La Expectación, desde Capuchinos

Capuchinos acoge la última cita mariana antes de la Natividad del Señor de la mano de la Divina Pastora de las Almas. Como cada último fin de semana del tiempo de Adviento, la Patrona capuchinera se presenta a la veneración de los fieles en el momento de la Expectación del Nacimiento del Hijo de Dios y es expuesta en besamanos. Con este motivo, el templo de la plaza de Capuchinos permanecerá abierto de 10.00 a 13.30 y de 18.00 a 20.30 horas el sábado 22 y el domingo 23. Además, el domingo, tras la eucaristía de las 19.00 horas, jurará sus cargos la nueva junta de gobierno que encabeza el hermano mayor Juan Antonio Navarro Rodríguez y la Coral Santa María de la Victoria ofrecerá un concierto de Navidad, a partir de las 20.00 horas.

Esta tradicional cita pastoreña tiene un fondo benéfico. Bajo el lema 'Un beso, una ayuda para Cáritas', durante todo el fin de semana se recaudarán fondos para la Cáritas Parroquial. Uno de los retos en la nueva etapa de la Congregación, según subrayan en un comunicado, será potenciar la labor social para tratar de ser un referente en Capuchinos, como siempre fue la Corporación desde sus orígenes.

 

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Como es costumbre en esta época del año, la imagen de Montes de Oca luce sin el Divino Pastorcillo en su regazo, para simbolizar la liturgia de la Iglesia que establece que en estas fechas, María se encuentra en estado de Buena Esperanza.

Publicado en Málaga
Jueves, 24 Noviembre 2011

Adviento: tiempo de prepararse

Sabemos desde el Génesis que el «mundo» es obra del Creador. También a la carne humana cabe aplicarle lo de «Dios vio que todo aquello era muy bueno». Nuestra pobre condición humana no es obstáculo o pantalla, sino manifestación en la que se trasluce la gloria del Logos. De ahí que, para hacerse hijo de Dios, el hombre no tenga que despreciar su condición carnal, sino que ha de acoger al Logos que se le manifiesta en el hombre Jesús. Adviento es contemplar al detalle ese «renuevo del tocón de Jesé» y dejar enamorarse por su estilo. Ese no juzgar por apariencias, ni sentenciar de oídas, sino cuidar con esmero a pobres y desamparados (cfr. Is 11,1-11). Es decir, Adviento es desalojar «nuestras inhumanidades». Más tarde vendrá el contemplar muy de cerca su nacimiento, su vida, estilo y muerte, para así irnos «transformando en su imagen con resplandor creciente» (2 Cor 3,18).

Mirad con cuánta plasticidad cuenta Pablo a Tito los efectos de la entrada de la «ventaja humanizadora». En el ANTES ─dejado el hombre viejo a sus meras fuerzas─, caíamos «en la difamación y la violencia... en la insensatez y en la obstinación, íbamos extraviados: esclavos de pasiones y placeres de todo género, nos pasábamos la vida haciendo el mal y comidos de envidia, éramos insoportables y nos odiábamos unos a otros. Pero AHORA apareció la bondad de nuestro Dios y Salvador y su amor al hombre; no por méritos que hubiéramos adquirido, sino por sola su misericordia, nos salvó con el baño del nuevo nacimiento y la renovación por el Espíritu Santo, que nos infundió con abundancia por medio de Jesucristo nuestro Salvador» (Tit 3,2-6).

El despliegue de ese AHORA lo retrata Pablo en el Espíritu de Cristo en nosotros: «el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, tolerancia, benignidad, generosidad, lealtad, sencillez, dominio de sí» (Gal 5,22).. Es el paso de lo que él llama «hombre viejo» al «hombre nuevo»: «despojaos de la conducta pasada, de la vieja humanidad que se corrompe con deseos engañosos; renovaos en espíritu y mentalidad; revestíos del hombre nuevo creado a imagen de Dios» (Ef 5,22-24).

Hacernos «humanos» es hacernos plenamente lo que somos; hacernos verdaderos «adultos», hombres cumplidos (eis andra teleion). Es decir, seres capaces de engendrar un entorno humano porque no son tramposos, no siembran la división, no se sumergen en los trucos del error, no son niños zarandeados por cualquier ventolera de doctrina (cfr. Ef 4,14ss).

Hay una parábola que, a mi parecer, expresa mejor que ninguna otra el movimiento encarnatorio. Se trata de la parábola del buen samaritano (Lc 12,25ss). La pobre humanidad estaba medio muerta, molida a palos, desnuda y tirada en el camino. La gente de lo sagrado, sacerdote o clérigo, le dieron buenas palabras. Pero llegó el samaritano y se acercó al caído, complicando e implicando su vida. Para ello el samaritano se acercó a ver, compartió el sentir del pobre hombre, se puso a hacer cosas en su favor (vendar, echar aceite y vino, montarlo en la cabalgadura, llevarlo a una posada, cuidarlo, etc.) y, finalmente, aseguró un cuidado para el futuro, estableciendo un modo de ayudarle hasta su curación pagando al posadero. La Encarnación es la carne llena de humanidad de Jesús Buen samaritano cruzada activamente con nuestra humanidad maltrecha y que complica su vida para aliviar y mejorar la nuestra, dándonos no dos denarios, sino su propia vida: «¿cómo es posible que con Él no nos lo regale todo?» (Rom 8,32).

En este Adviento podemos preguntarnos con hondura: ¿estoy dando entrada en mi vida a la «ventaja humanizadora» que me es ofrecida en Jesús? Juan nos avisa en su prólogo que «vino a los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). La «dura cerviz» del Antiguo Testamento es nuestra patética resistencia a dejarnos hacer verdaderamente humanos por Dios. W. Reich trataba de vencer las resistencias del «Pequeño hombrecito» diciéndole que «no hay nada de lo que huyas más que de ti mismo». El «Pequeño hombrecito» no quiere exponerse a oír la verdad ni asumir la responsabilidad sobre sí mismo. Son los versos de Blas de Otero en Canto primero: «Si supierais ser hombres, sólo humanos. / ¿Os da miedo, verdad?... / ...Con ser hombres os basta».

Acabando: Preparar la Navidad es preguntarse por qué Jesús pudo ser Buena Nueva para los pobres. Adviento es preguntarse por qué no podrá venir a nuestros variados palacios y sí a las cuevas de animales y pastores. Adviento es confrontarse con el Magnificat revolucionario de la doncella sencilla, en el que todo lo nuevo se anuncia acabando con algo, se exaltan los pobres tras caer tronos poderosos. Adviento es dejar la tierra de la ventaja real para seguir a la estrella que convierte la propia vida en Buena Nueva para los pobres, inquietando al Herodes de dentro y fuera de nosotros (Mt 2,16). Adviento es ir de la mano de San Juan Crisóstomo a visitar los verdaderos belenes: «¿Deseas honrar el Cuerpo de Cristo? No lo desprecies cuando lo contemples desnudo en los pobres, ni lo honres en el templo con lienzos de seda, si al salir lo abandonas en su frío y desnudez... El templo no necesita vestidos y lienzos, sino pureza de alma; los pobres necesitan en cambio que con sumo cuidado nos preocupemos de ellos»Adviento es pensar si mis fiestas y viajes de descanso, no serán un cambiar un par de cenas por un desvalido y un pobre (cfr. Am 8,6). Adviento es aceptar la invitación a hacerse humano haciéndonos «auténticos en el amor y creciendo en todo aspecto hacia aquel que es la cabeza, Cristo» (Ef 4,15). Las Bienaventuranzas y las preguntas que juzgarán a la historia son cuestiones sobre la densidad «humana» de nuestro paso por las heridas del hombre. ¡Rehaciendo humanidad se atiende a Dios! (cfr. Mt 25,34ss). ¡El primer Belén se instaló y se sigue instalando allí donde, HACIÉNDONOS HUMANOS, acojamos en nuestra estrecha posada a esos emigrantes que, apurados (me dicen que llegaron en pateras) y con mala catadura («ni aspecto humano»: Is 52,14), llaman cada día a nuestra puerta!» (Lc 2,7). ¡Eso es Adviento. Eso es Navidad!

Plotino, muriendo, definió el Adviento: «Estoy tratando de conducir lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el Universo». Reformulada en cristiano, ésta es la tarea: «conducir lo humano/divino que hay en mí a que reproduzca lo divino/humano que he descubierto en Él» Pero hay que esperarlo y vivir en esperanza. El viene y viene siempre.

 

Francisco Aranda Otero, delegado episcopal de Hermandades y Cofradías de la Diócesis

Publicado en Opinión / Tribuna
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