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OPINIÓN / TRIBUNA
Publicado en Opinión / Tribuna

La tribuna de Jesús Saborido | Elecciones: ¿democracia o semilla de división y rencor?

JESUS SABORIDO | Domingo, 20 Marzo 2016
Nuestro Padre Jesús a su entrada en Jerusalén. Nuestro Padre Jesús a su entrada en Jerusalén. EL CABILDO

Históricamente, y hasta en último tercio del siglo XX, la elección o el nombramiento del Hermano Mayor y la Junta de Gobierno en las Hermandades y Cofradías, era muy heterogéneo y diverso. Familias muy arraigadas iban nombrando entre sus miembros a los hermanos mayores; o bien corporaciones gremiales decidían quien debía ostentar la máxima dirección; o el que dejaba el cargo, imponía su sucesor; o el ciudadano adinerado, que prometía costear nuevo trono, manto o enseres valiosos, accedía a tan importante tarea. Y así, podríamos llenar folios y folios de las distintas y más variopintas fórmulas que recogían los estatutos, pero todas ellas muy lejanas a lo que hoy entendemos como proceso democrático de elecciones.

Fue en 1977, cuando el Obispado dictó unas nuevas normas, muchos de cuyos artículos se consensuaron en mi domicilio particular -porque había sido comisionado por la Agrupación de Cofradías para tal fin- con el entonces Delegado Episcopal, Don Fernando Jiménez Villarejo. Dichas normas eran mínimas y exigibles a toda corporación nazarena, pues debía contemplarse en los estatutos la regulación del proceso de nombramiento o elección del Hermano Mayor y los cargos más importantes y significativos de las juntas de gobierno. Y así, todas y cada una de nuestras hermandades modificaron sus antiguas reglas para adaptarlas a aquellas bases emanadas de la autoridad eclesiástica. Hoy, vemos normal lo que hasta hace una treintena de años parecía un hecho no ajustado a la vida social y política.

Y reformados –obligatoriamente- los estatutos, cada cierto y concreto lapso de tiempo, los cofrades somos llamados al proceso electoral de nuestra hermandad. Lo que hoy es corriente y, en principio, sencillo; que debería suponer un trance más de la vida nazarena, a veces, por desgracia muchas veces, no es ni corriente ni sencillo.

Sin duda alguna, la transición política sufrida en España  -para adaptarnos a la Europa de la que formamos parte, salir de la férrea dictadura franquista, y pasar a la democracia parlamentaria de partidos- ha influido, y profundamente por cierto, en nuestras corporaciones cofrades; pero, pienso que tal influencia tan sólo ha sido en sus aspectos más negativos. Concluido el periodo de mandato de un hermano mayor y su junta, que mejor o peor guió los destinos de una asociación pública de fieles de la Iglesia Católica, aquellos abren y convocan el periodo electoral.

Y es en este punto cuando a veces, o muchas veces, surgen los problemas. Muy variados pueden ser los motivos: las listas de aquellos que tienen derecho a voto no se facilitan con prontitud y claridad a quienes las piden, amparándose siempre en la ley civil de protección de datos; se pretende seguir siendo hermano mayor a toda costa, incluso una vez cumplido el plazo temporal, pidiendo prçorrogas innecesarias; el que quiere presentarse para dirigir los destinos en la nueva etapa, se dedica a prometer lo que a todo punto de vista es imposible de conseguir; o en otras, le surge el ansia de ocupar el puesto por un rencor que tenía callado contra el que concluye su mandato, porque no ganó unas anteriores elecciones o por cuestiones íntimamente personales y vergonzantes; y otras veces, porque creen que ser hermano mayor les hará ser personaje público y conocido gracias a los medios de comunicación, ya que salir del anonimato puede ayudarle a una futura posición laboral más relevante.

Gracias a Dios, todos estos ejemplos no constituyen la generalidad y siempre existen, y han existido, cofrades a los que sólo guía la idea de hacer una cofradía mejor. Pero, por desgracia, todo aquello se da; y cuando sucede es la gran noticia –como noticia es que un niño muerda a un perro y no lo contrario-. Y aquella noticia no sólo es infamante para sus protagonistas, sino que, lamentablemente, la sociedad en la que vivimos nos mide a todos por el mismo rasero.

Y en el proceso electoral se da, puede darse, de todo: salen a la luz íntimas fases oscuras del contrincante; el recuento de votos, por arte del demonio, no es el exacto y justo; se ha dejado votar a quien no tiene el pleno derecho a ello; durante todo el año anterior a la convocatoria, el que acaba mandato y quiere volver a presentarse, da de alta como hermanos a cantidad exorbitada de amigos que le votarán a él y no al que considera su oponente y contrincante… Y otras veces -y entonces el problema se agranda a límites insospechados-, no son dos sino varios, los que presentan sus candidaturas.
Y no saco a la luz más ejemplos, porque son bien conocidos por todos los que lean estas líneas.

Fruto de estas incongruencias con el espíritu cristiano, con el espíritu que debe tener quien pertenece a una asociación de la Iglesia Católica, pueden devenir las impugnaciones. Y cuando esto llega a tal extremo, es cuando la cofradía cae en un oscuro “agujero negro” que la detiene, que la convierte en una lucha por sillones como si de un partido político se tratase, que la lleva a sustituir la amistad y fraternidad por la deplorable y más envilecida causa de rencillas y enfrentamientos. En este momento es cuando puede suceder, o sucede de seguro, que el Obispado intervenga.

Hace ya mucho tiempo, y a raíz de una impugnación electoral de una cofradía, la candidatura perdedora acudió a los tribunales eclesiásticos; tras un largo proceso o pleito que yo llevé como abogado, ganó la candidatura que más votos había obtenido, pero el Obispo Dorado Soto dictó un Decreto cerrando los tribunales eclesiásticos a todas las cofradías, decidiendo que los conflictos electorales se viesen solo en la vía administrativa (este cierre de los tribunales no se sostiene, no tiene acople en la legislación canónica, no hace falta una tesis doctoral sobre el derecho procesal eclesiástico para que sea derrumbada).

Pero, las cosas son así; aquel Decreto ordenando que los conflictos surgidos de un proceso electoral han de dirimirse en la vía administrativa, y no en la judicial, no ha sido denegado, sigue vigente. Y lo peor, es que en la praxis diaria, ni tan siquiera se sigue un proceso administrativo, sino que de inmediato se zanja con la temida intervención de la cofradía.

Y entonces es cuando la corporación nazarena cae en la más absoluta inoperancia, languidez y mortecina vida. Ha habido intervenciones que han durado muchos, demasiados años; e incluso ha habido un interventor al que, en el Decreto de nombramiento, se le dieron “todas las facultades de la asamblea”, y así llegó al extremo incalificable de comprar solar y edificar una paupérrima casa hermandad, dejando a los “sucesores” una deuda hipotecaria que sabe Dios cuando se podrá pagar. Terminada la intervención, la cofradía está dividida. Y deja de ser mortecina para surgir, con más ímpetu si cabe, los viejos rencores, los grupos antagónicos, y la “desfraterna” vida cotidiana.

Frente aquellas antiguas formas de elegir de los siglos pasados, a las que al principio me referí, la elección democrática debió ser un camino de paz, de armonía y de hermandad cristiana; así pensábamos que seria, los que tuvimos la responsabilidad de “negociar” aquellas primeras bases democráticas. Pero, desgraciadamente, la práctica nos ha llevado, con demasiada frecuencia, a todo lo contrario. Y la solución no está fuera de la cofradía, no está en el Obispo, ni en los tribunales eclesiásticos -aunque sigo sin entender por qué los cofrades son los únicos católicos que no tienen acceso a ellos-. La solución está en cada cofrade.

Sinceramente creo que desde el primer día de mandato de una recién elegida junta, su hermano mayor y sus colaboradores deben entender, y así hacerlo entender, que el periodo de mandato es efímero, es temporal. La labor de los recién elegidos debe tener como primerísima ocupación, aunar, hacer ver que todo es obra de todos, que las puertas están abiertas a todos, y que todos pueden seguir trabajando unidos. Y a los que pierdan, si creen pueden hacerlo mejor, con humildad y fraternidad deben esperar que llegue su hora; no cabe en nuestros Evangelios, dedicarse durante 4 años a constituir una “junta paralela o clandestina” cuya única misión exclusiva sea acudir a los cabildos para votar en contra de las propuestas del hermano mayor, de decir NO a todas las iniciativas (sean buenas, malas o regulares) que se propongan; es mejor apartarse de la marcha diaria y burocrática de la corporación, el tiempo que sea necesario –que no de la devoción a los titulares, ni de la cofradía- y dejar que sean los que han ganado quienes decidan.

Las elecciones democráticas fueron un verdadero logro de la participación cofrade. Pero si no sabemos mantener las formas, y en el fondo no hay limpieza de alma y espíritu, la democracia se convertirá inexorablemente en semilla de rencores y divisiones, que matarán, poco a poco, a la cofradía que recibimos de nuestros antepasados.

Modificado por última vez en Domingo, 20 Marzo 2016
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