Ahora que se acercan los días de trasiego para la cinta métrica del capirote, el momento de cuadrar el centímetro exacto del hombro y el varal, el instante en el que más de uno mezcla en sus oídos cuplés y pasodobles con ensayos de bandas.
Ahora el momento llega y los primeros repartos de túnicas y capirotes están en marcha; las iglesias comienzan a lucir sus galas de penitencia, anuncio de la mayores de las alegrías posibles: la Resurrección. No hay pena que valga la pena si no fuese porque el cielo sabe que la resurrección llega. Incluso la Catedral tendrá aroma a Sabana Santa y abierta la Vía Sacra.
Como todos los años tendremos polémica cuaresmera en los quicios de las puertas cofrades, en las barras de los bares y en la red social universal; con artes de jábega, boliche y almadraba. Son tiempos de afinar detalles, de bullas en los talleres y carreras en las cererías. La resurrección es imparable.
¿Y el cielo? El cielo irá a su ritmo, contando las lunas que faltan para la de Nisan; porque la Semana Santa no cae cuando quiere, solo se mece al compás de las lunas del evangelio, la última cena el 14 de Nisan, el 15 la crucifixión y el día 17 la Resurrección, que era domingo. Y por ello tenemos 'Domingo de Resurrección'.
Los cortejos penitenciales abrirán paso a la fe, los tronos llenarán las calles de capillas efímeras, los capirotes dibujarán el zigzagueo barroco y las notas musicales acabarán en le último rincón cofrade. Pasión: el camino, Muerte: el precio, y la Resurrección: el fin.



















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