• miércoles, 30 septiembre 2020
  • Actualizado: 26/09/2020
5 meses y 25 días para el Domingo de Ramos

Con el inicio de la Cuaresma, es verdad que se pulsa en la ciudad un ambiente cofrade ciertamente bonito y que ya habrá sido, digo yo, cantado en bastantes ocasiones. Un atardecer remolón, un incipiente olor a azahar; unas casas de hermandad con luces en todas sus plantas; un vaivén de púas de cartón -o ahora de rejilla, como novedoso arte de pesca para cazar nazarenos-, esperando ser enfundadas el día de la salida…

Sí. Los ornamentos morados en los cultos, la gente trajeada que entra y sale de las iglesias, los ensayos con la música enlatada o las cornetas apuntando a las Pedrizas desde el cauce son las señales de que llega la Semana Santa una vez más.

Me gusta la ciudad en esos días. Justo ahí, cuando aún los cofrades tenemos el cuerpo desconcertado como si saltásemos en medio de una intensa siesta sin saber muy bien qué hora es. Como si esperásemos a un Gabriel que nos hablara y nos dictara al oído las horas y minutos de la cuenta atrás; que nos chivara que llega la hora de volver a invitar la túnica a la casa, como huésped temporal a esta mesa de Nochebuena a destiempo.

Plásticos que, luego, en los días grandes, destrozarán la armonía del marco, del escenario, compitiendo de manera grotesca con aquellos titulares de carne y madera que pasan 

Pero, más allá del atinado discurso barbéitico de las vísperas, yo quiero que nos quedemos en ellas, penosamente, por otras cuestiones. Y es que Málaga no se viste para Semana Santa. O mejor, para no mentir, no sabemos vestirla para lo que viene. Una ciudad que, en general, ofrece un marco amable y vistoso acaba convirtiéndose, durante una de sus citas del año, en un alterado fantoche que no se reconoce ni en el espejo de su mar.

¿Cómo se explica, si no, que seamos los propios cofrades los que desfiguremos iglesias emblemáticas, casas de hermandad que serán centro de miradas, plazas y calles decimonónicas y edificios nobles en un festival de plóteres y pancartas a cuáles más indiscretos?

Son esos plásticos los que, luego, en los días grandes, destrozarán la armonía del marco, del escenario, compitiendo de manera grotesca con aquellos titulares de carne y madera que pasan en ese momento, en esa escena fugaz que ya se está terminando y no vuelve. Invitados de plástico, ciclópeos, gigantes, mezclas de tifo futbolístico y pancarta publicitaria, que apaga fachadas, tapa cierros, mata balcones y desfigura campanarios, salidas y encierros.

Se trata de una alteración de la ciudad perpetrada por los propios cofrades que nos desarma a la hora de reclamar decoro a los agentes externos. Por ejemplo, ¿cómo se puede sugerir, siquiera, que apaguen luminosos de tiendas cuando en las plazas y calles en donde tienen lugar salidas y encierros se instalan reflectores por pares, solicitados por cofradías, que iluminan los suelos llenos de cáscaras y bolsas de pipas durante todas las noches de la Semana Santa?

Málaga, sujeto pasivo de cómo claudican los rituales de encuentro de la ciudad consigo misma ante el poder de las empresas sin tierra, sin alma, sin ojos

Una Málaga cada vez más entregada al negocio privado -indolente, avasallador, abusón y altanero en más casos de los que debería, eso sí, bajo la capa de protección que le permite su licencia-, es sujeto pasivo de cómo claudican los rituales de encuentro de la ciudad consigo misma ante el poder de las empresas sin tierra, sin alma, sin ojos.

Ante la avalancha de terrazas, camareros cruzando procesiones, sombrillas rozando arbotantes y calles privatizadas, sólo cabe reclamar sensibilidad -vengan aquí con sus negocios, claro, pero háganse de aquí- aportando la nuestra. Y es que una ciudad que para las fiestas se afea, en lugar de engalanarse, merece una reflexión colectiva.

Pero yo siempre he sido más de exigir primero dentro, porque fuera acabará, seguro, cundiendo el ejemplo. No sería mal punto de inicio reflexionar si la cara de mi Cristo a gran escala abarcando tres plantas en aquella preciosa casa recién restaurada podría, quizá, sustituirse por unos trapitos de damasco rojo en cada balcón. Y alguna tulipa.

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