Yo no quería hablar del virus, pero ya lo ha hecho el Obispado. Ahora, sin que me tachen de raro, voy a repetir lo que ya dije en otras ocasiones: mucho ojo con el agua bendita, el momento de la paz, la comunión en la boca y los besapiés y besamanos. De temas cofrades no habla la nota episcopal, quizás por el cachondeo en televisiones a propósito de manos benditas que no transmiten enfermedades. Conozco un par de sacerdotes que nunca han estado de acuerdo en que la paz de la misa vaya más allá del saludo afectuoso a quienes tenemos a ambos lados del banco en el templo parroquial. Otro, muy recientemente, suspendió el saludo de paz colectivo por razones de «orden público»: era tanto el tumulto que había en la iglesia (una misa y cuatro cofradías de celebración en sus respectivas capillas), que el darse la paz hubiera supuesto el desmadre general. Otros curas se bajan del altar, dan la mano a 40 personas y bailan un pasodoble al son de «la paz sea contigo». Y qué decir de los besapiés y besamanos: ¿es necesario chupar la imagen religiosa para que se dé por besada?

Yo nunca chupo, sólo acerco la boca simbólicamente. Es como «beso su mano, señora» y chuparle la mano a la dama. Entiendo que el Papa pierda en algún momento los nervios. Otros capillitas, sin embargo, presumen de lo chupados que están sus Sagrados Titulares: «eso es devoción y lo demás, una broma». Y así quedan los cristos, hechos unos cristos. Hay teorías conspiranoicas que señalan que farmacéuticos y artesanos restauradores están detrás de estas exageradas costumbres. ¡Por Dios, qué exageración!