«Hola, buenas tardes. ¿Hablo con la cofradía? Soy un nazareno que he visto que el cielo está muy nublado. ¿Saldremos esta tarde? Es para saber si me merece la pena bajar». Tuvo la mala suerte de que fui yo quien cogió el teléfono y le respondí con un contundente sermón. Me joroban estos cofrades que cuelgan su devoción de una sola percha: la procesión. Si no hay procesión, se viene y se aguanta el tipo mientras que se reciben los pésames en el salón de tronos y se hacen planes para el año que queda hasta la próxima Semana Santa. Es la opción B. Pero ahora, con el virus, me he quedado sin argumentos.

«Hola, buenas tardes. ¿Hablo con la cofradía? ¿Cómo va lo del virus? ¿Saldremos esta tarde o haremos una procesión virtual por videoconferencia? Es para saber si me van a dejar pasar la barrera sanitaria». Tendría que buscar otra respuesta: decirle al nazareno que permaneciera atento a la pantalla de su ordenador y que no se pusiera a ver películas bíblicas hasta la teórica hora del encierro de la procesión. Pero el nazareno me volvería a insistir: «¿Mena sale o no sale?» Y ahí me habría pillado, porque vaya usted a saber.