Sin paños calientes; esta Semana Santa sin procesiones será histórica, pero no tiene lado bueno posible, ni me gustaría haber vivido esta historia. Ni, de lejos, que ninguna generación, precedente o posterior, lo hiciera.

Y es que, si alguien aterriza por estas letras y no acaba de empatizar con el fenómeno cofrade andaluz, sería incapaz de explicarle cuánto de religioso, antropológico, ritual y familiar ocupa la Semana Santa en el alma de los que vivimos esto. Pero es algo así como la bisagra de nuestros años, la resurrección anual de nuestra memoria; en fin, la cita que nos reencuentra con las ganas de vivir la vida. Las procesiones de Semana Santa son, en sí, los ramos de flores que recolectamos cada primavera para regalar a nuestros amados pueblos, que nos sonríen en cada grieta de cal de sus paredes.

La fe, la de verdad, no necesita de procesiones: pero las necesita el ser, nada menos

Y esto es importante, porque no hablo de la fe. La fe, la de verdad, no necesita de procesiones: pero las necesita el ser, nada menos. Por eso, no participo de esa suerte de divorcio mal enfocado que nos tilda de superficiales a quienes hemos entrado -o entrarán- en barrena emocional con la suspensión de la Semana Santa en las calles. Unos tardarán más o menos en asumirlo, pero todos: creyentes, no creyentes, no practicantes… en suma, para cualquier andaluz que reconozca en esta fiesta un ritual de encuentro con su identidad será fácil encontrar motivos suficientes para el duelo.

Distinto es que sea recomendable pasar con el mejor ánimo posible este trance. Trance en vías de crecimiento cuando se acerque el Domingo de Ramos y suene, al amanecer, la alarma de nuestros corazones de niños y hallemos, abriendo nuestro ventanal, un deprimente patio de colegio vacío que, sin saber de virus ni de pandemias, como niños llevados sólo por el corazón, nos hará preguntarnos “¿pero de verdad esto no era una maldita pesadilla?”.

Va a costar, de verdad, esta Semana Santa. El Salvador sin niños de pantalón corto ni rampa que sirva de bandeja a la Borriquita; la Viña sin la Misericordia alzada entre palmeras; la calle Carril hecha un derribo sin alma, como los demás lunes del año. O la tuna sin cantarle a la Virgen de los Clavitos, o el Cristo sin poder buscar balcones donde le atusen las melenas a base de cantar saetas. Ni podrá ver el Sol de Portocarrero cómo de la Catedral salen los pasos el Miércoles Santo. Ni las iglesias en los cabezos choqueros dejarán salir la Sangre y la Resignación; la Paz y la Pasión. Las farolas de Concepción de Zafra se quedarán sin plegar y en Capuchinos se acabará encerrando nuestro Dolor.

El cielo está raso y las tardes se hacen más largas y calurosas. Pero nos han quitado, aquí, la primavera

Como un frágil azucarillo se han deshecho los más íntimos encuentros de muchos andaluces con su memoria, entendimiento y voluntad. Y cuanto más conozcas de ella, lector, más profunda la daga, más inabarcable el desasosiego y más empático el dolor. Ni verdes ni moraos, ni pasos negros ni blancos, ni pasiones vivientes, ni jesuistas, cruceros, ni cristinos. Ni vegas que correr ni incensarios que dancen.

¡Cuánto acerca el idioma común! Y eso nos ha de servir para no sentirnos solos. Verdad que nos han quitado, aquí, la primavera, aunque el cielo esté raso y las tardes se hagan más largas y calurosas. Y no nos dejan pegarnos mucho, estamos recluidos -y así debe ser-. Pero que nadie nos quite, al menos, el derecho a llorar juntos como colectivo y regar así mañana la vuelta a la vida, gracias a este mismo mundo globalizado que hoy nos ha robado el alma.