Como escribió el recordado Jesús Castellanos, la epidemiografía histórica inserta la enfermedad dentro de las coordenadas sociales donde se produjo, tratando con ello de explicar hasta qué punto dicho fenómeno coyuntural alteraba o modificaba los comportamientos colectivos y se convertían, según el momento, en posible motor de transformaciones estructurales y superestructurales*1.

La idea arcaica que daba un carácter punitivo a la enfermedad fue desechada de forma explícita por el cristianismo, aunque al mismo tiempo reconocía en Cristo al «curador de todos los males». Pero como un residuo cultural, el pueblo siguió atribuyendo un origen divino a determinadas enfermedades y catástrofes. La existencia de este tipo de medicina creencial es patente a lo largo de los siglos XVI al XIX en Málaga. Durante las numerosas epidemias y catástrofes que se dieron en Málaga durante ese periodo, se repite de manera habitual el impetrar la salud a Dios por medio de aquellas devociones propicias para la colectividad malagueña. Si la pena en la que se concretaba la epidemia sufrida venía de Dios, el pensamiento lógico de la época determinaba que también de Él habría de provenir la salvación ante el sufrimiento de la calamidad pública y colectiva.

Málaga ha celebrado procesiones de rogativas ante distintas calamidades en las que se impetraba la intercesión de Dios para aliviar el mal que aquejaba a la población

Las manifestaciones de culto externo no se han visto tradicionalmente mermadas por las diferentes epidemias sufridas en la ciudad de Málaga. En momentos de calamidades públicas, se desarrollan procesiones de rogativas en las que, a través de la conducción de una imagen sagrada por las calles, acompañada por los fieles devotos y las autoridades civiles y eclesiásticas, se impetraba la intercesión de Dios para aliviar el mal que aquejaba a la población. Indudable en nuestra ciudad, el carácter taumatúrgico de la imagen del Santo Cristo de la Salud, Patrón y Protector de Málaga. Fue durante el siglo XIX cuando se generalizó esta práctica, produciéndose estas procesiones de rogativas con mayor frecuencia.

En ocasiones, las medidas sanadoras de las autoridades entraban en conflicto con las creencias religiosas. Claro ejemplo de ello lo tenemos en el año 1803, cuando en los últimos días del mes de agosto se inició en Málaga un brote epidémico de fiebre amarilla, que comenzó en el barrio de El Perchel y se extendió por toda la ciudad. El 23 de octubre llegó a Málaga por Real Orden el doctor Juan Manuel Aréjula, posiblemente la figura más importante de la medicina española del primer cuarto del siglo XIX, con amplios conocimientos sobre la enfermedad. Aréjula, que no era ateo, procuraba que las creencias y costumbres religiosas no obstaculizaran su trabajo científico. Tras realizar un estudio de la situación, declaró la existencia de fiebre amarilla y dictó una serie de medidas centradas en evitar el contacto entre enfermos y sanos. Una de estas medidas fue el inmediato cierre de los templos y la suspensión de los actos públicos de culto. Por la Junta de Sanidad se aceptaron estas medidas, así como por el obispo José Vicente Lamadrid.

La medida fue impopular, como todas aquellas que se adoptaban (y adoptan) en las epidemias, y más en aquella época en la que muchos enfermos preferían morir tranquilamente en su domicilio antes que ser transportados a un lazareto. Se realizaron manifestaciones populares exigiendo su inmediata apertura, como en un escrito anónimo que se envió al Supremo Consejo de Castilla: «… ya no hay religión, ya somos todos herejes, ya no hay misa, ya no hay iglesias abiertas, ¿qué recurso nos queda ya?, llévese al Santo Cristo de la Salud a la Catedral como se hizo ahora tres años y que luego que se sacó todo se acabó»*2.

Málaga padeció durante 1855 una epidemia de cólera y se suprimieron las procesiones para evitar aglomeraciones de personas

El obispo tuvo que acallar las críticas: «…conociendo asimismo vuestra inquietud y desasosiego por estar privados de oír Misa y asistir a los demás divinos oficios, no podemos dejar de haceros presente para calmar vuestros escrúpulos, y templar vuestra devoción poco discreta, que ningún sacrificio podéis hacer más acepto a los ojos de Dios, que el de la obediencia y sumisión a los mandatos de los legítimos superiores, sin que sea de vuestra inspección examinar y calificar las razones en que los fundan…»*3  El 17 de diciembre Aréjula anunció que para el día 20 se podía cantar el Te Deum, abrirse las Iglesias y sacar las Imágenes, ya había concluido el contagio. “Hubo día, durante el contagio, de atacarse más de trescientas personas. Murieron, según un curioso estado que leemos, 6884 personas, de ellas 4254 varones y 2630 mujeres. Los atacados fueron 16.517”*4.

En otras ocasiones, las autoridades civiles prohibieron expresamente las procesiones de rogativas, dentro de las medidas para evitar la propagación de la enfermedad. Así, prohibió  la procesión que la Orden Tercera de Servitas había acordado el 4 de agosto de 1855 ante la epidemia de cólera que padecía la ciudad. Como consecuencia de otro brote de la misma epidemia, se pensó en no celebrar procesión con el Santo Cristo y la Virgen de la Victoria, porque se cree que no es prudente que se produzcan aglomeraciones públicas*5. Los nuevos casos de cólera del año 1855 comenzaron a producirse el 15 de abril, una semana después de concluir la Semana Santa. En aquel año de 1855 no salió ninguna cofradía a la calle, solo lo planteó la Soledad de Santo Domingo aunque finalmente no se verificó. No puede afirmarse que la causa estuviera en la enfermedad. En cualquier caso, son años de escasas manifestaciones de culto externo*6.

El año 1936 fue el último en el que se decidió la no celebración de procesión alguna en la Semana Santa de Málaga

Durante el siglo XIX, las circunstancias políticas (como en 1869, 1870 y 1873, años encuadrados en el llamado Sexenio Revolucionario) y la falta de recursos económicos, normalmente conectadas, eran las que motivaban la no celebración de procesiones durante la Semana Santa, y no las múltiples epidemias que se padecían en la ciudad.

Mismas causas que en el siglo XX, siendo el año 1936 el último en el que se decidió la no celebración de procesión alguna en la Semana Santa de Málaga. Recuperadas las procesiones en la Semana Santa de 1935, la Agrupación se cuestionó la oportunidad de que se realizaran en el año 1936. La causa, el resultado de las elecciones del mes de febrero con la victoria del Frente Popular. Tras la reunión mantenida con las autoridades, se decidió la no celebración de las procesiones. Fue determinante en esa decisión el contar solo con la buena voluntad de las autoridades, faltó la subvención. Era un coste inasumible para la castigadas cofradías.

Después de 1936, ni siquiera la tan temida lluvia ha conseguido provocar lo que vamos a tener que vivir este año 2020. Ojalá hubiera sido por la lluvia.

Preparemos el histórico, por otras razones, año 2021.

 

  1. CASTELLANOS GUERRERO, J., “Enfermedad epidémica y religiosidad popular en la Málaga del Antiguo Régimen: el Patronazgo del Cristo de la Salud”, Congreso de Religiosidad Popular de Andalucía, Separata, Cabra, 1994, p.185
  2. AHN. Consejos, leg. 11.975
  3. CARRILLO, J.L., “La dialéctica ciencia-creencia y su manifestación en la Málaga de 1803: El conflicto del cierre de los templos”, Revista Jábega, nº 26, Diputación Provincial de Málaga, 1979.
  4. DÍAZ DE ESCOVAR, N., Las epidemias de Málaga, Tipografía de “El último”, Málaga, 1903, p. 561.
  5. El Avisador Malagueño, Málaga, 22 de noviembre de 1856.
  6. En 1854 solo había salido la cofradía de la Soledad de Santo Domingo; en 1856 únicamente lo harían Servitas, curiosamente el Domingo de Ramos, y la procesión conjunta de El Rico y la Sangre  el Jueves Santo.