Aunque seguro que ha sido porque no han echado la vista a Andalucía a la hora de escribir aquellas residuales y postreras líneas con su decreto de marras -comprensible: el orbe católico es muy grande-, lo cierto es que el Vaticano ha acabado por permitir que cada Obispo pueda reconstruir las procesiones de la Semana Santa en algún momento del resto del año.

Por delante vaya que nadie debe asustarse desde el prisma litúrgico, que no es ninguna barbaridad. Es más, este debate puede servir al menos para poner el acento en que, más que la Pasión, que conmemoramos, es la Resurrección lo que se vive y festeja. Las procesiones pueden ir por otro lado si se desea y, tal es el caso, se da la posibilidad. La liturgia se ocupa de fijar lo imprescindible.

Y es que, hablando siempre del contexto religioso, convendría equilibrar la balanza del papel de las procesiones en la vida del cofrade. Ni regañuza a capillitas superficiales, devota apología del Triduo Pascual incluida, ni elevación a categoría de mandato divino el hecho de que un Cristo deba llevar potencias o túnica bordada.

Las procesiones son más religiosidad que religión y más manifestación piadosa que liturgia

Sobre todo porque el debate no está en disquisiciones divinas, diría. Resulta que las procesiones de Semana Santa son más religiosidad que religión y más manifestación piadosa que liturgia. Y son así porque en ellas el papel de lo no-sacro tiene mucho que decir. Pero, ¡cuidado! Que nuestra mente capitalista asocia esta frase última con hoteles, bares, negocios y el sustento económico de la vida de la ciudad durante este período del año.

Y aunque esto no deba ningunearse y ha de ser un valor añadido, si las cofradías entrasen por la vía de este chantaje económico, más que frivolizar su finalidad última -porque labia ya tendríamos de sobra para justificarnos so pretexto de la reactivación económica de familias trabajadoras- nos estaríamos entregando a los brazos de un sistema que, cuando las cofradías dejen de rentar, no le temblará el pulso a la hora de dejarnos en la cuneta.

Son los hechos no cuantificables los que generan rechazo a celebrar Semana Santa en septiembre

Cuando hablo del papel de lo no-sacro, apelo a cuestiones menos cuantificables en lo económico; de hecho, nada cuantificables. Pero, sin embargo, la fuerza que ejercen en la celebración de la fiesta es tal que genera un rechazo rotundo a la peregrina idea de trasladar las procesiones Semana Santa a septiembre.

Se trata del contexto. Igual que en estos días de encierro estamos valorando, ahora que lo echamos de menos, tantos detalles que nos daban la vida, la Semana Santa en la calle tiene un condicionante irrenunciable sin el que no se puede celebrar, y algunos no habíamos reparado en ello porque siempre nos venía acompañando, desde que sentimos la primera palma zarandearnos el corazón.

No se aplazan los atardeceres a cámara lenta ni el calor del mediodía

Y el contexto es la primavera. La primavera no espera: ni se atrasa ni se pospone. Y, con ella, no se aplazan los atardeceres a cámara lenta, ni el calor del mediodía, ni el fresco de la noche, ni la lluvia inoportuna y dubitativa.

Una Semana Santa no puede serla sin estornudos bajo un naranjo, sin todas las ciudades vibrando a la vez, sin saber que está mayo a las puertas y, sobre todo, sin verse seguida por una Pascua blanca que cubra como un manto todas las calles desde que el Resucitado vuelve a la hora de comer por calle Nosquera. En definitiva, la Semana Santa es la verdadera Fiesta de la Primavera, el canto a las tardes largas, la saeta dedicada al adviento del calor y no tiene sentido ninguno celebrarlo en las antípodas del año, cuando la noche se apresura y los fríos pegan a la puerta. Aunque el Papa nos deje.

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