Me he puesto a tachar en mi agenda citas a las que ya no podemos acudir y he llegado hasta el día en que habría de celebrarse la Misa de Acción de Gracias de mi cofradía que, con toda seguridad, tendrá que ser aplazada. Digo aplazada, que no suspendida, porque no podemos regañar a Dios por no habernos dejado sacar nuestra procesión.

Quienes lleguemos -o lleguen- a esa cita deberemos -o deberán- agradecer, en primer lugar, estar vivos y, en segundo, haber tenido la oportunidad de que, en momentos en que peligra la propia supervivencia, hemos tenido -o han tenido- la oportunidad de aprender a distinguir entre lo superfluo y lo importante. De Acción de Gracias y de Cura de Humildad se debería denominar esa misa.

A muchos de los que habían pretendido trepar a costa de las cofradías se les habrán bajado los humos y se tendrán que poner a trabajar, como en un peón más, en la reconstrucción de una ciudad devastada por la guerra. Y sin despeinarse y sin perder el sentido del humor que es un sentido del que carecen algunos integrantes de la casta cofrade.

-¿En qué se parecen un barco, un tren, una trompeta y una familia?
-En que el barco, el tren y la trompeta pitan.
-¿Y la familia?
-La familia muy bien, gracias.