Propongo una hipótesis de trabajo. Imaginémonos que el Covid-19 hubiera llegado a España a primeros de año, afectando directamente al Carnaval, y todos los actos se hubiesen suspendido tanto en los teatros como en la calle. Pensemos en Cádiz. Pues bien, seguramente en las redes sociales hubiésemos visto a centenares de personas grabando videos domésticos, compartiendo sus disfraces, letrillas, músicas, etc. El disfraz es algo puntual, efímero, personal, lúdico, aconfesional, creativo y tantísimos otros adjetivos que servirían de argumento para ello. Es más, aunque las Fiestas de Invierno están centradas en una fecha concreta, relacionado con Don Carnal, podemos ver ya casi todo el año actuaciones semi-profesionales donde se siguen utilizando los tipos, de ahí que supere un lapso temporal concreto.

El caso de la hábito nazareno, la túnica de portador y hasta el traje de mantilla es bien distinto, y hago esta reflexión una vez visto al menos tres vídeos domésticos en que las personas (anónimas o no) luces las túnicas nazarenas, incluida la medalla, e incluso simulan desfilar o portar un trono en miniatura con todo el respeto y devoción, por cierto.

El hábito penitencial vincula originariamente con el hábito que viste la figura de Jesús Nazareno camino del Calvario, y nosotros, sus Cirineos, nos revestimos e identificamos con Él. En otros casos tiene influencia de las vestimentas de las distintas órdenes religiosas, aunque especialmente en el último siglo la casuística cromática es variopinta, sobre todo en grandes capitales o en zonas concretas como las regiones murciana o levantina.

Una túnica nazarena no es un disfraz, y así lo contábamos en una charla a padres en el colegio de Gamarra hace unos años, al igual que ataviarse de mantilla no es vestirse de traje de noche. Estas realidades hay que explicarlas, más aún vistos estos últimos vídeos caseros, y hay que hacer un ejercicio pedagógico con los hermanos de las corporaciones (algunos seguramente nuevos) de que los que se llevan a su casa metido en una bolsa no es un uniforme ni una equipación deportiva, aunque pueda parecerse por los colores, el escudo y la militancia.

Se comprende en muchos casos el disgusto, el sinsentido de que no haya procesiones pero en esta histórica Cuaresma de 2020 los padres debemos ofrecer a nuestros hijos una catequesis cofrade, de que pese a la tentación de tener la túnica en esta sociedad mediática no hay que jugar con ella y compartirla en las redes sociales.

Si antes hacia una comparativa negativa con el carnaval, termino con un símil con la mañana de la llegada de los Reyes Magos, en la que por un año tenemos unos juguetes que no podemos abrir. O si lo quieren, este año la túnica nazarena es como esos regalos furtivos que llegan el día 25 de diciembre pero que por tradición no abriremos hasta el día 6 de enero. Pues lo mismo, las túnicas que queden en las perchas o en las bolsas, devolvámoslas en su momento y Dios mediante nos revestiremos con ella (que no disfrazaremos) el próximo año.

Estemos todos atentos (ahora que tenemos más tiempo) y corrijamos cariñosamente estas desviaciones. La crisis es oportunidad, en este caso de explicar la esencia y el sentido de la túnica nazarena, que se viste en la procesión o quizá sirva de mortaja.