Cuando pase el tiempo y sigamos vivos será el momento de preguntarse por qué Dios le considera a uno imprescindible. Yo tenía entendido que, cuando mueres, viene otro a sustituirte. Pero no todos los cofrades lo entienden así.

«¿Qué será de las solemnidades del Centenario de la Agrupación si yo falto?», diría uno. «¿Qué pasará con los nuevos Estatutos de mi cofradía si yo no termino de corregirlos?», diría otro. «El Grupo Joven acabará con las esencias de mi hermandad si se rompe el frasco, que soy yo mismo», diría un tercero.

A estos habría que recordarles que cuando acabe la pandemia todo se reajustará. Un reajuste que no será casual. Dios, para los creyentes. O la propia Naturaleza, para los que no. Serán los responsables de este ajuste de cuentas con la Humanidad, también con la cofrade. Tiempos complicados a los que hemos de ir adaptándonos. Un pregonero empresario que no pudo pronunciar su pregón de Semana Santa ha tenido que pregonar al Gobierno. A Dios lo que es de Dios y al César, responsabilidad.

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