Los cofrades ya hemos pasado este difícil duelo. El inesperado golpe supuso un freno en seco cuando la Cuaresma empezaba a coger velocidad. Los repartos y tallajes se quedaron a medias. Las albacerías tuvieron que cerrar y dejar todo tal cual estaba: con los enseres a medio limpiar, los trapos por medio y la cera en cajas. Ni dio tiempo a fundir las candelerías. No menos duro será el trance cuando lleguen los esperados días, pero todo ya está más que asumido. Sin embargo, el semanasantero aún debe recorrer gran parte de este camino y ahí tienen un reto las cofradías. O quizá una oportunidad, según se mire.

La Semana Santa andaluza, y por correspondencia la de Málaga, es una realidad social que trasciende a las propias hermandades y a los cofrades. Llegada la Jornada de Palmas, el Pueblo toma sus devociones, así como las calles de cada rincón de nuestra tierra. Todos somos actores protagonistas en esta singular manifestación identitaria andaluza. Cuidado con menospreciar la importancia del semanasantero, una pieza que dejaría este puzle incompleto. Casi sin fichas en el tablero. Para empezar, forman el grueso de los que pagan las cuotas que sostienen la economía de las cofradías, incluidos los abonos de las sillas y tribuna, cuya gestión por parte de la Agrupación tanto está dando que hablar. No sin motivos.

Tenemos la oportunidad de sumar voluntades para multiplicar las filas nazarenas cuando, el año que viene, la primera Cruz Guía vuelva a ponerse en la calle y despierten los semanasanteros

La realidad malagueña la forma una población cercana a los 600.000 habitantes censados. Muchos más si se suma el área metropolitana. Dicen que existen unos 60.000 cofrades de cuotas, aunque apenas unos centenares son los que están todo el año en las cofradías y escasos miles, los que sacan las procesiones a la calle. Pero la Semana Santa es la suma de todos, incluso de los que emigran de la ciudad cuando el primer nazareno pisas sus calles pero convive -no tiene otro remedio- con las hermandades el resto del año. Dado que no habrá procesiones pero sí habrá Semana Santa, las cofradías tienen que estar de algún modo: con sus hermanos, en primer lugar, y con los semanasanteros que se asomen estos días.

Toda crisis es una oportunidad y, más pronto que tarde, esta pandemia pasará. Al ritmo que sea. Tras una Semana Santa sin procesiones, quizá sea el momento de hacerle ver al cofrade que no participa con su hermandad lo efímeros que somos. Que cada año sin salir es una oportunidad perdida. Que el año próximo no puede faltar. Quizá sea el momento de sumar algún semanasantero a la causa cofrade o invitar al que emigra a quedarse para comprobar en primera persona cómo se transforma su ciudad llegada la Semana Santa. Hay cosas que somos incapaces de valorar hasta que las perdemos. Tenemos la oportunidad de sumar voluntades para multiplicar las filas nazarenas cuando la primera Cruz Guía vuelva a ponerse en la calle y despierten los semanasanteros.