Ayer se acostaron mis manos huérfanas como nunca lo estuvieron. Llagas invisibles provocadas por el vacío de ti me traían el recuerdo de las horas en las que, a mi manera, te decía al oído lo que Tú sabes de sobra, pues en el fondo del espejo de tus ojos está toda mi historia.

La aspereza profunda de la nada, deshilachando ayeres, me dejaba desnudo y a merced del miedo y el insomnio; desarmado, inútil, impotente, naufrago en un mar de dolor y tristeza sin tenerte a ti cerca, mi tabla salvadora en todas las tempestades.

¡Qué frío el acero de los alfileres, dormidos en sus cajas, ávidos de jugar al escondite entre los pliegues que no han sido!

¡Qué vano este abril sin la primavera de tus mejillas en flor de llanto! ¡Qué vacías las esferas de todos los relojes si no marcan el tiempo de nuestro cara a cara! ¡Qué frío el acero de los alfileres, dormidos en sus cajas, ávidos de jugar al escondite entre los pliegues que no han sido!

Quise cerrar los ojos, y conciliar un sueño por el que treparan las enredaderas de aquellas otras noches en las que todo era diferente; con sorpresas escondidas, con el tacto de tus manos en las mías “siempre a tu servicio, siempre dispuestas a abrigar tu amargura, a escribirte torpes cartas de amor con terciopelos…” ¿recuerdas?, seguro que sí, igual que yo no olvido el olor a jazmín que nos dejas al besarte, cuando bajas, menuda, frágil y más Madre que nunca, en la frontera que separa el resto de los días del más bonito de todos, por ser el tuyo.

Sentí que la distancia me pesaba en el pecho y quise buscar tu sombra por todas las fachadas y en los rayos de luna que andaban no sé dónde; y pregunté a la lluvia si había llorado sobre las tejas que forman tu cielo chiquito y escudriñé en el silencio las siete letras de tu nombre de miel.

Quizá fue mi vehemencia o que ya estaba escrito. El caso es que la aurora renació mis entrañas pues, cuando amaneció, comprobé que la pena se había desvanecido.

Voy a tu encuentro, y me gusta pensar que me estás esperando.