«El Ecce-Homo es mi hermandad,
Servitas blancos de la Humildad
están rezando en la Catedral
¡Silencio blanco!
Que suene el palio de la Merced
sueño y joyero de nuestra fe,
y cuando asome se oiga otra vez
Silencio blanco»

 

Este año, por las especiales circunstancias que atravesamos, me será imposible efectuar la anual estación penitencial a la Santa Iglesia Catedral acompañando en pública manifestación de fe a los Sagrados Titulares de mí cofradía, a los que ni siquiera he podido visitar en la intimidad del Santuario victoriano en este ya cercano mes de confinamiento.

Pero Dios escribe derecho con renglones torcidos y nos ha dado a una sociedad, que andaba perdida en una vorágine consumista y antropocéntrica, toda una lección de Humildad. Esta pandemia, y la vulnerabilidad que ha manifestado a nuestra hasta entonces segura sociedad del bienestar, debe significar un cambio de rumbo para dirigir nuestra mirada al Señor del Universo, cuya mansedumbre nos acoge como a hijos pródigos deseosos de retornar con gozo a la casa del Padre.

Esta pandemia, y la vulnerabilidad que ha manifestado a nuestra hasta entonces segura sociedad del bienestar, debe significar un cambio de rumbo

Es tiempo de vivir la Semana Santa de 2020 en lo más profundo de nuestros corazones, unidos de forma espiritual a Cristo, meditando el trance de su pasión y viendo como esta se manifiesta en estos tiempos a través del sufrimiento de tantas personas afectadas como consecuencia del coronavirus, y es que es en ese pesar por la muerte y la enfermedad donde veremos reflejado el semblante del Hijo de Dios, al que seguimos en nuestro singular peregrinaje cada tarde-noche del Domingo de Ramos.

Este año debería servir para ahondar en la profundidad de los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor, rememorándola en la intimidad de nuestros hogares, practicando ejercicios de piedad (Vía Crucis, Santo Rosario, lectura del Santo Evangelio…) en un lugar apropiado  presidido por un retrato de nuestros Titulares, a los cuales podemos encender una vela cual nazarenos domésticos, que permanezca prendida hasta la hora de conclusión de la hipotética salida procesional.

Tampoco podemos olvidar que la jornada inaugural de la Semana Santa es la de la ilusión renovada cada año al contemplar la salida de la Pollinica, con su carácter cuasi glorioso de tintes triunfales, ocasión propicia para vivirla con alegría renovada a pesar de la ausencia de desfiles procesionales, pudiendo ser compartida en familia, comentando las retransmisiones televisivas o interactuando por las redes sociales, para así compartir vivencias que nos hagan más llevadera la situación excepcional de este atípico año.

Junto a Cristo siempre encontramos a la Madre de la Merced, acogiéndonos a todos bajo su manto de Misericordia

Y no podemos pasar por alto que junto a Cristo siempre encontramos a la Madre de la Merced, acogiéndonos a todos bajo su manto de Misericordia, un manto que pido cubra de forma especial a todo el personal sanitario, familiares de fallecidos, parados y fuerzas de seguridad en la completa seguridad de contar con la protección y auxilio de la que es Salud de los enfermos.

Me encomendé a los Sagrados Titulares justo el último día antes de comenzar el estado de alarma sanitaria, prometiendo retornar a la Victoria nada más finalice esta situación excepcional y sabiendo de antemano, que el reencuentro será emotivo pero enormemente agradecido. Un servidor, que tiene el inmenso privilegio de vestir al Señor de la Humildad, disfrutando de su cercanía y dialogando de forma intima ante Su presencia, dará gracias por volver de nuevo a contemplarlo y por haberme hecho partícipe de este tiempo penitencial, en la seguridad de haber servido para fortalecer la fe, en un nuevo tiempo cuyo horizonte debería estar regido por la fraternidad universal en torno a Jesucristo, Señor de nuestras vidas.