La memoria es, siempre, nuestra bendita equivocada. Nada hay que reprocharle. No puede hacer otra cosa. Equivocarse es su sustancia y su método y es mucho más: en su juego de mentiras piadosas, nos es posible la vida. Pocas cosas nos humanizan tanto como el recuerdo, y en especial el compartido. El que nos hace nosotros. Aquél que arraiga y levanta la palabra pueblo, en la que nunca nos perdemos y siempre se agiganta nuestro ser de irrepetibles, a condición, claro, de que sea puro el labio que la pronuncia y amante el corazón que la enarbola.

Sabemos que es ella. Sabemos que son los sortilegios equívocos de la memoria los que logran hermanarnos en un mismo Domingo de Ramos, el día uno y a la vez el inagotable, el continuo pero siempre el nuevo, domingo de verdad, de diccionario, de amanecer a pecho completo, de mundo que sólo admite azul y oro, ducha y plancha, liso cielo de sol al que el horizonte le queda pequeño.

Domingo de verdad, de diccionario, de amanecer a pecho completo, de mundo que sólo admite azul y oro, ducha y plancha

Pero, a la vez, crecer afina la lente del microscopio. Crecer empequeñece porque restringe la vista. Porque agria el recuerdo. Sí, los hubo. Hubo Domingos de Ramos de lluvia. El del 90, por ejemplo: en mi caso, de hecho, uno de los primeros que soy capaz de evocar con concreción, pues nada nos concreta más que el desengaño.

Por la mañana, en misa de palmas en Los Mártires, mis ojos de ocho años auscultaban con ansiedad las lucernas del crucero, intentando hallarme presente en el justo momento en que se le abriera una transparencia a la tarde. La transparencia nunca llegó: el niño es eterno y todopoderoso, hasta que deja de serlo. En la Victoria, tras visitar al Ecce-Homo de puerta adentro, y bajo un nublado inverosímil de tan oscuro, aquellas antiguas dos rampas endemoniadas de la Plaza del Santuario, a fuerza de tanta agua y tanta pendiente, acabaron por apalancar las ruedas de nuestro coche, por más que papá apurara recursos al volante.

Nos ha sorprendido la lluvia. En Pedro de Toledo (perdón, en calle Parras) ni siquiera cuelga el pero. Ni siquiera el pero, como si este año los pollinicos sí estuvieran abiertos a recibir todos los posibles. Como si la albacería pollinica, en nombre de todas las demás, se ofreciera mansamente a recoger todos los desconsuelos, todas las preguntas incómodas, todo nuestro desconcierto, toda nuestra protesta contra estos días que el tiempo ha desmoronado en nuestras manos, días como taimados peces resbaladizos entre los dedos, nosotros, que nos contemplamos hoy, en la mañana rotunda, huérfanos de pescadores de hombres.

El sol brilla. La campana suena. La palma vibra. El trono se mece. ¿Quién miente? Nadie pisa las calles

¿Quién miente? El sol brilla. La campana suena. La palma vibra. El trono se mece. ¿Quién miente? Nadie pisa las calles. Nadie corre apurando el horario, ni rebusca esquinas para sacarle todo el jugo al recorrido. La hoja de la palma es sólo eso, una hoja que el tiempo amarilleará sin poder gloriarse de una mañana en la que nadie deseaba condecoración mayor que la suya en la solapa.

Nadie miente. Ni la memoria ni la vista. Ni el balcón del aplauso a las ocho sobre calzadas vacías, ni aquél desde el que se hace lo propio al Príncipe de la Paz, saludando a su pueblo en multitud por Tribuna de los Pobres. Y nadie miente porque ambos aplausos son uno y el mismo. Por las calzadas vacías, el Príncipe de la Paz no ha faltado a la cita. Su mano bendice como cada año, su rostro plácido pero abrazado al dolor nos sigue incorporando en su pupila y otra vez el ser se abre, sí, a pecho completo, entrañando con pasión el gesto de la samaritana.

No nos digamos que sólo cuenta lo que hoy verán nuestros ojos, porque correremos el riesgo de creérnoslo a pies juntillas. De comprar todos los boletos en la rifa de la apariencia. Es cierto. Rotundamente cierto. Estos de hoy son los ramos de la prueba. Entramos en la Semana Santa de 2020, desde el principio, asociados al Señor del Huerto, convocados a apurar todo un cáliz como pueblo, pero aunque ya no seamos niños (sin olvidar que con nosotros están buscando otro mar, viento en popa), aún somos capaces de la verdad. La memoria finge y se equivoca. La memoria siempre puede y debe ser depurada, pero nunca miente. Cristo llega, Cristo entra, Cristo triunfa porque hoy es Domingo de Ramos y Domingo de Ramos significa siempre.

Unámonos compartiendo lo insólito y celebrando lo permanente.

A las ocho, toca aplaudirle. Y cuando caiga la noche y ninguna esquina nos devuelva marcha alguna, miremos, ya que necesitaremos verdades, la verdad de los relojes. Tendremos por delante siete días enteros, los mismos que siempre tuvimos. Vivámoslos, sintámoslos, unámonos compartiendo lo insólito y celebrando lo permanente. Iluminando con el cirio nazareno las UCIS, dando la cera de la limosna a tanta mano que no mendiga sino que necesita, y soportando bajo el varal el peso del vacío, el de aquellos hogares para los que la ciencia y los suyos lucharon, pero no alcanzaron, y en los que queda justamente el desafío del recuerdo.

Siempre nos repetimos que la vida es una semana. Si lo hacemos es porque, de vez en cuando, verdad y tópico coinciden. Porque, con el pregonero, con Manuel Alcántara, sabemos que, como en Semana Santa, la vida está siempre al cabo de la calle.

Que la vida es esto que hoy comienza.