La singularidad de caracteres predomina en la jornada de hoy; de un lado, el júbilo y la popularidad; y, de otro, el recogimiento y la seriedad. Ello no es óbice para encontrar paralelismos que asemejen a las corporaciones pasionistas. Un detalle de ello lo encontramos en las Coronas que ciñen las sienes de las Dolorosas.

El culto a la Virgen es patente desde los inicios del Cristianismo; los dos primeros capítulos del Evangelista Lucas recogen la atención particular que le tenían los judeocristianos, manifestando su aprecio por ella y conservando celosamente sus recuerdos. Además de estos testimonios, las primitivas fórmulas de fe y las continuadas evocaciones realizadas por los Padres de la Iglesia, teólogos y apologistas centraron en el misterio de la virginidad de María, vinculado a la Encarnación, su principal dedicación para potenciar su realeza en atención al papel protagonizado en la Redención del mundo.

Por lo tanto la representaciones de la Virgen tocada por corona regia –el Concilio de Éfeso (431) la proclamó solemnemente Theotokos, esto es, Madre de Dios– junto a otros elementos provenientes de las visiones de San Juan en la isla de Patmos, van a comenzar a proliferar en el arte desarrollándose con singularidad en cada momento histórico. Pero si hay un instante decisivo, éste puede centrarse a finales del siglo XVI, cuando Isabel de Valois decide enjoyar la imagen de una Dolorosa, obra de Gaspar Becerra para la Capilla de Atocha, de Madrid. Desde ese instante, la creación escultórica del Barroco incorporará el ‘lenguaje parlante’ de los aditamentos textiles y plateros para conformar una imagen ‘de vestir’ más próxima a la dama cortesana que a la joven doncella de Belén, convirtiéndose en referente plástico a seguir.

El instante decisivo puede centrarse a finales del XVI, cuando Isabel de Valois decide enjoyar la imagen de una Dolorosa, obra de Gaspar Becerra para la Capilla de Atocha, de Madrid

Así, la corona de una Dolorosa constituye la presea que simboliza el papel de María como Madre del Rey Mesiánico, Nueva Eva, colaboradora de la Redención, discípula perfecta de Cristo y personificación de la Iglesia; siendo además socia Domini en alusión a la esposa del “Cantar de los Cantares” y a la prefigura bíblica de Salomón sentando a su madre Betsabé en otro trono, a su diestra.

Esta explicación mariológica se complementa con el refuerzo iconográfico incorporado en las diferentes coronas que se procesionan, conformando unas obras únicas con un alto contenido simbólico. Así la Virgen del Mayor Dolor en su Soledad posee una corona cuyo diseño evoca el pasado dieciochesco, presentando la particularidad de ser en plata en su color a diferencia de otros fulgores áureos presentes, por ejemplo, en la de la Virgen de la O; Esta última, además, presenta una característica forma trilobulada en la ráfaga y de tiara en el canasto, con incrustaciones de coral y una gran O, alusiva al inicio de las invocaciones de las antífonas de la Expectación.

La corona de los Dolores del Puente contiene medallones con símbolos letánicos relativos a las advocaciones marianas de la parroquia de Santo Domingo: Estrella, Soledad, Esperanza y Rosario

Nuestra Señora de los Dolores (del Puente) lleva en la ráfaga un esmalte que recuerda el tondo de la Virgen de la Silla, de Rafael Sanzio, mientras que en el canasto se incrustan medallones con símbolos letánicos relativos a las advocaciones marianas de la parroquia de Santo Domingo: Estrella, Soledad, Esperanza y Rosario. Su diseño recuerda el de las coronas habituales en el Barroco antequera, constituyendo una singularidad añadida. Por el contrario la corona de la Virgen de Gracia y Esperanza contiene un pequeño templete como nexo de unión entre el canasto y la ráfaga.

La representación del Misterio de la Trinidad, en marfil, ocupa la hornacina central de la ráfaga de la titular mariana de la Cofradía del Cautivo, mientras que la Patrona de la Ciudad preside la capilla frontal del canasto.

La dimensión universal de María, proyectada a través de sus advocaciones, está presente en la corona de la Virgen del Amor Doloroso a través de las imágenes en plata de las Patronas de Andalucía, además de recordar su papel de primer Sagrario de Cristo a través de la inclusión de un viril de oro que sustentan, en el remate de la ráfaga, dos querubes alados de marfil.

 

(*) Este texto de Javier González Torres, doctor en Historia del Arte por la UMA, se escribió durante la Semana Santa de 2005 y fue publicado en las páginas del diario Málaga hoy. Aquí vuelve a reproducirse.

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