Si algo me veía yo ya de venir aquel Lunes Santo en el que nos quedamos en casa por la lluvia, aquel talante más deportivo que resignado ante lo climatológico con el que asumí las reglas que arbitran la primavera fue el aviso. Me buscaba yo infructuosamente alguna lagrimilla que calmara mi desasosiego, aunque fuera de cocodrilo pues el moco estaba totalmente descartado, y no había manera… Esta Semana Santa se han confirmado mis peores pronósticos, definitivamente creo que no soy cofrade y que equivoqué mi vocación, salvo que algún historiador encuentre algún legajo con algún otro cofrade pintoresco que reaccione como yo ante la adversidad. Soy incapaz de lamentar la falta de procesiones cuando cae la que está cayendo y si olisqueando o rumiando me surge un mínimo resquemor me lo corto de raíz con la motosierra de un yo pecador.

Sin embargo siento que formo parte de una comunidad universal con todos los penitentes del mundo, bajo un capirote único que afila su punta con cada cifra estadística, conformando una silueta tan puntiaguda que de echarse a la calle arañaría con su pico las bóvedas de la catedral, algo que no podemos consentir. Porque no saliendo a la calle cumplimos un deber, una obligación incluida como anexo en todos y cada uno de los estatutos de las cofradías y que entra en vigor con cada epidemia, ese artículo detalla cómo debe hacerse la estación de penitencia en momentos de catástrofes a superar. Por tanto vivo en la paradoja de no sentir pena, este año la procesión lo será no siendo, y al acabar lo que no empecé lo celebraré con la misma satisfacción con que me descubro en Santo Domingo de madrugada, dando abrazos como se daban antes de la guerra. El Cristo del Perdón y la Virgen de los Dolores llegaran más lejos que nunca, no recorriendo calles desiertas sino tierras de labor en barbecho que darán fruto.

Mi tiempo son muchos tiempos y uno de ellos se ha quedado suspendido en el instante anterior al que un mayordomo enciende mi reloj de cera con su pabilo

Frente a esta crisis religiosa la clarividencia de la ciencia se abre ante mis ojos, como los de un Einstein de tres al cuarto que se cayera de un pollino caminito de Damasco. La teoría de la relatividad se me aparece con un resplandor de Lunes Santo. ¿Cómo no iba a ser el tiempo relativo si la vida son dos días? Mi tiempo son muchos tiempos y uno de ellos se ha quedado suspendido en el instante anterior al que un mayordomo enciende mi reloj de cera con su pabilo, en ese momento permaneceré inmóvil como un pasmarote de sal sobre un pedestal de suelas de zapato cómodo esperando la llama que le dará cuerda. Tengo por delante todos los tiempos de este mundo y del que venga. Estoy recubierto de una túnica que no solo deja pasar el frío y el calor, es aún porosa al sufrimiento de los demás y ni te cuento cuando el dolor acecha a los que quiero.

¿Cómo voy a perder un año si los míos hace muchos que van delante siguiéndome los pasos y dándome con ello vidas de sobra? El mero planteamiento de la cuestión es ridículo. ¿Cómo va a ser este año en balde si a fecha de hoy conservo las tripas de los retortijones de la primera marcha y hasta de la segunda? Me mantengo impasible ante una puerta que no se abre pero que está y un día estuvo tapiada, es voluntaria mi clausura y lo es por el bien de todos.

Tengo vagos recuerdos de que un año la gente en sus sillas al paso de la Virgen gritaba ¡queremos salud, queremos salud, queremos salud…!

No puedo perder un Lunes Santo si no sé ni en qué año vivo cuando avanzo a la velocidad de la luz de cirio, ni si el barrio es al principio o al final. Creo haber desandado mis pasos y caminar como un cangrejo calle Larios abajo ganando así algo de tiempo, el que permitió a Superman salvar a Lois Lane de la muerte segura en una película. Tengo vagos recuerdos de que un año la gente en sus sillas al paso de la Virgen gritaba ¡queremos salud, queremos salud, queremos salud…! con desesperación y también de que el tiempo fue más relativo que nunca en la Catedral por lo que tengo un crédito de minutos que se me adeudan en algún agujero del espacio-tiempo. Imposible perder un año con la de años que tengo que recuperar para reencontrarme con los que habitan un tiempo mejor y con las ganas que acumulo de vivir circunstancias mejores.

No se puede perder un año cuando se ha vivido lo que algunos tal vez no vivan nunca, ser orgulloso nazareno sin fecha ni plazo de caducidad, al contrario, llevo años por adelantado de cielo por gastar. Gracias Einstein por demostrarme que el tiempo que pierdo en realidad lo gano y puedo cederlo al reloj que más lo necesite, el que marca las horas de una asistencia médica ordenada a cuantos más hermanos mejor, allí donde el tiempo es oro y la salud un tesoro.

Archivado en: Semana Santa 2020.