La realidad, a veces, supera la ficción. Esta Semana Santa hay que vivirla para creerla. Por más que nos pellizquemos, ya forma parte de nuestra historia y algún día la contaremos mientras vemos procesiones. La recordaremos sentados en las sillas del Recorrido oficial, mientras pasan nazarenos. Ejerceremos de abuelos cebolleta narrando lo mismo cada Cuaresma.

Desde luego, esta experiencia de una Semana Santa sin procesiones, ni es deseable, ni espero que se repita. No sé si coincidirán conmigo y estos días también están sintiendo en sus carnes cosas desconocidas. Bueno, quizá conocidas, pero ocultas. Reales pero olvidadas. Intangibles y, sin embargo, casi las podemos tocar. No hablo del horrible amargor de la mañana del Domingo de Ramos. Ni de los puñales clavados en nuestra garganta la tarde del Viernes de Dolores.

No ha terminado la marcha que suena delante de nuestras narices y ya estamos buscando cómo salir de la bulla para correr hasta la siguiente cita que tenemos anotada en nuestro itinerario

Vamos como locos por la vida y llevamos casi un mes sin salir de casa. Qué paradoja. Incluso en Semana Santa solemos ir con más prisas de la cuenta. No ha terminado la marcha que suena delante de nuestras narices y ya estamos buscando cómo salir de la bulla para correr hasta la siguiente cita que tenemos anotada en nuestro itinerario. Ahora, la vida parece que se ha congelado. Esta Semana Santa sólo tenemos nuestros propios recuerdos. También las devociones de cada uno, por supuesto. Nos han robado un año de procesiones a cambio de servirnos en bandeja los recuerdos y vivencias de toda una vida. Es una forma de verlo.

Así salió los Dolores del Puente hasta el Lunes Santo de 2004.

¿En estos primeros días alguno más ha rescatado de la memoria estampas olvidadas que hacía años que no veía? Estaban ahí, todas. Nuestra colección de momentos felices. La suma de hitos que nos han traído hasta aquí. Y éramos incapaces de ver más allá. Queremos esto mucho más de lo que imaginábamos y ha tenido que llegar este dichoso coronavirus para dar un frenazo en seco y darnos cuenta. Ojalá nunca habernos visto así pero, ya que estamos confinados en casa, merece la pena bucear por nuestra propia memoria y viajar -aunque Sabina no lo recomiende- al lugar donde hemos sido feliz.

Tenemos la oportunidad de escapar de las cuatro paredes del confinamiento. Sin salir de casa. Volvamos a la primera Semana Santa de nuestra niñez. A los primeros callejeos de la mano de tu padre. A las primeras escapadas con tus amigos. A la del primer beso, el primer tirón debajo de un varal, la del estreno con el capirote, la de la lluvia o la del terral. Vamos a aprovechar estos días, no sea que mañana nos dejen salir a la calle y volvamos a nuestra vida de locos. Esto puede ser mucho más bonito de lo imaginado.