• domingo, 05 diciembre 2021
  • Actualizado: 30/11/2021
4 meses y 5 días para el Domingo de Ramos

Te robo la anécdota, Kike, tan creíble como resulta viniendo de ti, tú que algo sabes de Santo Domingo, a base de aprenderlo en las lágrimas de la Estrella.

Sin duda sin maldad, pero con esa petulancia capillita que a todos nos asalta de vez en cuando, cuestionaban a tu lado el historial de méritos de la Virgen del Puente, de cara a su coronación. No teorizaste: trasladaste a aquellos mijitas de los honores al antiguo Pasillo de Guimbarda.

Un ladrón, caliente entre sus dedos el bolso del tirón, corría a escape de su víctima y sus espontáneos paladines. De pronto se detuvo. Al parecer, tenía que hacerlo. Al parecer, no se consentía a sí mismo margen de elección: tenía que santiguarse ante el tupido cristalillo, ante la antigua reja de comercio, ésa que pronto sólo podrán evocar los amantes de la vida en blanco y negro. Santiguado, siguió corriendo, no resulta difícil imaginar a qué velocidad.

No sé si ese tironero acabó o no aquella noche en el cuartelillo, si recibió una paliza admonitoria o incluso si mereció indulgencias de Paco Lara. Lo cierto, cuenta Kike, es que la inminencia cardíaca del riesgo fue más débil que la voluntad de saludar a una vecina con vocación de insomnio, la vecina de todos y a la vez de algunos más que otros, en esos equilibrios de afecto que sólo la maternidad doliente sabe y logra manejar. No en vano, ya nos lo pregonó el padre Zurita. Ya lo compartió con nosotros, cómo su madre le llevaba de niño a la capilla del Puente y él las miraba a una y a otra, hasta que un día se preguntó, para siempre, por qué las madres se parecen todas tanto cuando el dolor está por medio.

La vecina de todos y a la vez de algunos más que otros, en esos equilibrios de afecto que sólo la maternidad doliente sabe y logra manejar

Cayó el Pasillo de Guimbarda. Cayó casi todo. En su lugar, las pérgolas del 92 nos ofrecen su disculpa de deterioro, de boceto irresuelto. En su lugar, las casas-hermandad del Huerto y de la Estrella apenas si logran ocultar la verdad del urbanismo y la vida a la que pertenecen.

Avanzando las pérgolas, llegamos a la acera perchelera de Mármoles, si es que aún podemos rotular el nombre del Perchel en un mapa que no sea el de las fábulas del aire. Perpendiculares, entrevemos callejas y portales dudosos, pintadas zigzagueantes. Rúbricas, símbolos y apodos cubren fachadas y muros de solar respondiendo a códigos que desconocemos. De una de las callejas, emergen de pronto vecinas en pijama y zapatillas, acorazadas en el timbre alto de su voz. Van al chino. Quizá, al mismo chino en el que nos disponíamos nosotros a entrar. ¿Por qué sentimos junto a ellas como si algo se nos replegara, se nos torciera, se nos volviera turbio? ¿Qué prevención, agarrota en la imaginación la mano, como si lleváramos en ella el bolso en el que guardáramos toda nuestra autosuficiencia?

De una de las callejas, emergen de pronto vecinas en pijama y zapatillas, acorazadas en el timbre alto de su voz. Van al chino

Dos ventrículos gemelos, cosidos el uno al otro por la leal sutura de Mármoles. Dos barrios de arrugas hermanas, aunque en ellos persistan risotadas de desafío, de orgullo y bravura de vivir. De Santo Domingo a San Pablo, una continuidad de pálpito nos envuelve tras franquear la aduana de la Peña Trinitaria. Los ultramarinos parecen irreales. La anchura de calle Trinidad no logra camuflar la encrucijada de callejas que nos prohibimos y donde, de nuevo, vociferan pintadas. No queremos saber. Al menos, no a fondo. Eludimos educadamente las historias que pudieran aguardarnos tras ventanas y puertas. Nos encogemos en el consuelo de contemplarnos pequeños frente a lo que simplemente desconocemos, a pesar de que algún recado nos llega, a pesar de que tengamos recientes ecos de disparos, a pesar de que aún resuenen frescos gritos de maldición y socorro acompasando su rabia por esa calle Trinidad que tanto costumbrismo recibió y recibe como castigo por su otra rabia, su rabia insobornable de marcar en libertario su propio ritmo, su propia historia.

De Santo Domingo a San Pablo, de nuevo una puerta humilde, de casa de vecinos. De nuevo un zaguán, un patio abierto. De Santo Domingo a San Pablo, la nervadura de este tiempo de incertidumbre ha acabado por traerme de un barrio a su hermano y de reja a reja.

Pienso en las prisiones de los hospitales y cómo, cada vez y siempre que estuve en ellos, Dios andaba repartido por vestíbulos y habitaciones, en almanaques y estampas

En esta Semana Santa, en la que tan a mano se nos ofrece la metáfora de una vida detenida justamente así, entre rejas, un inesperado juego de correspondencias me lleva a contemplar cómo a Dios se le pasa la vida siempre a la mano y siempre encarcelado. Cómo no le resultan en absoluto nuevas las prisiones a las que hoy todos tememos y evitamos, como nunca antes lo hicimos como pueblo. Las de los hospitales, a los que justamente todos evocamos en lontananza de calle Mármoles, como si aún resultaran aquellos de campaña en tiempos de peste, que había que ubicar más allá de la Cruz de Zamarilla. Pienso en las prisiones de los hospitales y cómo, cada vez y siempre que estuve en ellos, Dios andaba repartido por vestíbulos y habitaciones, en almanaques y estampas, cautivador, pero también cautivo; ayudando y, a la vez, necesitado de ayuda. Quienes gozamos del auxilio de poder aferrarnos con mano libre a su reja en San Pablo, no debemos olvidar que Él, en su libertad, las lleva sin embargo atadas. Que, para vivir en quien sufre, se hace sufriente, y Él también, por tanto, necesita ayuda.

Capilla de Jesús Cautivo. (@cautivotrinidad)

Cómo imaginarlo siquiera, un Lunes Santo en el que, al atardecer, calle Mármoles permaneciera completamente vacía en un estruendoso silencio. Nunca pudimos ni entrever semejante vértigo. Sin embargo, quizá el desnudo de Mármoles de hoy sirva para que los Lunes Santos que nos quedan por vivir nos lleguen purificados. Quizá hoy aprendamos del Lunes Santo cosas que antes no fuimos capaces de aprenderle. Quizá el Perchel, Mármoles y la Trinidad así, al desnudo, sin camuflajes, nos resulten más claros, más abiertos, en este día donde todo se decide y se seguirá decidiendo por sus vértebras. Quizá la crudeza sin aparato de su cuerpo se junte a la de los hospitales, y juntas construyan un mismo sentido. Quizá hoy interioricemos más que nunca, nítida la voz de lo que calla, entre quiénes y para quiénes tienen y han tenido siempre su casa abierta la Virgen del Puente y el Señor de la ciudad. Cómo sus rejas siempre han sido y son las rejas de los suyos, las de algún que otro tironero.

Como la ayuda de Dios, sin nuestra ayuda, es la de un Dios entre rejas.