Los cortejos procesionales de hoy nos revelan un importante detalle: todas las imágenes de Cristo configuran un itinerario en el que se representa la Pasión en todos sus episodios. Así, se conforma un particular Vía+Crucis que comienza por el apresamiento del reo en Getsemaní (Rescate) y continúa por el desprecio del Rey Herodes que ordena vestirlo con un hábito blanco (Humillación), pasando por el lavatorio de las manos de Pilato al dictar su Sentencia de muerte para, posteriormente, cargar con la cruz por la calle de la Amargura (Nazareno del Perdón), cayendo al suelo tras la tortura de los soldados y el peso del madero (Nazareno de los Pasos) para, finalmente, llegar a la Agonía de la muerte en la Cruz.

Este ciclo pasional, pese a la diversidad estilística y compositiva empleada en el tratamiento individual de cada escultura, nos remite en última instancia a los diferentes útiles y herramientas empleados en todo este doloroso proceso: las llamadas Arma Christi o Improperia. En efecto, estos instrumentos fueron fijados en número de seis por los teólogos del siglo XIII, identificándose con la corona de espinas, la columna y azotes de la flagelación, los clavos, la esponja, la lanza y, sobre todo, la cruz. Dos centurias más tarde se sumaron al catálogo de atributos otros tantos, a raíz sobre todo de las creaciones de pintores del último Gótico y el Renacimiento como Hans Memling y Fra Angélico. Así, el gallo de las Negaciones de San Pedro, la mano de la bofetada que le propina a Cristo un siervo de Anás, la jarra y la palangana con las que Pilato se lava las manos, las vestiduras propias del reo, el paño de lino utilizado por la Verónica con la faz impresa del Nazareno, los dados del sorteo de la túnica así como las tenazas, el martillo y las escalas utilizadas tanto en la crucifixión como en el posterior descenso del patíbulo, completaban un catálogo de elementos que, en la mayoría de las ocasiones, se representaban en manos de arcángeles que recibían el nombre de “pasionarios”.

Las Arma Christi se fijaron en seis durante el siglo XIII. Dos siglos más tarde se sumaron otros tantos al catálogo

Por lo tanto, es frecuente encontrar en numerosos repertorios iconográficos estas representaciones, dispuestas tanto en los cajillos de los tronos, a modo de cartelas, como en los arcángeles y querubes circundantes. Los gestos de éstos últimos encarnan siempre una singular mezcolanza de caracteres que combinan el dolor martirial que infringen los propios atributos y la fortaleza viril que les imprime el poder suprasensorial que les guía en su quehacer, sin obviar el papel emblemático que ostentan cual mensajeros de la Victoria definitiva de Cristo sobre la tortura física, tras la redención que viene a consumarse en la Resurrección, característica ésta última fijada desde los comienzos de la cultura cristiana, a través del tratado de la jerarquía celeste de Pseudo Dionisio Aeropagita.

No obstante, hay una lectura iconológica que profundiza aún más en la justificada presencia de tales atributos, como es su función de señalar la irreversible defensa del Bien que, a través de las Arma Christi, logra derrotar el Mal. Por esta causa, pueden estar acompañadas de filacterias con inscripciones que refuerzan aún más este sentido expiatorio.

Es más, cada una de estas armas martiriales posee un sentido simbólico-cristiano propio, proveniente de la asimilación previa de otras culturas ancestrales. El gallo, por ejemplo, es símbolo de la inteligencia venida de Dios, anunciando a diario la llegada de los albores del día tras las tinieblas de la noche; el propio martillo o la mano son imágenes de la fuerza bruta proveniente del mal. Por el contrario, la columna posee un mayor desarrollo en la cosmología de los símbolos al protagonizar el papel de piedra sacrificial, semejante al “Árbol de la Vida”, que sostiene la humanidad de Cristo vencida ante la tortura de los flagelos y, al mismo tiempo, lo eleva, en el plano sensorial, cual vástago sobre el que se edificará la gloria celestial, conectando la sefirah, es decir, la tierra, con el cielo, promesa eterna de salvación para el fiel cristiano.

 

(*) Este texto de Javier González Torres, doctor en Historia del Arte por la UMA, se escribió durante la Semana Santa de 2005 y fue publicado en las páginas del diario Málaga hoy. Aquí vuelve a reproducirse.

Archivado en: Semana Santa 2020.