Mi Martes Santo comenzaba en Domingo de Ramos, y viceversa. En el vestíbulo del bloque de mi abuela no paraba de dar vueltas, como una diminuta pantera enjaulada entre los hierros del portal, como un genuino roedor al borde del infarto, que temiera llegar a destiempo al País de las Maravillas. ¿Qué hacían arriba, en el piso? ¿Por qué tardaban tanto? Mi imaginación, nerviosa y acusadora, trataba de vislumbrar qué podía demorarlas cuando, en realidad, no eran ni mi tía ni mi prima las que se hacían las remolonas: era el reloj el que incumplía, el que se ensañaba, el que se empeñaba en no apurar sus agujas hacia la hora acordada, la hora soñada, la hora que hoy, paradójicamente, preferiría pensar que nunca llegó, que aún está por venir. Así lo leo y me leo en Cioran, el silogista de la amargura: “a medida que uno avanza en la vida va dándose cuenta de que no se trata de un aprendizaje, sino de un retroceso en la memoria. Es como si imitáramos un mundo que ya vivimos una vez. No ganamos nada, sino que nos recobramos”.

Finalmente, mi tía tenía compasión, y mandaba bajar a mi prima para que nos adelantáramos. De su mano, de la de mi prima, subía Carretería con miedo a que no acabara nunca, bebiéndome el cielo e intentando afinar los sentidos. Todo respiraba inminencia. Inminencia e inmanencia, pues aquello que estaba llegando, fuera lo que fuera, lo hacía con sencillez, con beatitud terrena, abriéndose y brotando desde un interior inédito de las cosas. Todo, lo inerte y lo humano, parecía recién sacado del armario. Uno ya empieza a ser algo antiguo, y nuestro viaje calzada arriba (ya estaba cortado el tráfico) iba enmarcado por aquella hilera encadenada de muebles que los vecinos de Gigantes, de Molinillo del Aceite, de Arco de la Cabeza y la propia Carretería se vigilaban los unos a los otros de domingo a domingo, de Ramos a Resurrección, hasta que Celia Villalobos decidiera, con justicia, finiquitar la costumbre. Aquel bando suyo, en efecto, fue justo y pertinente, pero hoy, recluido y, por tanto, obligado más que nunca a añorar, por añorar, lo añoro todo. Por fabular, hasta aquellos muebles viejos los recreo tan bellos y estilizados como la más espléndida trabazón de filigranas de una palma rizada en los balcones.

Aquel bando suyo, en efecto, fue justo y pertinente, pero hoy, recluido y, por tanto, obligado más que nunca a añorar, por añorar, lo añoro todo

Quizá, a estas alturas, el lector ande equivocado acerca de cuál era nuestro destino. No íbamos en busca de la cruz-guía de la Pollinica. Todavía no. Nuestra meta primera era San Julián, donde la Parroquia de los Mártires celebraba la bendición de las palmas para iniciar desde allí la procesión de ramos, con destino a aquel templo patronal al que le había brotado el tinglado del Huerto como una nueva nave efímera, en torno a la que pronto empezarían a confluir en raudal las visitas.

Allí, en San Julián, aguardaba puntual don Antonio bajo el dintel de la puerta que lleva de la iglesia al patio, don Antonio, amplio en su capa roja de evangelio de la Pasión y en el severo cuadrangular de su semblante, aquel rostro de gafas ahumadas y músculo fuerte, empapado de una reciedumbre que le acompañaría hasta el final. Un poco más atrás, Pepe trataba de disciplinarnos para guardar turno y mantener la calma: había palmas para todos, aunque eso sí, sólo para los presentes. En efecto: Pepe tenía que afrontar la desagradable encomienda de poner coto a las  pretensiones, a veces algo desmedidas, de tantas manos implorantes (a todos, aquella mañana, se les multiplicaban los familiares y amigos necesitados de la generosidad parroquial, en forma de palmas y ramos de olivo).

Pero además de feligreses, llegados de una y otra orilla de Carretería, había también, aquella mañana de ramos en San Julián, unos personajes borrosos, casi invisibles. Eran apenas sombras, siluetas, perfiles desdibujados que guardaban un absoluto y respetuoso silencio durante toda la ceremonia en la que yo, sin embargo, apenas si lograba concentrarme: el contenido trasiego, el desenvolvimiento sinuoso y la natural elegancia de aquellos convidados de piedra me seguía fascinando cada año como el primero.

Ese ángel fieramente humano de Blas de Otero luchando por escapar, por salirse de la cruz, por lograr que acabe la agonía

No. No era la Pollinica mi primera cofradía. Era las Penas, y aquellos servidores de la discreción no eran otros que los jardineros del Parque dando forma al manto de flores, aupados sobre aluminio y arpillera,  tendiendo y arqueando ramas de ciprés, como si fueran esos israelitas a los que tantas veces hemos visto en los museos, aupados a los árboles para ver mejor al Hijo de David entrando en Jerusalén. Era mi primer Cristo, mi primer semblante de Jesús, ese ángel fieramente humano de Blas de Otero luchando por escapar, por salirse de la cruz, por lograr que acabe la agonía y reclinarse en la noche, en la tumba, en el descanso. Era mi primera floración de entusiasmo, mi primera alegría, la Virgen a medio vestir pero ya exquisita en el exquisito joyero, medida, contenida y resguardada entre las más espléndidas barras de palio de las que ha sido capaz nuestro arte cofrade, esperando también Ella como yo prender, pujar, triunfar en floración.

Tengo bien decidido que hoy, por gracia del CD o de Youtube, la primera marcha que oiré será Virgen de las Penas de Pantión. De nuevo, Cioran: “la música es la arqueología de la memoria”. Necesito no sólo recordar, sino vivir entre mis cuatro paredes lo que en ella siempre veo. Siempre fantaseo en sus acordes a un animal repleto, a la vez, de ímpetu adolescente y fuerza adulta, un animal enterrado allanando, con testuz de ganas de vivir, caminos de libertad, de pulmón abierto, de jardín que prevalece al final de la nevada. La oiré, y entonces volveré a estar junto a mi prima sólo que ya en Martes Santo, y los dos, fundidos con la multitud que aguarda en torno a la puerta de San Julián, volveremos a vibrar, volveremos a temblar cuando, salvado el imposible del dintel, se imponga y nos rinda el segundo exacto en el que la primorosa arqueta plateada de Casielles comience a elevarse, repleta de empuje y de energía, en embestida rotunda y a la vez calculada hacia el cielo, al compás trémulo de las bambalinas.

Todo pueblo que temple su sangre en la espuma mediterránea necesitó, necesita y necesitará siempre celebrar y reencontrarse

Ningún estado de alarma puede confinar la primavera. Estamos aprendiendo, y de qué manera, hasta qué punto la naturaleza es capaz de conformarse en enfermedad y en muerte, pero, lo quiera o no, no puede eludirlo, no puede evitarlo si la estación la obliga. Qué estériles, esos continuos debates acerca de nuestra Semana Santa como mero remedo y eco pagano, o como sólida y única hija de la fe de Cristo y de Israel. Todo pueblo que temple su sangre en la espuma mediterránea necesitó, necesita y necesitará siempre celebrar y reencontrarse, en estos días en los que el sol va ganando batallas de jardín.

Un jardín, el del Paraíso, fue la casa primera del hombre y la mujer, y hacia él regresamos conforme más crecemos. Un jardín persevera este martes, en el que la quemazón de navaja de la Virgen de las Penas va sanando con su verde cirugía el hondón de las heridas. Pozos Dulces. Qué delicia de nombre, para la calle que nos retornará a su puerta mientras crece y se afianza la floración. Mientras se nos abre hoy de nuevo un jardín en la sangre.

Archivado en: Penas, Semana Santa 2020.