Jesús fue tentado por el diablo jefe y yo, pobre pecador, lo he sido por el diablo cojuelo. Había oído hablar de un nazareno indiscreto y logró encontrarlo. La propuesta: levantarme los tejados de los domicilios cofrades para que yo viera lo que ocurría en su interior durante el confinamiento. El precio: no criticar nunca a la Agrupación de Cofradías de Semana Santa. Era tan alto el coste que decidí hacer por mi cuenta un viaje astral con el riesgo de quedarme colgado de alguna antena colectiva.

Y allí estaban, viendo reportajes de Etología aplicada a la Zootecnia para analizar el comportamiento de los animales en cautividad, dicha sea la palabra animal en la primera y más respetuosa de sus acepciones porque, en la segunda, alguien dijo que a Noé le había costado menos trabajo encerrar a los irracionales en el arca que al virus a los racionales en sus casas.

Y ahí estaba un padre explicándole a su hijo que la supresión de las procesiones no significa la supresión de la Semana Santa y que no debe ofenderse cuando le llamen «cuaresmero» o «semanasantero» porque son especies necesarias para la supervivencia de las cofradías.

Ahí estaban varios de una familia asomados a la calle y lamentando que estos días no estuviera lloviendo. «Yo siempre os dije que el agua es muy buena para el campo -decía la madre- por lo que, si llueve en Semana Santa, es una manifestación de la justicia distributiva«.

Ahí estaban párrocos y directores espirituales preparando sus misas virtuales porque este confinamiento nos ha hecho recapacitar sobre su papel esencial en la vida cofrade.

Y el que no se consuela es porque no quiere, como el preso que por intercesión de El Rico iba a salir de una cárcel para encerrarse en su domicilio. A la hora de escribir estas líneas estaba pendiente del Consejo de Ministros, por si las moscas.