• miércoles, 26 enero 2022
  • Actualizado: 23/01/2022
2 meses y 15 días para el Domingo de Ramos

Es Martes Santo y está discurriendo ante tus ojos la Semana Santa más extraña. No sé si la más triste o la más nostálgica, pero sí la más contradictoria de tu vida. Llevamos muchos años tirando de metáforas para desenterrar la veracidad espiritual de esta fiesta nuestra tan emponzoñada en los últimos tiempos por el vano simulacro y el trampantojo. Muchas veces has escuchado como yo el delirio en un micrófono alcanzando la celosía mientras unas religiosas enclaustradas cantaban al Cristo de tus entretelas. Y habías sentido un pinchazo en el alma al leer en el periódico sobre la ausencia de aquel cofrade que se encontraba en la cama de un hospital con el único consuelo de la estampita de su Virgen en la mano. En esas crónicas te hablaban de Caridad, de Amor, de bondad, de inocencia. Te recordaban lo importante, aunque a ti todo aquello se te olvidaba, como a mí, porque al final volvíamos a las calles, porque acababas dejándote llevar por la corriente rebosante de exaltación colectiva tan de tu alma andaluza. Porque hasta hace pocos días eran solo unas pocas monjas las que no levantaban la vista más allá de las cuatro paredes de un cenobio, porque hasta hace pocas semanas eran solo unos contados cofrades con mala suerte los que no habían podido salir con su hermandad a causa de un maldito achuchón. ¡Qué paradoja!

De pronto, el decorado se nos ha venido abajo y nos hemos quedado completamente desnudos ante esta descarnada realidad. Tan trágica, tan cruel. No diré que lo merecíamos porque creo que no. No al menos en estos términos. Pero sí diré que podemos aprovechar la enseñanza, que de toda fatalidad pueden extraerse conclusiones positivas, lecciones que los cofrades no hemos dejado de aprender a lo largo de los siglos en coyunturas similares.

Comenzaba a faltarnos ese hilo conductor que daba razón a todo esto, esa sintaxis de afectos sencillos, esa Semana Santa explicada por los mayores en tu infancia

Escribí hace muy poco -maldita la hora- que echaba de menos esa Semana Santa que discurría por el camino de la memoria y el tiempo, que nos habíamos atiborrado de tronos a deshoras, que ya no me curaban las heridas de la melancolía todas esas cofradías que consumíamos porque comenzaba a faltarnos ese hilo conductor que daba razón a todo esto, esa sintaxis de afectos sencillos, esa Semana Santa explicada por los mayores en tu infancia, esas cofradías bebidas a sorbos en grupo, entre risas de pandillas adolescentes, esas esperas de la mano de una muchacha, como decía Chaves Nogales, ‘acompasadas por el orquestal del recitado interior de nuestras almas conmovidas’.

Son estos los minutos en que me habría dado a recorrer junto a mi hermano el camino más corto a nuestra hermandad de las Penas -¡ay, hermano añorado con su particular destierro en la capital del Reino!-, por esas calles céntricas que te van hablando con tanta profundidad, que te van abriendo de par en par el alma de la ciudad para que puedas respirarla por los ojales de tu capirote. Que te van embriagando tanto que solo tienes minutos para el éxtasis con una Málaga que se te hace, como a García Baena su Córdoba natal, ‘callada y grave’.

Me dirijo a mi hermandad en un paseo por la memoria, por el sueño y por el recuerdo

Por eso, sin los brochazos de Blancura que a estas horas ya irían encalando el Altozano y sin las huestes de Nueva Málaga sitiando las murallas invisibles, en este martes sin Martes, me dirijo a mi hermandad en un paseo por la memoria, por el sueño y por el recuerdo. Por ese sendero cernudiano del tiempo sin tiempo se te abren las carnes porque reparas en tantas cosas que en tiempos de costumbre y normalidad no habrías hecho. Porque vas andando por una verdadera calle de la Amargura, viviendo como todos las estaciones de un vía crucis que a cada hora, y a cada dato demoledor, se te anuncia en la televisión. Fíjate lo que son las cosas, antes las rezabas, las recreabas y ahora las estás viviendo en tu propia carne como el mismo Cristo de la Agonía; o con pesar por el dolor del prójimo, por tu amigo Manuel y por tantos otros, como sufrió la Virgen de las Penas a la que has venido acompañando siempre con gozo, pero a la que hoy estás escuchando sollozar en el eco de tu habitación como si te acercaras al borde más hondo de su abismo.

Hace calor, será por la luz del flexo, y me aireo un poco el antifaz como si fuera por la sobremesa de la calle Císter pensando en que esta Semana Santa tiene que ser la de la Verdad, pero de verdad, sin necesidad de acudir al auxilio de metáforas ni de otros aditamentos literarios. Tiene que ser la Semana Santa que te haya abierto los ojos, la que saque de los papeles de Barbeito aquello de que ‘todo Amor acude desde la nada’, que eso tan horrorosamente prometido en un programa electoral de una Cofradía no se llamaba acción social sino Caridad, que hoy la Caridad no es que se prometa en la mentira escandalosa de un panfleto, es que está por todos los rincones y no te hablaba de dinero sino de amor, de generosidad, de solidaridad, de trabajo abnegado en hospitales, en residencias.

Te olvidarás hasta de cursos de Teología autoimpuestos, esos en los que tú y yo sabemos no buscabas a Dios en las enseñanzas

Esta será la Semana en que sacarás de esa vulnerabilidad que te atenaza lo mejor de ti, en que de la punzada que te ha dado Longinos en tu costado distraído te emplearás en que las cofradías sean a partir de ahora un trasunto para ser mejores cristianos pero sobre todo mejores personas, que te olvidarás de sillas, tribunas, recorridos, de vilipendiar al hermano, de apuñalarlo, te olvidarás hasta de cursos de Teología autoimpuestos, esos en los que tú y yo sabemos no buscabas a Dios en las enseñanzas, sino únicamente el carnet para acceder al poder con esa minúscula con que solo se pueden escribir las cosas más necias. Que por eso esta es la Semana en que ya no basta con creer en Cristo, sino que es Cristo el que cree en ti.

Por lo demás, no te preocupes, los tronos, la cera, las flores, las músicas, las calles, la risa, la cerveza, la emoción, el asombro, todo eso te espera, aunque ahora parezca imposible. La ciudad sigue ahí, está dormida. Solo te pide que la aguardes, que asimiles lo que está pasando, para que vuelvas mejor, que la vida solo te ha robado un año que es lo que dura por entero tu semana, pero para que valores también todos los que has vivido y los que te quedan por vivir.

La primavera ya le ha pegado ese bocado a tu ciudad para que por un tiempo vuelva a ser el Paraíso idealizado del poeta, solo que este año es como si hubieran puesto un cristal para que puedas verlo pero no puedas tocarlo, una mampara como la de un quirófano, como el torno del convento, como el cristal de esa ventana infranqueable para el impedido, un vidrio para que tomes conciencia y consciencia, una tesitura difícil en la que vas a tener muy presente ese dardo escrito por Javier Rubio en ABC para que lo revistas de alivio y de Esperanza: Que todo está ahí. Solo faltamos tú y yo.

Archivado en: Penas, Semana Santa 2020.