Han pasado dos décadas de aquel pregón pronunciado por Jesús Castellanos. Fue un 8 de abril de 2000 y los cofrades acabábamos de conmemorar el Año Jubilar con una procesión extraordinaria que puso en la calle a catorce cristos. La atención era máxima ya que Castellanos hilvanó unas letras críticas, necesarias y esperadas, por otro lado, algo que él mismo declaró en una entrevista previa al pregón.

El balance de los pregones anteriores era de auténtico buen sabor de boca: Carlos Ismael Álvarez (1997), José Jiménez Guerrero (1998) y Federico Fernández Basurte (1999). Fue un elenco de oradores, estudiosos, amantes de la Semana Santa y cristianos. El círculo lo amplió –y yo diría que hasta lo cerró en aquellos años– Enrique Romero (2001). Todo era algo más que hablar del verde esperanza o el de la túnica blanca. Fue guiar con una luz la grandeza de la Semana Santa pero sin obviar los problemas cruciales que se vivían y que era necesario sacarlos a relucir.

Jesús escribió lo que esperábamos, con un pregón que se salió de la estructura clásica de nombrar a cada cofradía por cada día de Pasión. Puso la atención donde había que ponerla y tocó todos los temas del momento. Se trata de un pregón que bien podría darse 20 años después, porque sigue hablando de actualidad, porque mete el dedo en los temas que eran foco de atención –y que lo siguen siendo- y porque tenía mucho que decir. Además dejó unos mensajes entre líneas, lo que provoca la atracción del espectador y del lector, dejándolo pensativo y analizando cada frase. Y no todos tienen esa grandiosa capacidad. Por eso invita a su relectura.

Pisó las tablas del Cervantes con su traje oscuro. El escenario fue minimalista, con muestras de sus orígenes y advocaciones marianas. Un cuadro con una fotografía de la Virgen de los Dolores en un caballete –que luego se colocó durante varios años en la capilla de la Dolorosa cuando abandonaba el espacio para celebrar sus cultos y que fue sustituido posteriormente por un plotter-, tres cruces suspendidas -en honor al Cristo del Perdón y el momento que representa- y el palio de la Virgen de la Estrella. En aquel momento, Jesús era hermano mayor de los Dolores del Puente y presidente de la junta gestora que gobernaba la Estrella.

Castellanos habló con intensidad, acariciando las palabras previas para resaltar luego el mensaje directo que quería dejar. Una hora y dieciséis minutos. Diecisiete aplausos que le cortaron su alocución. Tuvo que venir para decir que la Virgen de la Victoria, “la Virgen a la que Málaga suplicó durante las epidemias ya está entre nosotros trayendo la Salud”, merecía la medalla de la Ciudad –lo que recibió un sonoro aplauso y hasta un olé-, para decir que no la dejen sola en su camino de vuelta al santuario y para decir que no puede quedar “entre nosotros como si fuese una devoción más”.

También apuntó a la música cofrade y a sus bandas, que tenían que ensayar en las calles y que fueron hasta perseguidas por el Ayuntamiento: “Banda de cornetas y tambores que muchas veces ni tan siquiera encontráis el apoyo de esta ciudad (…) ¡seguid alabando a Dios con vuestros sones!”. Mencionó a la banda de Bomberos, Escámez, Puyuelo, Zueco Ramos, Perfecto y Desiderio Artola y a Rafael Hernández para reconocerlos como elementos de nuestro patrimonio y “como tal debemos defender y conservar”. También recordó a dos cofrades de admiración para él como son Pepe Tirado y a Ángeles Blanca Gotán –Angelita-.

No faltó repaso a los medios de comunicación en general -y a algún periodista cofrade en particular- que tratan de imponer el modelo propio, y puro a una Semana Santa tan abierta. “Es duro aceptar que haya quienes, en un verdadero intento de control, usando su capacidad de crear opinión (…) llegan incluso en convertirse en parciales jueces que se permiten premiar a los buenos y castigar a los malos”. En el fondo seguro que todo esto le ocasionaba alguna que otra risa cuando leía o escuchaba a aquellos predicadores que señalaban qué modelo es lo correcto o cómo hay que hacer las cosas en una cofradía. Pero supo esperar para dejar un párrafo que da gusto leerlo una y otra vez.

El cofrade también tenía claro que a las cofradías se viene a servir y no a servirse: “Muchas veces seguimos siendo incapaces de dar soluciones a nuestros problemas en clave cofrade porque nos puede más nuestro afán de poder que el de servir”. La mención a la juventud cofrade estuvo muy presente y animó a los jóvenes a adentrarse y a involucrarse de lleno en las cofradías y que se dejaran de convertir su actividad cofrade “en una mera contemplación estética de tronos o arreglos (…) una erudición que nada explica (…) o una colección casi fetichista de vídeos, grabaciones o carteles”.

No faltaron piropos a la Virgen de la Estrella y recordó cuando un grupo de hermanos le dio el martillo para que, desde el interior de Santo Domingo, levantara el trono: “Y este pregonero que te sueña y que te presiente (…) no podrá olvidar aquel sublime instante, ni aquella primera vez en que, con una mantilla, enmarcó tu cara”. La Dolorosa del Puente está muy presente en su texto, al igual que la Cofradía, “la que no ha necesitado más bordados que una cruz dominica y un puñal traspasado para sentir la enorme responsabilidad de hacer día a día Hermandad”. También hizo una defensa a la Virgen de la Penas enmarcando su paso por la Tribuna de los Pobres. Resaltó los piropos que recibe y que dejan de serlo cuando “una masa apostada a una grada” los transforma en un vocerío carnavalesco. “Así no se le dice guapa a la Virgen de la Penas”. Arrancó un sonoro aplauso.

Y luego resaltó la figura del nazareno, tan denostada en esta ciudad, y más hace veinte años. Escribió un alegato de penitencia dominica, una oración de defensa y amor a la Virgen de los Dolores del Puente intemporal, un párrafo preciso y digno de leerla a toda persona que quiera ser penitente y que es el que más me gusta: “Y ahora, vestid conmigo vuestra túnica y cubríos con el anonimato del capirote para acompañar a la Señora que cruza el Puente a los pies del Cristo del Perdón. Caminad tras Ella por la Alameda y calle Larios que vamos todos a la Catedral a hacer Estación de Penitencia. Uníos todos los que le habéis rezado, a uno u otro lado del Puente; acudid todos los que alguna vez os habéis agarrado a su reja para contarle vuestras penas, porque con Ella van prendidos más de dos siglos y medio de piedad popular, y por Ella un barrio, arruinado en su ruina, reconoce que en la Soledad de su Capilla siempre será la Estrella que lo ilumina con Esperanza”.

El pregón lo abrió la Banda Municipal de Música que interpretó Estrella del Perchel (Miguel Pérez, 1994), Salve Marinera (Cristóbal Oudrid, 1870), Himno de Coronación (Perfecto Artola, 1998) y Dolorosa del Puente (Desiderio Artola, 1994).

Han pasado 20 años. Y siempre es un buen momento para releer su pregón.