Por activa y pasiva he criticado el fenómeno de la globalización cofrade (algunos lo llaman de manera despectiva «miarmización»), que despersonaliza y mimetiza algunas celebraciones externas de la Semana Santa. Es como algunos jóvenes que visten y escuchan la misma música, tanto en un arrabal de Moscú como en otro en Nueva York. Oír a un engominado capataz almeriense o extremeño, con su peculiar acento, dando la llamada como si fuese nativo de la fluvial calle Betis, recuerda al mítico Torrebruno simulando su acento italo-español.

Como el colesterol, que lo hay del bueno y del malo, también así ocurre con la globalización cofrade, donde el imitador puede sacar a la luz los defectos o imperfecciones entre el sonrojo o la sonrisa del que lo ve y padece desde fuera, pero más aún del que es tristemente plagiado. Bienaventurados mis imitadores porque de ellos serán mis defectos.

La globalización mala es como la que viene en los contenedores desde Asia, la del todo a cien, la del prototipo pasopalio imitado hasta la saciedad

Entre la enriquecedora influencia y la burda imitación hay una delgada línea roja que muchos traspasan sin rubor, de ahí que se sobredimensione el valor de modelos procesionistas más auténticos y autóctonos como los de Antequera, Puente Genil o las propias Cádiz y Málaga, quizá menos influenciadas por un conjunto de factores que superan la extensión de este artículo y que daría para una tesis o un ciclo de conferencias.

Esa es la globalización mala, la que viene en los contenedores desde Asia, la del todo a cien, la del prototipo pasopalio imitado hasta la saciedad, la de la recreación infinita del modelo duartino de Dolorosa, o la de cambiar el varal por la trabajadera, cargándose siglos de tradición. Pero frente a ella hay otra realidad, la de la aldea global que nos permite contactar a tiempo real con cualquier rincón del planeta, y más aún los cofrades con lo jartibles que somos.

La globalización buena permite tener una visión más amplia y superar el ombliguismo

La vinculación artística con otros continentes ha sido en épocas pretéritas algo excepcional y casi siempre supeditada a alguna familia adinerada de emigrantes. Es paradigmático el caso del antiguo Cristo de la Columna de Álora, que procede de Quito (Ecuador), y donado por José Hidalgo de Aracena, que hizo fortuna en Popayán (Colombia).

La globalización buena permite ampliar el abanico de contrataciones musicales, tener una visión más amplia que supere el ombliguismo, o bien realizar encargos en nuevos mercados nacionales o internacionales, donde ratificamos que Andalucía es un referente cultural a nivel mundial, y más aún en el tema cofrade, siendo plaza de Primera. Así ocurre con los cineastas extranjeros que nos aportan una mirada distinta en su enfoque procesional y que muchas veces oxigena y nos hace mirar y tal vez sentir de una manera distinta. En cierta medida, con una visión amplia del exterior podemos llegar a conocer, amar y perpetuar las señas de identidad autóctonas.

Dos ejemplos patrimoniales de ello son el nuevo manto de la Virgen de Flores, Patrona de Álora, confeccionado en Paquistán a partir de un diseño de su hermano mayor, Álvaro Fernández; o bien el caso de la nueva Dolorosa María Santísima del Sagrario, del grupo parroquial del barrio de Carranque, y que está siendo gubiada por el afamado escultor de Filipinas, Wilfredo Tadeo Layug. Este segundo caso es prototipo de la importancia de la realidad cofrade malagueña fuera de nuestras fronteras y cómo hay personas que conocen nuestra ciudad y tradiciones sin aún haberla visitado.

Wilfredo Tadeo Layug, en su taller. (elcabildo.org)

Layug es un referente cultural en su Pampanga local, maestro en la pintura, el barro, la madera, el marfil y la escultura civil en bronce. Facebook ha hecho el resto, ya que ha servido de vehículo que acerca sensibilidades, contactando con este artista con el que servidor mantiene una relación ciberepistolar que culminará, Dios mediante, en la bendición de la primera imagen procesional malagueña, y seguramente de España, realizada en el continente asiático. El maldito virus ha retrasado la presentación y bendición de la misma, con la presencia de Layug, familiares y allegados, que están deseando saludarnos personalmente a todos los cofrades malagueños, recordándonos que los españoles les propusimos hace cinco siglos nuestro más rico tesoro: la fe en Jesús y su Madre.

La nueva Virgen del Sagrario viene para sumar en la variada nómina de la imaginería local y además sirve para acercar la realidad cofrade a la amplia colonia filipina en Málaga y la Costa del Sol. La efigie atesora en un interior una esquirla de la imagen del Niño del Cebú, icono de gran devoción en ese país, y que curiosamente en 2021 cumple su medio milenio. «Filipinas devuelve a Europa el regalo con esta Dolorosa del Sagrario», afirma Layug.  Esta nueva imagen aterrizará en una hermandad humilde, por perfilar, de un barrio sencillo y que seguramente se convertirá en su mayor referencia a partir de ahora.