La caza del cirineo: ése era el juego. La centuria romana, a eso de las diez o las once de la mañana, se acercaba a su domicilio para recordarle sus obligaciones, pero él les ganaba en prevenido, rápido y escurridizo, y se daba a la fuga. A partir de ese primer esquinazo, ya no había romano que consiguiera ponerle la mano encima, salta que te salta y corre que te corre de escondite en escondite y, sobre todo, de taberna en taberna, acaudillando y aglutinando las risotadas felices de la chiquillería y el vecindario en general, hasta que llegaban las primeras horas de la tarde y debía darse por concluido aquel jovial pilla-pilla. A esas alturas, tras tanto brindis apurado a la salud de Roma y del padre de Alejandro y Rufo, no resulta difícil imaginar en qué condiciones se hallaban todos para emprender tareas más serias. Por si nuestra imaginación no lo alcanza, nos afina la estampa Díaz de Escovar: «cuando llegaba la hora de la procesión, el cirineo y los soldados romanos que eran sus custodios llegaban tan apistelaos con el mosto de la tierra que daba pena verlos».

Y mira que los hermanos del Nazareno de San Juan se lo habían tomado en serio, aquello de su centuria romana «con toda su escolta de guardia, con jefes y banderas». En medio de aquella tempestad que supuso la cédula de reducción de hermandades de Carlos III y, en general, el conjunto de empeños ilustrados por imponer mesura a los cofrades de todas las Españas (razones, dicho sea de paso, no les faltaban), los del Nazareno defendieron con tanta convicción la pervivencia de su centuria que, para evitar que se les acusara de recurrir a pagaos de bufonería, decidieron asumir un singular carisma en sus constituciones de 1793. Así rezaba el artículo 9: «esta hermandad se compone de dos ramos, el uno de hermanos de luz y el otro de soldados con trajes a la romana antigua, que sirven de representación del paso con la cruz a cuestas que lleva la santa imagen».

Aquellos antepasados nuestros se lo tomaban muy a pecho, el principio de que nada de malo y mucho de bueno había en defender que la vida es puro teatro

Nada de pagaos: los romanos del Nazareno de San Juan debían ser cofrades de pleno derecho, hermanos de entierro y cuota. Y por si en Madrid, aun así, no les compraban el argumento, hasta se remitió a la burocracia real el dibujo de los uniformes. Está claro, en fin, que aquellos antepasados nuestros se lo tomaban muy a pecho, el principio de que nada de malo y mucho de bueno había en defender que la vida es puro teatro, teatro a la griega en el que acercar las fronteras entre público y actores, entre graderío y escenario, logrando así un rito coral, un espejo común en el que reconocerse y alcanzar la catarsis, la purificación, la renovación, el afianzamiento y el renacimiento colectivo. Por supuesto, a la zaga de esos refinados propósitos, propios de Apolo, andaba y andará siempre Dioniso, coronando con diademas de viña las cabezas, acelerando pulsos, desbordando copas. A todo nazareno convencido que no pide agua, a todo portador fiel a su puesto soportando el mono del cigarro, en definitiva, a todo aquél que se concentre en cumplir fielmente su papel, siempre le resultará a la vez demasiado tentadora (y no deberá sentir remordimiento) la Casa del Guardia.

¿Acaso es otra cosa la vida? ¿Acaso no es la ligazón entre lo contenido y lo desmedido la que nos va hilvanando? Con Nietzsche lo sabemos: de nada le sirve a Apolo su sabiduría sin la pujanza del deseo; en absoluta impotencia, se resolvería el instinto de Dioniso, si Apolo no acude a su rescate, dándole forma y domándole lo desabrido. Es en este principio, en esta necesidad mutua donde Nietzsche establece la raíz de la tragedia, del teatro como configuración y expresión sagrada de los pueblos.

Apolo y Dioniso: todo nazareno fusionado estaba convocado hoy a reencontrarse en la contención penitente del tergal y, a la vez, en la endorfina del chocolate con churros de Framil. La seria prestancia burdeos de las túnicas de la Puente estaban llamadas a allanarle cauce a la invasión torrencial de la Paloma, a ese desbordamiento casi inverosímil en el que uno es capaz de vivir una extraña paradoja de felicidad y miedo ante lo absolutamente incontenible, lo abrumadoramente avasallador.

Todo nazareno fusionado estaba convocado hoy a reencontrarse en la contención penitente del tergal y, a la vez, en la endorfina del chocolate con churros de Framil

Sigo en San Juan, como ven, aunque sea acudiendo a esa coqueta sucursal que le ha quedado abierta en la Plaza de San Francisco. Era mucho trecho y, sobre todo, mucha trocha, aquella que tenían que salvar los primitivos hermanos de la Columna desde el convento de la Trinidad. Por eso acudieron al clero de San Juan para cambiar de casa, y lo consiguieron. Desde entonces, y durante siglos, el Miércoles Santo ha sido día de San Juan. Hoy, la cruz-guía de Fusionadas debería estar recuperándole veneros a la Historia a la misma hora en la que nuestros antepasados les repasaban por última vez los rizos a los niños, a los pequeños privilegiados que harían ese año de angelitos pasionistas en el cortejo común de las hermandades de la parroquia, Dolores incluida, esa misma hora en la que veíamos al cirineo y la centuria del Nazareno ajustándose a disciplina aunque eso sí, con cierta torpeza deambulante.

Teatro del ayer y del hoy. Lenguaje de los afectos. El logro genial del Berruguita. La puente de portal de Belén. La fiereza inconmovible del romano. La prestancia de las placas de mayordomía. Las coronas de espinas en el capirote de nazarenos morados con cola extendida, desplegando la metáfora evidente del polvo acumulado.

Vida y teatro. ¿Por qué no pensar que, en estos días de amargura, se nos ha dado también la oportunidad y el cometido de repasar el guión? Quizá, por repetido, lo habíamos dado por sentado y, sin embargo, estábamos obviando pasajes esenciales, matices irrenunciables, inflexiones pertinentes, profundidades desatendidas.

¿Por qué no pensar que, en estos días de amargura, se nos ha dado también la oportunidad y el cometido de repasar el guión? Quizá, por repetido, lo habíamos dado por sentado

Por lo demás, hoy es Miércoles Santo y no soy yo, ese niño al que están achuchando mientras él se encoge en el calor de las sábanas. No soy yo, ése al que mi abuela apremia a superar el apetito del sueño porque ya está rayando el alba del Jueves. “Vamos, Salvador, levántate: tenemos que coger sitio en San Pedro”. Se llama como yo, y aún no puede verme, pero me lleva por dentro: estoy ya anclado, desde que nació, al árbol de su aliento.

Papá, dile a Enrique Navarro que no te siga regañando, porque llueve y no has puesto a salvo tu túnica morada. Dile a tito Paco que espere, que tenga paciencia. Dime, papá, que para vivir basta lo que siento cuando te pienso y pienso en la Expiración.

Que siempre hay un camino hacia la luna.

Archivado en: Paloma, Semana Santa 2020.