Hoy es Jueves Santo, día en el que se abre el Triduo Pascual de la Fe católica, momento central del año litúrgico, en el que conmemoramos la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Fue en el primer Jueves Santo de la historia cuando quedó instituido el sacramento de la Eucaristía, un sacramento de Amor, recibido por la Iglesia como el Don por excelencia al suponer la Entrega de Dios mismo, a través del Hijo, Jesús, para consumar su obra de salvación.

Además de la instauración de este sacramento del Amor de Jesús hacia los hombres, que es la Eucaristía, el Jueves Santo es el día en el que Jesús, tras la Última Cena, transmite a sus discípulos un nuevo mandamiento : «Que os améis unos a otros como yo os he amado» y además establece el Amor como señal de identidad de los cristianos : «(…) en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros». ( Juan 13, 34-35)

Por ese motivo, el Jueves Santo es el día del Amor Fraterno, es el día en el que recordamos que Dios, a través de su hijo Jesús, que murió en la Cruz en un acto de Amor, pide también Amor entre todos los que tenemos a Jesús como modelo a seguir.

Esta situación tan especial nos lleva a reflexionar, quizás sin darnos cuenta, sobre lo esencial para un cristiano

Este año nos hemos topado, casi sin llegar a creérnoslo del todo todavía, con una Semana Santa como nunca antes la habíamos vivido. Una Semana Santa en la que estamos confinados y, por lo tanto, nos vemos obligados a vivirla de otra manera.

Esta obligación sobrevenida ha generado una toma de conciencia por parte de los cofrades en relación a que aunque no haya procesiones, sí que hay Semana Santa ya que, pese al encierro, seguiremos celebrando la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Eso es ciertamente así, pero en el fondo a lo que nos está llevando esta situación tan especial, es a reflexionar, quizás sin darnos cuenta, sobre la diferencia entre lo divino y lo humano de la Semana Santa, es decir, entre lo que viene de Dios, lo esencial para un cristiano, por una parte, y lo propio del hombre, lo terrenal, lo efímero o lo secundario, aunque no por ello poco importante, por otra.

La Virgen de la Amargura, con una rosa blanca en el pecho. (elcabildo.org)

Este año la parte humana de la Semana Santa se ha visto muy afectada puesto que el virus la ha vencido por KO fulminante en el primer asalto llevando consigo la suspensión de todas las procesiones. Esto ha supuesto que los cofrades nos tengamos que quedar en casa y que tengamos mucho tiempo para reflexionar sobre aquellos aspectos de la Semana Santa que provienen de Dios y que son el eje en torno al cual debe girar todo lo demás: el amor entre los hermanos y la vida en comunión dentro de las cofradías.

En su primera carta a los Corintios, el apóstol San Pablo hacía la siguiente proclamación en relación al papel del amor en la vida del cristiano y, por ende, del cofrade:

«Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe» y continúa diciendo «(…) aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada» (1 Corintios 13:1-2)

A los cofrades no se nos puede olvidar este orden de prioridades: primero amor y después fe

En esta carta, el apóstol supedita la fe al amor y manda un mensaje claro: el amor es la señal de identidad del cristiano, o lo que es lo mismo, del cofrade. Hoy en día los cofrades haríamos bien en tener este magnífico documento epistolar de Pablo entre nuestras lecturas de cabecera para no olvidar nunca que las actividades que realizamos en nuestra cofradías, incluidos los cultos internos y externos que llevamos a cabo en honor de nuestros Sagrados Titulares, y a los que lógicamente tanta importancia damos, están por detrás del amor a los hermanos.

A los cofrades no se nos puede olvidar este orden de prioridades (primero amor y después fe) y no podemos perder de vista lo que debe ser el fin prioritario de todo miembro de una cofradía, cualquiera que sea su puesto en ese momento en la hermandad. La pregunta que todo buen cofrade debería formularse cuando buscamos formas de actuar ante las situaciones que se presentan en el día a día de las hermandades tiene que ser la de ¿cómo actuaría Jesús ante esta tesitura? Es, por tanto, el Evangelio y otros libros de la Biblia los que deben servir de referencia al cofrade en nuestras actuaciones en la hermandad y no acudir a tratados maquiavélicos, que aunque podrían servir de referencia a la hora de actuar frente a determinadas situaciones, sin embargo sus propuestas aportan conductas, decisiones y acciones que pueden no responder a la moral del cristiano, sino a las leyes del poder, tan alejado todo eso del mensaje de Jesús.

Poner el amor como punto de referencia en la vida interna de la Hermandad no es tarea fácil ya que exige mucha generosidad y valentía por parte de todos. No se puede considerar como actitud de buen cristiano fijarse más en lo negativo que en lo positivo, en los fallos que en los aciertos, ni tampoco es la actitud de un cristiano el no tener en cuenta a los que no consideremos como «de los nuestros», a los que no piensen como yo, o a los que no me han apoyado en las últimas elecciones, ya que «si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? porque también los pecadores aman a los que los aman» ( Lucas. 6 , 32 )

Nos dijo una vez el obispo que los cofrades teníamos obligación de estar dispuestos a perdonar siempre

Poner el amor como punto de referencia en una hermandad es estar dispuesto a poner siempre el contador a cero, a poner la otra mejilla las veces que haga falta y desterrar por siempre, por Dios bendito, una frase tan alejada de la moral cristiana como es la de “Dios dijo que fuéramos hermanos, pero no primos».

Siendo hermano mayor de mi Hermandad de Zamarrilla tuve la oportunidad de oír una preciosa homilía del obispo de Málaga en la misa del 75 aniversario de la bendición del Cristo de los Gitanos. En ella el obispo reflexionaba sobre la vida interna de las hermandades y hacía hincapié en la obligación de los cofrades de estar dispuestos a perdonar siempre: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete» ( Mt 18,22)

Estamos llamados en el día de hoy, Día del Amor Fraterno, a reflexionar y a comprometernos a hacer de nuestra hermandad un lugar para el amor

Nos decía el obispo a los cofrades que las hermandades tienen la obligación de enseñar y procurar siempre el consenso entre los hermanos, mantener la unidad y la comunión y vivir como verdaderos hijos de la Iglesia para así hacer un verdadero proyecto de vida en las cofradías.

Lo que diferencia una hermandad de una peña recreativa o una asociación lúdico-cultural (con todo mi respeto y cariño hacia ellas) es el papel que la relación entre los hermanos debe jugar en la vida diaria de la institución. Así pues, una reunión de portadores, un culto, una misa, una procesión, una verbena… no dejarán de ser actividades vacías desde el punto de vista cofrade y cristiano si la hermandad no está organizada para potenciar la relación fraternal entre todos los hermanos .

Todos los que nos llamamos cofrades y buenos cristianos, con la imprescindible ayuda y dirección de los directores espirituales (figuras importantísimas en la vida de las hermandades para que los cofrades no perdamos el rumbo), estamos, por tanto, llamados en el día de hoy, Jueves Santo, Día del Amor Fraterno, a reflexionar y a comprometernos a seguir haciendo o a empezar a hacer de nuestra hermandad un lugar para el amor, ya que solo así podremos decir que nuestras Hermandades tienen sentido.