Otra vez la amargura de la túnica que se queda colgada en su percha de la sala de albaceas con tu nombre, Carlos Ismael, y su número, el 290.

Esto lo vimos venir todos con tiempo. No ha sido como las otras veces, sumido en la incertidumbre y el no saber qué hacer hasta el último momento. Ya has vivido otros Jueves Santos con los partes, los nervios, las llamadas, las aplicaciones que muestran por radar los frentes sobre el mapa; el siempre se ha dicho que el levante las mueve y el poniente las llueve y mira esa bandera; la larga cambiada de a las nueve y media nos reunimos y decidimos todos; y viene uno y te dice que Mena se vuelve y nos bloquea el puente y otro que en casa de su cuñada en Guadalmar no llueve. Y atraviesas el patio que resbala mojado como sus muertos a caballo diciéndote a ti mismo que ojalá diluviase de una vez por todas a las once y cuarto mientras oyes el yo no me la jugaba; el acordaos del año que rebotaban los granizos en el suelo frente a La Predilecta; el lo tengo tan claro que no me he puesto ni la túnica; y el si a la hora de salir no llueve…Y toda la casa es un pandemónium y las albaceas mandonas: ¡he dicho ya diez veces que aquí no quiero a nadie y en la escalera menos!

Y luego lo de siempre: el aquí vota cada uno según su conciencia pero el resultado de la votación lo defendemos todos. Y la advertencia consabida de los más antiguos «habiendo fundado temor de lluvia o huracán…», y el que, precisamente ahora, te viene con que ahí están los de la radio y qué les digo. Dile que Dios te ha dado la gracia del Cielo María Dolores y déjanos, porfa. Y el que quiere razonar su voto y que conste en acta. Sí, la decisión es de todos los que bajamos hasta la basílica procurando no pisarnos la túnica pero es uno sólo el que va al ambón y ve el mar verde y morado de los nazarenos que te miran como si les fuera la vida en tus palabras.

La decisión es de todos los que bajamos hasta la basílica procurando no pisarnos la túnica pero es uno sólo el que va al ambón y ve el mar verde y morado de los nazarenos que te miran como si les fuera la vida en tus palabras

Entonces vas y lo sueltas. Lo sueltas como buenamente puedes (a ver si logro que la voz no se me quiebre) e improvisas que estás seguro de que todos lo entendéis; que la noche no está como para jugárnosla; que ser cofrade tiene estas cosas; que el año que viene será otro año etc. Y buscas (buscabas) con la mirada a Antonio para que subiera solemne, el bastón en una mano, los guantes de cabritilla portuguesa en la otra, y dijera aquello de archicofrades: de pie, y le dices al rector que dirija la más desconsolada de las oraciones. O lo que proceda.

Es la hora del llanto dulce, de los besos, de los abrazos verdaderos con los escapularios de por medio. De acercarte o que se te acerquen esos nazarenos que conoces de vista, que ves una vez al año desde hace muchos años, que te digan las cosas que se dicen entonces, que el trabajo estaba hecho, que a nuestra hora estábamos listos para abrir las puertas y tocar a andar, que nos veremos con más ganas el año próximo y a ver si vengo más yo por aquí. Y te vas para los tronos por estar con Ellos mientras los monaguillos ¿oiga se puede llevar el canastito a casa? (los padres son siempre peores que los niños) se van desconcertados y silenciosos sin saber bien qué ha pasado y hay una guapetona en el patio que se ha quitado la dalmática para llorar más a gusto.

La Virgen de la Esperanza. (elcabildo.org)

Y al rato, con aquello ya más clareado, cuando van quedando los del yo no me voy de aquí hasta las cinco y media que nos encerrábamos, la procesión de pésames rituales, el cortejo de gabardinas y paraguas chorreando porque finalmente y a Dios gracias -es un decir- ha jarreado y bien: las comisiones de protocolo, gente correcta y amable que conoces y que sinceramente se conduelen. Toca escuchar lo de habéis hecho muy bien, desde luego la noche estaba metida en agua eso está claro, yo desde que oí tronar a media tarde le dije a mi marido La Esperanza no sale esta noche. Y más abrazos y más esto que está cayendo ahora os cae en calle Larios y os destroza. Y dale con que habéis hecho muy bien.

Y podías alzar los ojos y mirarlos y decirles Tú sabes muy bien que por nosotros no ha quedado y esas cosas que se dicen despacio mirando a los ojos

Lo vivías con los tuyos, con los de tu misma túnica, con los que estaban tan desolados como tú, y sobre todo, lo vivías junto a Ellos. Y podías alzar los ojos y mirarlos y decirles Tú sabes muy bien que por nosotros no ha quedado y esas cosas que se dicen despacio mirando a los ojos. Y de alguna canasta alguien te había dado un tallo de romero al que te aferrabas.

Pero esto de este año ha sido distinto por completo. Desconcertantemente distinto. Y no lo habías vivido. Esta vez lo que notas sobre todo es la desubicación, la nueva y extraña sensación desde que te has levantado esta mañana, de que no estás en tu sitio, de yo qué hago aquí a esta ahora.

Que no salíamos lo sabíamos todos desde hace tres semanas. Y creíamos o decíamos creer que lo teníamos asumido, interiorizado y sentimentalmente amortizado en nuestro interior.

Y resulta que estoy en mi casa; que me he forzado a mí mismo a no estar en pijama

Pero ahora resulta que no se te va de la cabeza que es Jueves Santo y son las 12 de la mañana y yo estaría a esta ahora donde siempre he estado, viviendo mi cofradía con mis hermanos junto al Nazareno del Paso y la Virgen de la Esperanza y resulta que estoy en mi casa; que me he forzado a mí mismo a no estar en pijama; y que me cuesta admitir que, lo que he visto venir con tiempo, me pille ahora descolocado por completo.

Y esta noche, no es que no se abrirán las puertas a nuestra hora ni se tocará a andar, es que no habrá allí un alma ni fuera una multitud.  Y no habrá besos sentidos con los tuyos ni abrazos estrujando los escapularios, porque resulta que estamos cada uno en nuestra casa a la misma hora sin saber bien que hacer y nadie a la vera de Ellos, nadie llorando en el hombro de nadie ni secándose las lágrimas en el terciopelo de la manga u hombres de trono como castillos apoyados desconsoladamente en los varales de nuestro Nazareno, o contra la pared del portón abierto, mirando hipnotizados a la Virgen, diciéndole lo que sólo ellos dos saben.

Yo no tengo ahora ganas de vídeos, ni de otros años más felices envasados al vacío, ni que me vengan con parches en YouTube o sucedáneos varios. Quiero lamerme las heridas e intentar rezar.

Y te das cuenta de que esto por lo que ahora te lamentas y te subes por las paredes, no solamente ya ha pasado

Y de repente se te enciende una luz lejana, tiras de la memoria y hay algo que leíste de pasada hace mucho tiempo y pensaste entonces qué cosas vivieron esta gente. Y vas en busca de esos olvidados papeles y resulta que está allí, en las reglas que aprobaron unos cofrades muy serios vestidos con levita reunidos «en cabildo extraordinario verificado en nuestra Sala de Juntas en la noche del jueves cinco de marzo de mil ochocientos noventa y uno»: Artículo 14: en el desgraciado caso de ser atacada esta ciudad por alguna epidemia, esta Archicofradía… y te das cuenta de que esto por lo que ahora te lamentas y te subes por las paredes, no solamente ya ha pasado -ya ha sido vivido por otros que lo sintieron como tú ahora y que se quedaron con la túnica colgada o planchada y extendida sobre la cama y la horquilla apoyada contra la pared-, sino que además estaba previsto y reglado: «Declarada esta ciudad en estado epidémico…»

Y aterrizas de pronto en lo que te has venido diciendo a ti mismo las tres semanas últimas: que hay cosas más graves e importantes en qué pensar ahora, empezando por rogar a Dios por todos; que menos divagar y dar más gracias; que están los míos porque Tú los amparas y que saldremos, vaya que sí saldremos, adelante y nos sentaremos ante el mar azul en todas las terrazas, y por quincuagésima quinta vez, el día 1de abril, me pondré mi túnica y con ellos, traspasaré el atrio y saldré en procesión delante tuya e iremos a la Plaza para ser bendecidos, y habrá romero para que Tú lo pises y azahar en todos los naranjos.

(Y cuando he querido darme cuenta resulta que voy entre pena y pena sonriendo).

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