Para el jueves de jueves, uno cae en la soberbia de desear lo imposible. Uno quisiera vivir en el apogeo de Reims, de Brujas, de Burgos, de León. Ser capaz de labrar trípticos de gótica filigrana con tablas de paisajes almenados, en los que al fondo se condensa un misterio silencioso de colinas y campos transparentes, transitados por personajes diminutos. Uno quisiera tener el talento de aquellos miniaturistas que se consagraban a la factura de pequeños retablos desplegables para las misas de campaña y los oratorios domésticos, para las damas y las reinas arrodilladas en sus reclinatorios a salvo de miradas indiscretas, con el dedo olvidado a modo de marcapáginas en el libro de horas, perdida de pronto la imaginación por historias de lanzarotes y ginebras. De caballeros del grial.

Pange lingua

Cantaban las mujeres por el muro clavado
cuando te vi, Dios fuerte, vivo en el Sacramento,
palpitante y desnudo como un niño que corre
perseguido por siete novillos capitales.

Con esta estrofa arranca Lorca su Oda al Santísimo Sacramento del Altar, dedicada a Manuel de Falla. Creo haber leído alguna vez que el autor de La vida breve, el exorcista de la Danza del amor brujo, se escandalizó ante aquel homenaje. Quizá, le quemó demasiado el mundo de ruedas y falos que circula; la gilette sobre los tocadores con su afán impaciente de cuello seccionado; el retrato del demonio como vendaval y mancebo de rizos y moluscos.

Han sido no pocos los Jueves Santos en los que he llevado conmigo la oda bajo el brazo con timidez, como si resultara una materia de contrabando que pudiera comprometerme. Empezó a acompañarme, ya con cierta edad, en mi visita solitaria a los monumentos, los pocos que iban y van quedando, esquivando la marejada de Carretería por esas calles cuyo tránsito en Semana Santa tiene, a su vez, verdadero sabor a rito clandestino, calles que se entrecruzan tras el tiralíneas invisible de la muralla y acordonan la antigua Casa del Niño Jesús, conformando todo un laberinto iniciático en el que la algarabía de la ciudad se adelgaza en un rumor aplazado, difuso, como si de verdad uno fuera encadenando posiciones en un damero subterráneo de puentes levadizos, de pasadizos secretos.

Los monumentos. Pepe Soler sigue aglutinando manos que labran prodigios en Los Mártires, pero, en propiedad, ya no son monumentos. En San Juan, la constante fidelidad de Sacramental cinco veces centenaria por parte de los Dolores ya no tiene rito al que ofrecerla. En esta Semana Santa confinada, que tanto nos está sirviendo a todos para reconciliarnos con la memoria (la centenaria y la vivida, la de todos y la de cada uno), recuerdo el feliz apego de mis padres hacia el monumento de las Hermanas de la Cruz. Allí, bastaba con el saludo liso de hermana portera, con la sobria y recia mirada de la Soledad de Ávalos, para que uno sintiera al momento la necesidad de descalzarse las sandalias del alma sin miedo ni aprensión, porque entrar en lo sagrado era entrar en lo sencillo. Allí, el carisma de cal limpia y zotal de Sor Ángela me hablaba a través del pulcro mantel blanco recién planchado, sobre el que los doce panes y las doce escudillas de barro, más que simbolizar, parecían hablar de unos apóstoles que en efecto estuvieran allí, con nosotros, como verdaderamente estaba el Maestro en el sagrario. Parecía que bastaba con adelantarse, con alargar el brazo y extender el dedo, para que quedara patente el prodigio, y los discípulos cobraran forma y figura.

Al final, el último refugio solía ser el Sagrado Corazón. Lo sigue siendo. Apenas una arqueta post-conciliar y unas pocas flores en el altar de la Virgen del Carmen, bajo el azúcar de la mirada de San José allí donde, ay, durante tres años repartió la suya la Virgen de los Dolores.

Abro la Oda al Santísimo. Imito lo que me dice. Entrecierro los ojos, y trato de concentrarme tan sólo en un punto de luz (entornaba mis ojos para darle en el dulce / tiro al blanco de insomnio sin un pájaro negro.) Esta madrugada, más que nunca, será parasceve de soledad y agonía para Cristo en el sagrario. No habrá recibido visitas. No habrá podido confesarnos en presencia, en cuerpo tangible, que su alma está triste hasta la muerte. Y aun así, pange lingua: que cante la lengua.

El Cristo de Pedro de Mena.

Noviazgo

«Al Cristo de la Buena Muerte no le pido cosas para el camino, sino para el final». ¿Cómo nos los habría ido contando el maestro Alcántara, estos días con los que nunca contamos? Sé que nos habría ayudado, que habría sido más fácil. Que su amor y su ironía le habrían logrado a esta angustia su poema. “Bien está lo que bien termina”: se fue el maestro en Miércoles Santo, y en Jueves de Buena Muerte devolvió a la tierra lo que la tierra le prestó.

He ido a hacer la compra, mis manos enfundadas en guantes de látex y mi boca encajada en una rudimentaria mascarilla. Las palomas siguen esperándonos. En los portales, los mendigos que hace tres semanas me abrían las puertas de las iglesias me miran como náufragos desde una playa remota. Definitivamente es cierto: no vendrán este año. No desembocarán en el centro, las masas de las que tantas veces he renegado. De las que es ley de capillita renegar.

Entonces recuerdo lo que me contaba mi compañera Eloísa, lo que yo mismo he visto en antiguos reportajes: cómo a los soldados que debían racionar el agua sólo les enviaban latas de sardina. Cómo en el puerto se acumulaban para embarcar los quintos, llegados de toda España, apenas chavales levantando un palmo del suelo. Cómo los barcos traían amontonados de vuelta a los heridos. Cómo era Málaga la que tenía el dudoso privilegio de contemplar en primera persona quiénes eran los que ponían la sangre en la Guerra de África.

No soy antropólogo. No puedo asegurar que exista el inconsciente colectivo. Sólo sé, hoy más que nunca, que el noviazgo es cierto. Que la muerte acompaña, no aguarda.

También sé que debería practicarlo más. Mucho más. Que debería mirar al Cristo de Alcántara como le miraba y le mira su «escoria» y su poeta, no sea que la verdad me coja desprevenido, y toda esta historia tenga un buen final.

La Virgen de la Esperanza.

Villancico del romero

Sí: bien está lo que bien termina. Habrá merecido la pena este jueves de jueves, si al apagar la luz de la mesita de noche la soñamos una tulipa color caramelo. Todo estará bien si, antes de cerrar los ojos, por un momento creemos que la Navidad está llamando a la puerta y otra vez, sin necesidad de citarnos, estamos todos juntos. Que la cola está repleta desde la calle al presbiterio, y se convierte otra vez en ese reguero verde que vence al invierno en Hilera. Que el cardenal que te lo dijo tenía razón, y la esperanza es la vida de la vida. Que sabemos que los besos se inventaron para usarlos un nuncio en tu mejilla.