• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Lo escrito se ha consumado. La oscuridad cede ante la luz. La hora nona ha dictado su juicio. El velo del templo se rasga mientras la muerte del reo ocasiona el dolor entre su Madre y sus discípulos, la compasión entre algunos mandos y la indiferencia de la soldadesca.

La liturgia evoca el episodio a partir del ceremonial denominado Oficio de Tinieblas. Pertenece a los Oficios matutinos del Triduo Sacro que comienza el Jueves Santo y culmina en la gran Vigilia de la Pascua, en la madrugada del Domingo de Resurrección. Se llamaba así porque se cantaba primitivamente durante la noche y en siglos posteriores al anochecer; así mismo, esa denominación provenía de la oscuridad y ruido que se provocaba al fin del Oficio, para significar el terremoto y eclipse que acaecieron al expirar Cristo en la Cruz.

Con la reforma litúrgica de la Semana Santa, propiciada tras el Concilio Vaticano II, este antiguo oficio se canta por la mañana del Viernes Santo, prescindiéndose del Gloria con que finaliza el Salmo para significar la tristeza de la Iglesia. La ambientación del altar de la celebración contiene un alto candelabro triangular -tenebrario- en el que se colocan quince velas de cera amarilla que van apagándose alternativamente al fin de cada Salmo de abajo arriba, empezando por la primera inferior que mira al lado del Evangelio. Para encenderlas se sigue el orden inverso. Según algunos autores, la disposición triangular de la cera alude a la fe de María y los Apóstoles en la Trinidad; y las quince velas significan los doce apóstoles y las tres Marías: Salomé, Cleofás y Magdalena.

Al apagarse cada vela del tenebrario se quiere significar cómo fue extinguiéndose la fe de todos ellos para con el Maestro hasta dejarle completamente solo en la hora de la tribulación

Al apagarse cada vela se quiere significar cómo fue extinguiéndose la fe de todos ellos para con el Maestro hasta dejarle completamente solo en la hora de la tribulación. La vela más alta en el centro no se apaga nunca, pues representa a Jesucristo, verdadera luz del Mundo, que al morir no se apagó, sino que se ocultó por un breve tiempo en el sepulcro, saliendo de él con renovado esplendor.

También simboliza a la Virgen, la única que perseveró y mantuvo siempre constante su fe y esperanza en la Resurrección de su Hijo. Otros simbolismos complementarios entienden el apagado de las velas como un trasunto de la muerte de los profetas que iluminaban al pueblo hebreo. Detrás de ellos, surge la luz que estaba escondida: Cristo, cuya muerte vaticinaron aquellos y que resurge de las tinieblas de la muerte al tercer día.

Junto a esto, hay obligación de colocar sobre el altar otras seis velas amarillas que van apagándose, del mismo modo, al fin de los versículos del Benedictus. Mientras se repite esta antífona se toma la vela superior del tenebrario y se mantiene apoyada sobre el altar al lado de la Epístola. Al comenzar el siguiente canto, titulado Christus factus est, se esconde dicha vela detrás del altar donde pasa a ser sostenida mientras se recita la oración Respice. Una vez terminada, se saca la vela escondida y se vuelve a poner en el tenebrario.

Desde la muerte de Cristo en la Cruz hasta su traslado a la sepultura, las cofradías del Viernes Santo procesionan diversos episodios intermedios

Por lo tanto, la conmemoración ceremonial, realizada en el interior de los templos, tiene su correspondiente paralelismo en las hermandades que procesionan hoy. Desde la muerte de Cristo en la Cruz (Dolores de San Juan y Amor) hasta su traslado a la sepultura, los episodios intermedios se representan a partir de los diferentes Misterios del Descendimiento, Sagrada Mortaja, Piedad y Traslado.

Tinieblas de la noche, oscuridad del cosmos y ambientación lúgubre que cobran sentido al paso de la Dolorosa de Servitas. La Virgen, sola al pie de la cruz, enlutada en terciopelo y blondas, elevada sobre una peana de carrete de plata y maderas nobles, recibía antiguamente el pésame de sus hijos durante toda la noche del Viernes Santo en la Catedral, volviendo a su sede de San Felipe antes de la Vigilia Pascual del Sábado Santo. Ojalá que esa costumbre se retome en breve para dotar de mayor sentido litúrgico la jornada y anunciar así la aparición del Cristo-Sol que resurge triunfante, al amanecer del día desde lo alto del Sepulcro, desde el antiguo Hospital de San Julián.

Archivado en: Semana Santa 2020.