Todos los días me asomo infinidad de veces a la ventana. Lo hago como si tuviera que comprobar constantemente que seguimos viviendo en esta suerte de ficción distópica que nos ha tocado experimentar. Una realidad que a todos nos llega a parecer increíble por momentos. Al fondo, Santo Domingo con su puente, la plaza e Italcable. Un desierto. Abajo, el conductor de autobús de línea que apura su cigarro antes del cambio de turno. Poco más que ver y que vivir en este tiempo extraño.

En esas visitas al exterior desde mi ventana pienso a menudo en lo que nos está arrebatando el Covid-19. En los casos más extremos, la propia vida o la de alguien cercano. En otros, el trabajo, el sustento. Los que no nos encontramos en esas situaciones tan difíciles debemos sentirnos afortunados.

«En estas visitas al exterior desde mi ventana pienso a menudo en lo que nos está arrebatando el Covid-19″. (M. M. L.)

Hay algo que, sin embargo, sí estamos sufriendo todos: la desaparición de la vida urbana. La posibilidad de transitar por las calles y de observarnos; de mezcla y de intercambio. Ahora más que nunca toma uno conciencia de que la esencia de la ciudad es su gente y de que los edificios, las calles, los parques y las obras de arte monumentales constituyen un decorado que no se sostiene sin quienes lo han construido; y lo cuidan o descuidan. La vida y la muerte de la ciudad pasa por la presencia y la ausencia de quienes la habitan.

La verdad es que en estos días no he pensado demasiado en la suspensión de las procesiones. Tampoco he recurrido al simulacro del altar casero con su estampa y con su incienso ni, apenas, a las reposiciones televisivas. Estoy en otras cosas, otras preocupaciones. Pero no deja de ser cierto que aquella falta expresa, de manera cruelmente perfecta, la muerte de la ciudad de la que hablo: el hervidero tornado en vacío absoluto. Y esa imagen triste se traslada este Viernes Santo al interior de mi casa, en el momento en el que abro la puerta del armario y veo mi túnica de nazareno sin siquiera sacar de su bolsa.

No soy una persona de rituales. No puedo, por tanto, adornar la historia de mis viernes santos con el relato de solemnes preparativos. Sí recuerdo con cariño las rutas cofrades mañaneras que, siendo yo niño, hacíamos con Arturo para visitar a las cofradías que no podríamos ver esa noche. San Juan, el Hospital Noble… Ya de adolescente y adulto, las mañanas y las sobremesas de los viernes santos han transcurrido cada año de manera diferente.  El único rito es llegar al Santuario –casi siempre de los últimos– y completar la procesión de la manera más digna posible.

Nazarenos del Monte Calvario. (elcabildo.org)

Pero hay otra costumbre semanasantera que vino para quedarse hace ya tiempo: la de preguntarme cada Viernes Santo qué diantres me lleva a repetir la experiencia procesional todos los años, desde hace 27. Y pienso -por primera vez- que quizás lo que me impulse sea la libertad de poder hacerlo, de participar en esta ceremonia que no tiene uno, sino muchos sentidos, y que para mí también lo tiene, aunque no sea capaz de desentrañarlo muy bien. Ahora veo que lo que me ha arrebatado el Covid-19 esta Semana Santa es la libertad de ser un nazareno con contradicciones.

No he podido elegir, como no estamos pudiendo elegir hacer muchas cosas. Echo otro vistazo a la túnica metida en su bolsa en el armario y me doy cuenta de que esa escena representa mucho más que no salir en procesión y de lo mucho que echo de menos abrazar y que me abracen. Hemos de asumir esta limitación de nuestra libertad y esta pena como el sacrificio que nos exige la salvaguarda de bienes más importantes. Acaso eso sea ser nazareno este 2020. Merece la pena.