• miércoles, 22 septiembre 2021
  • Actualizado: 18/09/2021
6 meses y 19 días para el Domingo de Ramos

Podrías haber escapado anoche, en el huerto. Te habría bastado apenas con una carrera para llegar a Betania, a casa de Marta y María, y ponerte a salvo.  En Jerusalén se hablaba cada vez con menos disimulo del complot. Nicodemo te tenía advertido y por lo demás qué podías esperar, si habías sido motivo de escándalo en pleno templo. Qué podías esperar, si ya nada esperaban de ti los celotas, si ya daban por perdido el intento de que acaudillaras su soñado levantamiento contra los romanos. Las miradas de entusiasmo se habían ido enfriando al toparse contigo y no faltaría, sin duda, quien envenenara las opiniones envaneciéndose por haberlo advertido, por no haberse dejado engañar: no se podía confiar en un galileo, en un mero hijo de carpintero, en alguien que cura en sábado, se rodea de mujeres y se sienta a la mesa con quienes ningún buen hijo de Israel lo haría jamás.

Para colmo, los vecinos de Jerusalén ya estaban acostumbrados y se lo tomaban con filosofía. En los días de la Pascua, junto a las caravanas llegadas de todos los rincones, de todas las ciudades, de todos los pueblos y aldeas —como aquélla de tu bar mitzvá, a tus doce años—, aparecían no se sabía muy bien de dónde mesías sobrevenidos, histriónicos charlatanes, efímeros líderes de efímeras cuadrillas, para los que todos los años traían de la mano el fin de los tiempos. Hasta los romanos estaban ya hechos a la costumbre, fluctuando entre la prevención y el hastío, y por eso, para evitar desmanes apocalípticos, el gobernador se trasladaba con su guardia desde Cesarea a Jerusalén, y en ella permanecía hasta que los días grandes pasaran y las aguas volvieran a su cauce.

Sí, podrías haber escapado, pero hasta cuándo se puede escapar

Te habías partido y repartido. Te habías dado por entero. Sí, podrías haber escapado, pero hasta cuándo se puede escapar. Ya habías evitado pasar la Pascua en Jerusalén los años anteriores, sabiendo lo que la mano del poder tramaba contra ti. No había llegado tu hora, decías. Anoche, sin embargo, aquella inaudita concentración de pánico martilleándote las sienes te hizo saberlo. Lo supiste nada más caer rostro en tierra. La desmesura del abrazo del Padre, su calor inmenso, te habló con claridad de que, ahora sí, el momento había llegado, y por eso su mano se tendía para ayudarte a sostener el cáliz.

No habías dedicado tu vida ni a ideas ni a programas. Tu vida había sido la gente. Sus corazones, sus miedos, sus opresiones, sus soledades. No buscaste el aplauso de las masas, de las que huías cada vez que intentaban convertirte en su líder. Tu verdad siempre tenía nombres y apellidos. Tu vista se empeñaba en sortear las cáscaras de la apariencia. Nunca te condicionaron las categorías de lo puro y lo impuro.

¿Fuiste demasiado ingenuo, al creer que a nadie, absolutamente a nadie hay que dar por perdido? ¿Que no hay corazón que no acune dentro de sí a la bondad, y sólo es necesaria la paciencia y la constancia del amor para sacarla a flote? Arriesgarse a perder el rebaño, por recuperar una sola oveja. Perdonar setenta veces siete. A quien te pida el manto, dale también tu túnica. ¿Qué lógica era ésa? Más aún, ¿qué justicia?

A quien te pida el manto, dale también tu túnica. ¿Qué lógica era ésa? Más aún, ¿qué justicia?

Durante las últimas obras de restauración de San Juan, la Compañía de Jesús, nuestra hermana de honor, volvió a abrirnos las manos a los cofrades de los Dolores, como ya lo hiciera en aquellos años de humilde insistencia y firme constancia que, finalmente, acabarían por reabrir la puerta de la parroquia. De nuevo, los jesuitas nos brindaron su casa de la Plaza de San Ignacio y el Viernes Santo, durante todos y cada uno de los años que nos acogió, a la comunidad no le importó adelantar los oficios al mediodía para así concedernos tiempo suficiente no sólo para la estación de penitencia, sino también para sus últimos preparativos.

Este Domingo de Ramos, nos dejaba el padre Manuel Cantero, como el Martes Santo partía de entre nosotros don Pedro Luis González, el último rector propio de la Iglesia del Cristo de la Salud, en la que tantas veces celebrara la misa justamente el padre Cantero. Me habría bastado el entusiasmo con el que Ana María Luque me contaba que, un año más, se había prestado a impartirles las charlas cuaresmales a las Hijas de la Inmaculada para que hoy me entristezca como lo hace la marcha del padre Cantero, un jesuita que, bajo su ceño aparentemente fruncido, nunca cesó de incrementar en inteligencia la vida a su alrededor. Me habría bastado, precisamente, con el recuerdo de aquellos oficios del Viernes Santo en el Sagrado Corazón en los que él ejercía de maestro de ceremonias, a los que nos acogíamos los cofrades de los Dolores en aquellos años de exilio forzoso. No en vano, fue de la mano del padre Cantero que descubrí todo el poder evocativo de los improperios de la liturgia del Viernes. Desde entonces, no puedo escapar a su letanía, que vuelve y me revuelve cuando menos lo espero: Pueblo mío, ¿en qué te he ofendido? Dime. Respóndeme.

Un jesuita que, bajo su ceño aparentemente fruncido, nunca cesó de incrementar en inteligencia la vida a su alrededor

No sonaban a reproche. No llevaban dentro la recarga enfática de quien busca abrir caminos de remordimiento torturado, de culpa obsesiva. Eran, simplemente, los requiebros de un enamorado que de pronto se ha quedado completamente solo al borde del camino. Aquellos improperios eran los tuyos, Tú que ya no podías seguir huyendo, y sonaban dulces, melancólicos, como una sonata romántica: como una marcha, ay, de Chopin.

Estoy intentando lo que de antemano sé que no es posible. El Viernes Santo queda del otro lado de la palabra. El Viernes Santo comienza donde el lenguaje se agota: en el sindiós de Dios.

Quizá estuviéramos perdiéndolo de vista. Quizá últimamente el Viernes Santo se estuviera pareciendo cada vez más al resto de días. Quizá este año en el que todo el planeta permanece subido al Calvario sin saber cuándo lo bajarán, aprendamos a necesitar pequeños gestos íntimos y compartidos que distingan de aquí en adelante nuestra vida en Viernes Santo.

Quizá últimamente el Viernes Santo se estuviera pareciendo cada vez más al resto de días

Hoy, el silencio nos ofrece la oportunidad de escuchar dentro de nosotros aquello que llevábamos todo el año queriéndonos decir. Hoy el tiempo está desnudo, como esa mano de nazareno a la que azota de pronto un reguero de cera ardiente ante el que se contiene la queja.

Este año, en San Felipe, la puerta se ha cerrado antes de lo previsto pero dentro, a solas, su pregunta permanece fija al cielo, su pregunta insiste y persevera, diciéndose en todo aquello que hoy la calla.

Archivado en: Semana Santa 2020.