Se nos ha ido como siempre en un suspiro, pero a la vez no puede irse. La Semana Santa de 2020 ha venido para quedarse incluso si el futuro nos trae otras peores, pues si algo ya deberíamos haber aprendido es la falsedad del nunca: el nunca podrá ocurrir; el nunca lo veremos. Con brusquedad, sin tiempo para prevenirnos, nos hemos fusionado con nuestros antepasados, cuyas vidas quedaban forzadas a ajustarse a la posibilidad de que el tiempo les pusiera la zancadilla en cualquier momento, por medio de la guerra, la enfermedad, la muerte, el hambre.

Todos los argumentos son legítimos pero, en mi caso, siempre he encontrado en el magnum silentium del Sábado Santo malagueño una poética, una verdad, una necesidad bien arraigada y acompasada con la vivencia natural del rito por parte de la ciudad, aunque sea cierto que otras jornadas quedarían aliviadas y, no lo niego, uno haya aprovechado más de una vez el despoblamiento del Sábado para contemplar procesiones de otras geografías. Sin embargo, me pregunto si la atmósfera de extrañamiento melancólico que inunda el centro de Málaga el Sábado Santo no supone una adecuación de sentido a defender y una belleza a preservar. Lo considero por lo demás difícil, poder seguir contemplando cortejos penitentes si la vista se la llevó prendida por completo el catafalco, surcando Císter de vuelta. Me cuesta imaginarme, aguardando en Sábado Santo puertas por abrirse, si ya asistí al portazo seco que enterró a María en San Felipe en la tumba de su soledad, tras el que el paradójico aplauso de siempre reafirmó su pertinencia, al establecer la inexorabilidad de que se tienda un punto y aparte.

Me pregunto si la atmósfera de extrañamiento melancólico que inunda el centro de Málaga el Sábado Santo no supone una adecuación de sentido a defender y una belleza a preservar

Sea como sea, esta vez el magnum silentium del Sábado se ha adueñado de toda la semana. Como María y los discípulos el Sábado, la hemos vivido bajo el signo de la dispersión y la reclusión. Nos hemos asociado a su congoja, a su encogimiento ante la muerte, a su miedo ante el futuro, a su temor a que una mano de perdición derribara la puerta del cenáculo a cualquier hora del día o de la noche, en la continua asechanza invisible de un mal en ronda como el de un virus cuya vacuna se resiste.

Sin duda, hemos de dar gracias por todo aquello que nos ha ayudado. Por tantas espontáneas iniciativas. Por el recurso a las nuevas tecnologías para seguir contemplándonos rostro a rostro y voz a voz, a la hora en la que la cruz-guía debería haberse puesto en marcha o a cualquier otra en que no pudimos refrenarle el impulso al corazón. Debemos dar gracias, por haber sido capaces de optimizar e inventar oportunidades. Por habernos acordado los unos de los otros. Por no haber dejado que el tiempo simplemente pasara y nos apisonara, apurando ingenio para ponerle palos en las ruedas a nuestro favor.

Por eso vuelve a ser hora. Por eso, honradamente creo que lo merecemos. Nuestro corazón de pueblo se ha demostrado capaz de acogerse al signo del sepulcro y acatar la prueba. No nos han doblegado los silencios devastadores: los megáfonos de los balcones regalaron saetas al Cautivo en Mármoles, y se vitoreó a la Novia el martes por sus calles despobladas. Sí: mi pueblo se merece hoy ángeles blancos por Carretería. Que, como en el alba de Ramos, al diccionario le regrese la palabra domingo. Que las llanuras del alma y del deseo se alcen y se coloreen con las bandadas de globos que van avanzando a través de la mañana temprana por Comedias y Nosquera, en busca de San Julián.

Hoy, que todavía en ciudades capitales en el concierto de la Semana Santa española la Resurrección cumple un papel endeble, nosotros nos hallamos a las puertas de celebrar cien años proclamando a Jesús Resucitado

Nunca valoraremos lo suficiente la valiente, intrépida y vanguardista decisión de los fundadores de la Agrupación. Con esa machacona insistencia en contemplarnos siempre segundones en genio y en ingenio, los cofrades malagueños seguimos sin otorgar la trascendencia histórica que merece al hecho de que, en una fecha aún tan tridentina como 1921, aquellos hermanos mayores no se contentaran tan sólo con coordinar horarios e itinerarios y optimizar recursos económicos. Hoy, que todavía en ciudades capitales en el concierto de la Semana Santa española la Resurrección cumple un papel endeble, nosotros nos hallamos a las puertas de celebrar cien años proclamando a Jesús Resucitado como nuestra piedra de toque, nuestro vértice y nuestra argamasa. Cien años, renovando la dialéctica de alzar desde la negación nuestra afirmación, la de la propia esencia del misterio pascual por la que la victoria sobre la muerte brota del mismo corazón de la muerte, esa dialéctica que logra transmutar y transfigurar el hábito nazareno en hábito de gloria a través del jubileo de la policromía.

En los años 90, la Agrupación de Paco Toledo colaboraba con las publicaciones cofrades de la época mediante un anuncio institucional en el que el escudo agrupacional sancionaba un lema tipografiado en letras poderosas: UNIDOS POR LA FUERZA DE LA RESURRECCIÓN. Hemos estado unidos, en esta Semana Santa de la prueba, pero me pregunto si con una ausencia excesiva de San Julián como aglutinante, entre otras cosas porque quizá el propio San Julián no se ha consagrado mucho a la tarea. Me pregunto si San Julián se nos está quedando cada vez más lejos. Si es así, no podemos consentírnoslo. En el siglo XXI, nuestro mínimo común denominador resulta tan máximo que el carisma cofrade no puede consentirse el no hablarle al mundo de hoy desde un discurso y una línea de acción vertebrada.

Debemos reinaugurar la ilusión agrupacionista. Debemos regresar al humero, al hogar del cofrade. Debemos recuperar impulsos horizontales para la causa y la casa común. El centenario debe suponer la misma inyección de frescura y reinvención que supuso aquella mañana, aquella primera mañana de Domingo de Resurrección en la que los cofrades presentamos a Málaga a Jesús Resucitado como la bandera que a todos nos concierne y nos impulsa.

Sabemos que estos días de Pascua que se nos llegan lo serán de Pascua amarga

Por lo demás, somos hombres y mujeres racionales. Sabemos que estos días de Pascua que se nos llegan lo serán de Pascua amarga. Quedan muchos días de reclusión por delante, pero, sobre todo, nos queda por apurar demasiada angustia. Quedan demasiados ataúdes por abrirse. Demasiados corazones por romperse. Todo el planeta se zarandea, en todos los órdenes, sin que podamos prever hacia dónde se irán decantando los enormes interrogantes que permanecen abiertos en carne viva.

Correremos la tentación, por tanto, de afirmar que, al menos este año, resulta absurdo celebrar Pascua de Resurrección alguna. Pensaremos que, al menos este año, nadie ha acudido a apartar la piedra de la entrada a la tumba. Nos sentiremos como los discípulos de Emaús, replegados y de vuelta de todas las ilusiones, como tantas veces volvíamos a nuestras casas desde San Felipe mareados, confundidos, rechazados por la turbamulta de copa rota y carcajada entre neones de bar y de shawarma.

Y, sin embargo, en marcha a Emaús, alguien se puso a caminar junto a aquellos desterrados de la esperanza. Alguien que comenzó a reconfortarles el corazón, ya que lo primero que quiso es que pudieran desahogarse con él para, sólo después, exponerles una visión bastante distinta de la suya acerca de la cruz.

Finalmente, camino a Emaús, resonó la petición exultante: Mane nobiscum. Quédate con nosotros.

Jesús Resucitado: haz una casa de toda prisión que nos quede por afrontar, y quédate en ella con nosotros. No te pedimos milagros fáciles, porque no vemos ni amamos en ti a un Dios de milagrerías.

Quédate, Jesús Resucitado. Pase lo que pase, cumple Tú también con el lema: quédate en casa.

Feliz Pascua para todos.

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