Me confundía de lleno cuando afirmé el año pasado que en el 2019 habría un antes y un después en el modelo de la Semana Santa malagueña, motivado por el nuevo Recorrido oficial. El cambio ha llegado justo un año después, en el 2020, y toda aquella polémica casi ha quedado en agua de borrajas, en una anécdota de tertulia cofrade. Los acontecimientos nos han sobrepasado a todos.  Esa cifra redonda que decíamos poéticamente en los pregones supone el inicio de un nuevo ciclo en  la realidad de la Iglesia, y lógicamente en el mundo de las cofradías, siempre bajo el foco mediático. Quedarán para la historia las imágenes del Papa Francisco, más solo pero más acompañado que nunca en la plaza de San Pedro, aguantando el chaparrón.

Recuerdo aún el lema de Caritas, Antes, durante y después de la crisis. La Iglesia está acostumbrada a lidiar en la batalla de la pobreza ya que es parte de su esencia evangélica, y las hermandades de Pasión y Gloria en la última década se han subido a este carro de una manera natural y comprometida, con ejemplos paradigmáticos como el economato de la Fundación Corinto, la Fundación Lágrimas, o la misión de Caicara del Orinoco. Incluso esta misma Cuaresma tuvo como uno de sus últimos actos, el Vía Crucis por los Cristianos Perseguidos en el Oratorio de las Penas, con la coordinación de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada. Como es sabido un icono profanado de Homs (Siria) tenía previsto su llegada a Málaga para ser venerado y procesionado por distintas hermandades, sirviendo de conducto para visibilizar la realidad de la persecución o la perentoria ayuda en países como Venezuela.

Con la nueva década comienza un periodo histórico en el que un virus ha cambiado nuestras vidas, y nos hace salir de la rutina confortable, haciéndonos reconocer lo que por costumbre no valorábamos, desde la visita a familiares, la eucaristía dominical o un paseo por la playa. No obstante, los templos están cerrados pero la Iglesia está más abierta que nunca.

Las cofradías seguro van a reaccionar y a hacer realidad el tópico de que la crisis es oportunidad. Por ahora conectados virtualmente, pero cuando se pueda en las primeras juntas de gobierno, el tema prioritario seguro que será el caritativo en una circunstancia excepcional, y que se va a prologar en el tiempo. Es momento de recoger velas patrimoniales, y salvando los compromisos adquiridos contractualmente, es tiempo de economía de guerra, de actualizar el Milagro de los Panes y los Peces, de sacudir el olivo del Señor del Huerto para recoger y repartir las aceitunas entre los más pobres.

A saber los cuatro gastos básicos de cualquier corporación son el recibo mensual de la hipoteca de la sede (las que la tengan, que son bastantes), los gastos corrientes, la inversión patrimonial y la caridad u obra social.  Obviando que con los bancos no se puede jugar, aunque siempre es aconsejable renegociar, está claro que la balanza deberá desequilibrarse en los próximos años de manera significativa hacia la caridad frente a otro tipo de desembolsos. Está claro que se puede realizar un culto dignísimo metiendo la tijera en flores, calidad de la cera, protocolo, música, nuevo patrimonio, etc.

Es tiempo de hacer malabares con los números, del reclamo de las imágenes para campañas de recogida de todo tipo de productos, de sorteos solidarios, de implicación de los hermanos en el acompañamiento de ancianos, de una red de favores entre cofrades, y de tantísimas otras cuestiones que el ingenio nazareno sacará a la luz, como ha demostrado con las procesiones espirituales y virtuales.

Desconozco el porcentaje que actualmente dedica cada hermandad a la caridad. Sería deseable que las cuentas estuviesen accesibles en todas las webs y no solo se mostrasen a los hermanos en los cabildos. Así, en muchas parroquias se pueden ver sus números cogidos con chinchetas en los tablones de anuncios de la entrada. Son tiempos de más transparencia que nunca, del blanco sobre negro, de no alimentar leyendas urbanas,  y quizá esa balanza  70 – 30  % (cifra a modo de ejemplo, no contrastada) se revierta en favor de la caridad frente a todo lo demás.  Lógicamente hay una casuística inmensa, cuestiones perentorias, restauraciones urgentes, contratos ya firmados, donaciones patrimoniales específicas, etc. pero por otro lado, si los cofrades estamos acostumbrados a esperar años para ver un trono terminado, quizá ahora debamos esperar lustros o décadas.

Por su parte, los ingresos económicos de las cofradías pueden sufrir una importante merma en los próximos meses y quizá años. Fuentes de financiación tan importantes como las verbenas, cruces de mayo, ferias, excursiones, sorteos o loterías de Navidad pueden ser afectadas por la nueva realidad social y económica. Con las cuotas de hermano y las donaciones puede ocurrir algo parecido.

Así, hay que meter la tijera por todos lados,  como en el gasto en bandas de música, por ejemplo. No sería ninguna locura ver un trono en silencio (haberlos, haylos) por haber dedicado el presupuesto a un proyecto caritativo, o más bien una renegociación con los músicos para dedicar un porcentaje del pago a ayuda a los necesitados. Es el momento de renegociar contratos, siendo ésta una cláusula preferente. Además, no hay porque gastarse miles de euros en flores de nombres estrambóticos, ni editar carteles, folletos, libritos, ni revistas que a los pocos meses acaban en la basura o almacenados, teniendo la opción digital (lanzo la idea para futuras ediciones de La Saeta).

La Agrupación de Cofradías, tras la futura devolución de los abonos de sillas, tendrá que hacer encajes de bolillos. De peores avatares ha salido airosa y reforzada. Me quedé corto con lo de la “tormenta perfecta”. Una vez dignificado el patrimonio con el nuevo trono del Resucitado, que falta le hacía, es momento de plantearse meter la tijera en los fastos del Centenario.

Quizá la supresión de una procesión extraordinaria evitaría muchos gastos por no hablar de cartelística, publicidad, exposiciones, fitures, viajes, protocolos, etc. No cabe duda que todo ello genera riqueza en ciertos ámbitos, pero creo que ante esta excepcionalidad histórica es el momento de las grandes decisiones, de la grandeza de miras. Es el momento de quitarse en muchas ocasiones el traje de chaqueta y ponerse el chándal. Es el momento de que los miles de hombres y mujeres de trono empujemos con fuerza para enderezar el rumbo bajo las órdenes de la campana de la caridad. Los submarinos ya han empezado con este reto. Un gesto de sobriedad, reduciendo los fastos a una eucaristía en la Catedral seguro sería comprendido por gran parte de la ciudadanía, cofrade o no.  Está claro que hacen falta dosis de esperanza, pero no creo que sea momento de planear, como ya está ocurriendo en alguna diócesis,  procesiones extraordinarias en septiembre. Es casi de mal gusto.

Que sí, que las procesiones generan riqueza, que estamos harto de argumentarlo, pero seguro que con un poco de sobriedad seguro que seguiremos captando el turismo nacional (del extranjero olvidémonos durante unos años).  Que sí, que fomentamos y casi somos la salvaguarda de algunos oficios artesanales, pero está claro que hay que levantar el pie del acelerador, y tal vez los estrenos del año 21 sean casi los mismo que los del 20.

Corren tiempos interesantes. Las cofradías más que nunca somos Iglesia y tenemos que arrimar el hombro tanto en la parroquia como en la feligresía, y sin olvidar la mirada hacia los hermanos en otros países, que si aquí la pandemia hace estragos, imaginémonos en el Tercer Mundo. Ahora no vale ponerse de perfil o escaquearse. Es el tiempo de los valientes, de meter el hombro cuando el trono se hunde y quedan muchas horas de recorrido. Como dijo un pregonero, los tangaos no entran en el Reino de los Cielos. El que así lo hiciera no pertenece a esta categoría de cristianos que cogemos una cruz y salimos a la calles a proclamar el evangelio. Ahora quizá haya que coger unas bolsas con comida y subirlas a una anciana a un tercer piso sin ascensor, y encima con una sonrisa de agradecimiento por nuestra parte. Tal vez sea el momento de coser mascarillas en vez de túnicas. Los diseños que ahora importan son los de las impresoras 3D. Dos milenios más tarde seguimos siendo cirineos y ahora el madera es más pesado, si cabe.

Archivado en: Caridad, Coronavirus.