Se han hecho y se siguen haciendo numerosos chistes sobre el confinamiento. ¿Están preparados ya los ingeniosos para la desescalada? Cuando hayamos terminado de matar nuestro gusanillo cofrade con telecultos, teleconferencias y procesiones virtuales y cuando ya estemos pisando la calle, habremos pasado de lo virtual a lo real. Será entonces cuando el procesionismo compulsivo vuelva a entrar en ebullición y cualquier mesa con cuatro patas sea susceptible de procesionar. ¿Habrán quedado atrás los buenos propósitos de vivir la vida con más espiritualidad que tronos? ¿Se llenaran las iglesias de cofrades que nunca iban a los cultos y que, en la angustia del confinamiento, prometieron hacerlo en cuanto saliesen? Si doy por hecho que en la cuestión económica ya nada será igual, no tengo claro que en la cosa espiritual no vayamos a volver a las andadas. Y eso que el cepillo es voluntario y la misa gratuita. Y hablando de desescalada, la imagen de la escalera del Sagrado Descendimiento me inspira para el asunto que vengo comentando. Nos han enseñado que después de bajarle de la cruz, sepultarle y resucitar, ya nada sería igual. A ver si es verdad.