Cuando me enteré de que los niños abandonarían el domingo su confinamiento, no pude resistirme a volar con mi imaginación al Domingo de Ramos. La Pollinica sale y no es broma. No sale con ramos, sino con una enorme ilusión. ¡Menuda experiencia!

Otros niños que no pudieron salir en otras cofradías por la lluvia van a vivir esa experiencia por partida triple: no salir un año por la lluvia, otro por una pandemia pero, al final liberados, como en El Rico, por un Consejo de Ministros y con una palabra que no olvidarán nunca: desescalada. Es la generación del virus y de la desescalada.
Y mientras, los viejos cofrades, viejos por experiencia y por edad, seguiremos una incierta cuenta atrás porque aún no sabemos cuándo saldrá nuestra procesión.

A los niños cofrades les quedará toda una vida por delante para experimentar un nuevo resurgir de la sociedad de sus propias cenizas. A los viejos nos quedarán sólo unos cuantos años. Y por lo lenta que será la reconstrucción, sólo nos dará tiempo de vivir el prólogo de esa nueva novela. El resto quedará para las nuevas generaciones.

En estos días de confinamiento en que tanto he leído y tantos reportajes de historia y de naturaleza he visto, he podido darme cuenta de que hay vida más allá de las hermandades y cofradías. Quizás los niños del domingo llegarán también a la misma conclusión de que a la vida lo que es de la vida y a Dios lo que es de Dios.

Si me preguntan cómo me siento al envejecer, contestaría en los columbarios como Michael Caine: «Bueno, considerando la otra alternativa, ¡fantástico!».

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