En vísperas de entrar en la fase 0 camino de la «nueva normalidad», me he puesto a analizar mi evolución mental desde el día en que cerramos nuestra casa de hermandad, hasta el momento en que no sabemos aún cuando ni cómo la volveremos a abrir.

Al comienzo fue el miedo al virus, luego la resignación a estar jugando en una lotería en la que el premio no sería tal premio, sino por el contrario, la propia muerte por la infección. A continuación, la sensación de que podían estar tomándote el pelo y teniéndote como rehén en una guerra política en la que nos estábamos confundiendo de enemigo. Y lo peor, pensar que cerramos nuestras hermandades como hermanos y que corremos el peligro de volverlas a abrir como enemigos con las heridas que la ideologización y los bulos hayan dejado en nosotros.

La «nueva normalidad» nos deberá recordar que en las guerras civiles al final pierden todos porque luego cuesta mucho la reconstrucción.

La mejor sorpresa agradable sería que, al volver a la cofradía, todo siguiera igual: que por encima de rojos y fachas siguieran estando nuestros Sagrados Titulares

Y esto lo digo para curarme en salud y no llevarme sorpresas desagradables. He visto a cofrades insultarse en las redes, aunque no como cofrades, pero ahí ha quedado eso. La mejor sorpresa agradable sería que, al volver a la cofradía, todo siguiera igual: que por encima de rojos y fachas siguieran estando nuestros Sagrados Titulares.

Sin quererlo, he vuelto al punto inicial del miedo y la resignación a que este batiburrillo de fases sea el prólogo de otra escabechina del virus.

Alguien, movido por el hambre, atravesó un campo de minas en busca de alimentos al otro lado del terreno. Ante la perspectiva de muerte por inanición, el ciudadano prefirió jugar a la suerte de no pisar una bomba. También podemos elegir entre pasar por ese campo de minas o por un río lleno de cocodrilos. Más peligroso esto último si los cocodrilos son políticos.

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