“… ¡La de la gracia en el cuerpo,
bordado de lentejuelas
como el cuerpo de un torero!
¡La más bonita del barrio!
Llévame contigo al cielo
y enséñame aquellas cosas
a mí, que soy macareno…”

(‘Poema a la Esperanza Macarena’. Fernando Villalón)

 

Viajó a París por una mujer y trajo consigo una alianza eterna en forma de flor. Éste podría ser el resumen romántico de por qué en el bendito pecho de la Esperanza Macarena oscilan graciosamente las mariquillas, convertidas en un símbolo. Pero es mucho más. No son sólo un una revolución estética si no que encierran en sí mismas la esencia de un empuje popular y el nacimiento de una influencia cofrade y mediática, en el sentido de enorme proyección, de la Hermandad de San Gil que llega hasta nuestros días. Si hay que ponerle nombre y apellidos a esta creación, la historia habla por sí sola. Para el periodista Álvaro Rodríguez del Moral, “el famoso canónigo de Hinojos (Muñoz y Pabón) va a ser el autor intelectual este grupo que se crea en torno a Rodríguez Ojeda, ejecutor material y José (‘Gallito’), que va a ser el que sufraga”. “Un grupo creador en un momento histórico en el que la Macarena se redefinió bajo un modelo que no ha sido superado”, diría el propio Rodríguez del Moral. Cuatro pilares patrimoniales sustentan esta revolución estética que perdura hasta nuestros días: el manto de malla (1900), el palio rojo (1908), la corona de Reyes (1913) y las mariquillas. Comencemos pues.

Para buscar el origen de novedosa impronta de la hermandad de ‘la madrugá’ hay que empezar haciendo referencia al manto de malla, conocido popularmente como el ‘manto camaronero’. Nos trasladamos al año 1900, al inicio del regionalismo, “el inicio de la Macarena que todos conocemos”, como apunta el historiador del Arte, Andrés Luque Teruel. Siendo en esta fecha,  José Gómez ‘Gallito’, no puede ser partícipe ya que sólo contaba con 5 años. Es su hermano Rafael, que no tenía vínculos con la hermandad, quien torea en tres novilladas que organiza la cofradía y en las que se recaudan 22.000 pesetas. Estas se añadieron al montante destinado para la pieza que ya se había iniciado con mil pesetas de la Reina. El resto lo pone el barrio de la Macarena, que participó en muchísimas iniciativas de este tipo.

Como se decía al principio del capítulo, la historia de las mariquillas, otro de los elementos ‘revolucionarios’ es en el fondo una historia de amor. Tal y como relata Luque Teruel, José tenía una amiga (entendido en un sentido muy carnal) en París, era el final de la temporada y fue a visitarla. En recuerdo de aquella visita, el diestro quiere hacerle un regalo a aquella señora y entra en una joyería. El diestro vio una mariquilla, que pensaba que eran un broche al uso para la solapa pero en realidad era para prenderlo en el pelo de las mujeres. Inmediatamente piensa que la Virgen de la Esperanza “tiene que ir vestida como las grandes damas parisinas y compra cinco ejemplares”. Cuando Juan Manuel Rodríguez Ojeda las ve, rápidamente lo tiene en la cabeza: “van a coronar popularmente a la Virgen de la Esperanza y le va a poner las mariquillas en el pecho”.

Para el historiador,  “las mariquillas son joyas art déco en los tiempos del cubismo”. Sólo cuatro años antes, explica Luque Teruel,  Rodríguez Ojeda ha diseñado el palio rojo (1908): “El palio rojo tiene en los picos unas conchas en negativo, esas conchas después con muy mal criterio se van a macizar en oro en las réplicas del palio y le quita presencia visual pero se trata del nacimiento. Recuerden, la Venus de Botticceli nace de una concha”. “La Virgen de  la Esperanza es la expectación ante el cuerpo de Cristo en la cruz, que es el nuevo nacimiento y la vida eterna”, explica. El historiador del Arte aclara que ese es el programa iconográfico que se muestra en la caída del palio y esto entronca con la llegada de las ‘mariquillas’, por lo que “no va a ser casual que sea una flor lo que trae y que se le ponga en el pecho”. Teniendo en cuenta todo lo anterior, sobre la concha va la urna funeraria, de la que salen los tallos, que es la vida, y de éstos los tallos, los acantos, que en la mitología griega es la felicidad de la vida eterna. “Todo eso sobre un fondo rojo, no verde, que es color del cuerpo de Cristo y por lo tanto resulta un programa cristífero”. Se contempla el vacío como elemento creativo, “eso es puro cubismo, puro Picasso”.  Tanto Juan Manuel Rodríguez Ojeda como sus amigos, lo artistas Antonio Susillo o Joaquín Bilbao son grandes conocedores de la joyería, y esas joyas ya traen ese sentido vanguardista. “La joya floral lleva un muelle que vibra, por lo que entre la flor y la Virgen lo que hay es vacío como en la concha del palio, como en las obras vanguardistas”, culmina el historiador. Las mariquillas y la decisión de prescindir de puñal en el atavío de la Esperanza, hicieron del tocado macareno algo personal, rompedor e icónico.

Cada mariquilla «lleva un muelle que vibra, por lo que entre la flor y la Virgen lo que hay es vacío como en las obras vanguardistas”, explica Andrés Luque Teruel

Por su valor artístico y testimonial de una época, Luque Teruel es un defensor a ultranza de la recuperación del palio rojo, porque para él “es la obra cumbre de la Semana Santa de Sevilla, de todos los tiempos”. “Ese palio es Ojeda, es ‘Gallito’, es los macarenos del barrio y vale montarlo una miseria porque están todos los bordados íntegros, en perfecto estado: sólo necesitamos cuatro macarenos valientes que regalen los mantos de camarín y tendríamos el conjunto completo de ‘Gallito’, Muñoz y Pabón y Rodríguez Ojeda”, concluye.

Capítulo especial merece la corona ‘de Reyes’ de 1913, conocida así al haber sido ejecutada por Joyería Reyes. Parte de la cuantía de la pieza salió de la última novillada que toreara José en la Maestranza de Sevilla, en la que se anunció en solitario,  antes de tomar la alternativa. Aquel festejo fue a beneficio de la hermandad de la Macarena. Si esa corona estaba presupuestada en 12.500 pesetas, 3.000 salieron de esa novillada. Además de esta cantidad, la herencia de José Gutiérrez de la Vega que no se va a hacer efectiva hasta ese momento para pagar también parte de la corona. Por otro lado, estuvo la donación de Manuel Jiménez, mayordomo de la hermandad, que pagó la mitad de la corona.

La coronación popular de la Virgen de la Esperanza Macarena tuvo lugar el 14 de marzo de 1913 en la iglesia de San Gil, donde la imagen presidió el presbiterio del templo en su paso. En aquella ceremonia se procedió a la bendición de la presea de Reyes así como su imposición a la venerada imagen de manos del Cardenal Almaraz y Santos, con la lógica presencia de Muñoz y Pabón. Según explica la propia hermandad, la corona sería más tarde nuevamente enriquecida en 1938 con veintiocho brillantes y otros dieciocho en 1953 para cada una de las estrellas apocalípticas de la ráfaga. En 1964, con motivo de su coronación canónica, celebrada el 31 de mayo, se le incorporaron otras alhajas como una esmeralda de gran tamaño donada por una devota catalana.

El cardenal Enrique Almaraz Santos,
arzobispo de Sevilla de 1907 a 1920.

Como dice Rodríguez del Moral, no hay que olvidar la influencia de Muñoz y Pabón en José. De hecho, cuenta el periodista que el canónigo llegaría a bendecirle una pequeña réplica de la Virgen de la Esperanza de vestir que el torero tuvo en su casa y que según algunas versiones podría ser de Mariano Benlliure. Esa Virgen está en una casona en el municipio de Tudanca (Cantabria) que perteneció al académico José María de Cossío y volvió a Sevilla hace uno años para una exposición aunque “algo maltrecha y despeinada”.

El destino quiso que para José un gran deseo quedara sin materializar. Fue su gran obra inconclusa. Se sabe, que hablando con Rodríguez Ojeda ante el palio, José se vuelve y le pregunta: “¿Cuánto valdría un varal de oro (barra de palio en otros lugares)?”. “Mucho, José”, fue la respuesta, añadiendo que uno no sería posible. El diestro estaba dispuesto a pagar los cuatros varales maestros, pero llegó la tarde de Talavera y todo quedó en un profundo deseo. Los cuatro maestros los haría Cayetano González en metal sobredorado en recuerdo de ‘Gallito’, los cuales procesionaron dos años. Como dice Luque Teruel, “Gallito no paró, no tuvo fin, no tuvo límite y si hubiera sido por él, la Virgen no tendría nada que no fuese de oro puro”. De hecho, uno de los primeros regalos que hace José a la Macarena es una onza de oro con un pasador que también forma parte del atavío habitual de la Virgen.

‘Gallito’ estaba dispuesto a pagar los cuatros varales maestros de oro, pero llegó la tarde de Talavera y todo quedó en un profundo deseo

En eso años, ya se ha había hecho otro palio en Sevilla, también de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, que es el palio de la Virgen del Refugio de la hermandad de San Bernardo, que es otra de las hermandades ‘toreras’ de la capital hispalense. Esta hermandad del Miércoles Santo le va a poner también los varales dorados. La impronta de ‘Gallito’ quedó también plasmada en esta corporación gracias a ese regalo que quiso hacer a la Macarena.

Y aunque imitadas hasta la saciedad, la presencia de otras ‘mariquillas’ en dolorosas de advocación similar no ha empañado el origen de una estética de la que ha quedado clara su proveniencia, que fue ni más ni menos una historia de amor plasmada en una pieza que se ha convertido en un emblema. Sirva este extracto del artículo ‘Esperanza Macarena’ de Carlos Colón (Diario de Sevilla, 18 de diciembre de 2015) como resumen perfecto de esta triple entente macarena, la formada por Rodríguez Ojeda, Muñoz y Pabón y ‘Gallito’,  y su creación conjunta para la posteridad: “Por eso los suyos, con Juan Manuel como diputado mayor del gobierno de su belleza, le crearon la más hermosa cofradía de Sevilla, oro que la celebra, lana pura sin mezcla como las ropas de los sacerdotes de Israel, terciopelo que ornamenta las calles para convertirlas en su palacio”.

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