“Suspira bajo su velo
la Virgen de la Esperanza
y arría en señal de duelo
banderas la Maestranza”.

(‘Silencio por un Torero’. Quintero, León y Quiroga, 1962)

 

«Exequias de canónigo, grande de España, ministro de la Corona, Príncipe de la sangre,  Rey y Pontífice. Ojalá que de todos los que mueran pueda decirse otro tanto como de él». Así brotaba el dolor en las palabras que, por su muerte, Muñoz y Pabón dedicó a su gran amigo José. El toro ‘Bailador’ segó la vida de ‘Gallito’ con una tremenda cogida: primero le enganchó por el muslo derecho y luego le infirió una cornada certera en el bajo vientre. José entró muerto a la enfermería de la plaza de toros de Talavera de la Reina (Toledo). El 16 de mayo de 1920, el Rey de los Toreros, con tan sólo 25 años, moría después de haber toreado 670 corridas y matado 1.530 toros. Su fallecimiento no sólo causó un gran impacto en el mundo de la tauromaquia sino también en la sociedad en general, manifestándose de muchas formas. Las generaciones venideras han ido custodiando en su imaginario, de una forma tan emotiva y tan devotamente asumida estas honras fúnebres, celebradas no sin polémica, que parecieran haber sido partícipes de aquellos días tan luctuosos.

Llegada del féretro de ‘Gallito’ a la sevillana Estación de Córdoba, en la plaza de Armas. (@hdad_macarena)

La cronología de los fastos por la muerte del diestro la explicó detalladamente el periodista Álvaro Rodríguez del Moral en la edición de El Correo de Andalucía del 18 de enero de 2020. De esta manera: El cuerpo inerte de José llegó a Sevilla vía ferrocarril el 19 de mayo de 1920, dos días después, el 21, tuvieron lugar los funerales en la Catedral hispalense.  Cabe resaltar que la idea tanto de Rafael, su hermano, como de su cuadrilla, era fue amortajar a José con la túnica de penitente de la Macarena pero no dio tiempo a enviarla desde Sevilla hasta Talavera. El féretro había sido recibido en Sevilla en la estación de Córdoba (en la actual plaza de Armas) por una multitud entre la que se encontraba una representación de la corporación macarena encabeza por el hermano mayor a la sazón, Manuel Aguilar Luque.

La idea de la hermandad había sido sepultar a José en la parroquia de San Gil pero no se obtuvo autorización para ello. La sociedad estamental de la época «se echó las manos a la cabeza por las celebración de los funerales casi con rango de persona regia», recuerda Rodríguez del Moral. Aquello causó la respuesta vehemente de Muñoz y Pabón que utilizó las páginas de El Correo de Andalucía para responder a las críticas: «Si Joselito no ha sido tan funesto para la nación y para la iglesia como lo son los políticos -aquí entran también los locales- nadie tiene la culpa. En las honras de Joselito ha estado toda Sevilla empezando por vosotros, los títulos y los grandes y acabando por los pobres y los humildes. ¿Es que os duele el contraste? El remedio no está en Roma, mereced ser queridos en vida y llorados en muerte. El pueblo hará lo demás […].Por cierto, no han faltado títulos de Castilla asistentes al acto que han sentido escándalo de que todo un cabildo Catedral haga exequias por un torero, pues ¿qué?, ¿no sois vosotros los que aplaudís a los toreros y los jaleáis, los que los aduláis, formándole corte hasta las mismas grada del trono?».

La pluma de Muñoz y Pabón, prendida en la Macarena. (@hdad_macarena)

Este citado artículo levantó el corazón del pueblo de Sevilla que inició una cuestación para regalarle una pluma de oro al canónigo en agradecimiento por la defensa de los funerales de ‘Gallito’. Muñoz y Pabón quiso cambiar ese regalo por una limosna de trigo para los pobres pero finalmente escribió: «Sea el obsequio una pluma y de oro, pero póngase un alfiler que la convierta en un imperdible o broche para sujetar con ella el cíngulo de la Esperanza». Desde entonces esa pluma forma parte del aderezo más popular y habitual de la Virgen junto con la corona de Reyes. Quiso el destino que José y Muñoz y Pabón tuvieran otro hilo de unión, aunque ahora de carácter funesto. También en 1920, concretamente el 3 de diciembre, el famoso canónigo, fallecía.

Como apunta Rodríguez del Moral, «hay que recordar que la nobleza de la época, aglutinada en la Real Maestranza, no había podido terminar de perdonarle a Joselito su impulso a la plaza Monumental de San Bernardo, de la que también se acaba de cumplir un siglo, ya que lo entendieron como un ataque a la exclusividad del viejo coso del Arenal». Cuentan Teresa Puig y Manuel Jesús Roldán en su libro ‘Retrato de una dama. Sevilla en 100 retratos de mujer’, que en una ocasión apareció una pintada en un muro del barrio macareno que decía que «en tiempos de crisis, lo más revolucionario es conservar la alegría» y esa frase bien podría resumir la mentalidad de José a la hora de afrontar la construcción de la Monumental, de la cual hablamos en el capítulo anterior. El abogado Enrique Henares, así lo constata: «La Monumental de Sevilla fue una expresión de la obra social de José y del reconocimiento del pueblo. Cuando se decía que Joselito quería una monumental para ganar más dinero era mentira. Joselito decía que quería una monumental en Sevilla «para el pueblo infeliz», es decir, que el toreo no tiene que ser sólo para las altas clases sociales que simplemente quieren al torero como figura para divertirse sino también para el pueblo que tiene inferioridad económica y que tiene necesidad de participar también en ese bellísimo arte del toreo».

Llegado el 31 de mayo la Hermandad organizó en San Gil honras fúnebres en su memoria. El paso de la Señora sirvió como base para un esplendoroso túmulo al más puro estilo barroco. Remataba el catafalco su vara (bastón) de consiliario y en altar mayor, se descubriría una de las estampas más imborrables de las que se guardan física y emocionalmente de la Macarena. La Virgen de la Esperanza aparecía vestida con velo y gasas negras de riguroso luto. Como nunca se había visto. Como nunca se ha vuelto a ver. El Boletín del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla en su edición de mayo de 2020 acoge un profundo análisis de este arreglo que presentó la Virgen a cargo del historiador del Arte, José de León. En  él justifica que “la producción juanmanuelina está marcada por un fuerte carácter conceptual que definió las formas y símbolos para difundir ideas y significados con gran profundidad teológica”. Es por eso que se entiende que Rodríguez Ojeda “pudo haber vestido a la Virgen según su estilo o incluso retomando la impronta romántica del Siglo XIX con la que conoció a la Virgen de la Esperanza”. Sin embargo, su afamado vestidor optó “por una indumentaria propia de su momento, logrando una visión sumamente impactante, elocuente y sobre todo revolucionaria para ilustrar un suceso único en la historia”. Destacaba en su atuendo, desprovisto totalmente de joyas, la corona de Reyes y un pañuelo regalado por Fernando ‘El Gallo’, padre de José.

“Creo en Dios con toda mi alma y tengo una fe ciega en la Virgen de la Esperanza”, afirmó en una ocasión José y ni su fallecimiento puso fin a su unión con la Macarena. No podía ser otra que Ella la que encabezara cortejo fúnebre que moldeara para la posteridad, en su majestuoso mausoleo, su amigo y también admirador Mariano Benlliure. Más de un siglo de devoción que aún hoy todavía se palpa, se revive, se agradece y se llora.

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