Como cofrade me surgen muchas dudas, ninguna dramática ni apocalíptica, sobre con qué fuerzas vamos a poder responder y cómo vamos a sostener -y en según qué casos encender- la llama de la continuidad de los hermanos en las cofradías.

Así a ojo, diría que para tres cuartos del censo de cada cofradía en el mejor de los casos, el único vínculo que le une a su hermandad es la salida procesional de cada año. Pero cuidado, no es poca cosa: es la razón de ser de la corporación y el principal ritual que la define y la reivindica año tras año y a lo largo de la historia. Cuando la procesión -de gloria, de penitencia- se recoge, sentimos que hemos cumplido un vínculo, una deuda con el calendario, un trato, si se quiere, con nuestros sagrados titulares, que son los que ciertamente entienden por qué estamos allí. O lo que -preciso, precioso- se preguntaba Manuel Moreno Linde el pasado Viernes Santo: sentimos la respuesta no verbal a «qué diantres me lleva a repetir la experiencia procesional todos los años».

Es por eso que, lejos de lo que se estila en la ortodoxia capillita, jamás osaría a minusvalorar ese porcentaje ni a tildarlos de poco comprometidos o indolentes. Entre otras cosas porque muchos, igual, cumplen en la nómina de otra corporación de la que son hermanos ese papel que precisamente critican. Y esto no debe ser otra cosa que una buena herramienta para la empatía; esto es, no tanto para hincar en la conciencia sino para comprender a los demás.

Decía al comienzo que ignoraba cómo va a navegar el barco de las cofradías en esta nueva etapa. Es muy difícil saberlo en un mundo tan mezclado y variopinto como el de las cofradías. Imagino que en unas mejor y en otras peor, por lo que será muy difícil establecer una conclusión que defina el estado general con tino y justicia.

Como aquel que se hace del Madrid o del Barça para jactarse de que, de la noche a la mañana, ya tiene nosecuantas Copas de Europa en su estantería, muchos cofrades han enarbolado la bandera de las calles llenas de público

Pero hay algo que sé que no va a servir como baremo, porque nunca lo mereció, le pese a quienes se ponen la chapa estúpida de tan aleatorio mérito llovido y no adquirido. Hablo de lo numérico.

El mundo de las cofradías puede cargar de argumentos un tren de mercancías para justificar su existencia y su salida a las calles; sin embargo, más de cuatro insolentes viajeros, algunos mediáticos, han venido empleando cara al público la más débil, caduca, caprichosa y, a qué decirlo, cómoda respuesta, no sólo a quienes se preguntaban por nuestra utilidad, sino también, dentro del mismo mundo cofrade, para pisar la cabeza del débil.

Como aquel que se hace del Madrid o del Barça para jactarse de que, de la noche a la mañana, ya tiene nosecuantas Copas de Europa en su estantería, muchos cofrades han enarbolado la bandera de las calles llenas de público para decir con suficiencia a los demás: «mira». Para hacerlo, insisto, no sólo fuera, sino también -y quizá más-, dentro; a los semejantes. Como si el éxito de la convocatoria emanase del organizador y no del protagonista. Como si la masa de público no basculase, no sólo en según qué décadas por un sinfín de motivos sociales y coyunturales, sino, más simple, en según qué esquina, ya más tarde, donde mejor no sacar la foto.

Desde tantos sectores se ha priorizado tanto el muy cierto -vaya por delante y subrayo: muy cierto- ‘salimos para que nos vean’ que se ha disuelto el ‘salimos por y para nosotros’. Claro que nos echamos a la calle esperando una respuesta, un estímulo. Pero hasta en ese enunciado hay un verbo al comienzo, salimos, que nos convierte a quienes formamos dentro de nuestros cortejos en el verdadero meollo.

No salimos para ninguno de los argumentos que algún día podrían volverse guillotina si el panorama cambiara

El público va y viene, se mueve por modas y por gustos. Y no hablo del gusto musical, floral o tronero, aspectos que quedan en minucia cuando de pronto aparecen temporadas en que, directamente, las cofradías dejan de interesar tanto. Ha pasado y, seguramente, tendrá que volver a pasar.

Para entonces que nos pille enseñados. El argumento está dentro de los cortejos, no fuera; somos los que participamos: cada vela, cada hombro. No salimos para llenar los bares, aunque si con ello ayudamos, bendito sea. No salimos para fomentar el turismo, aunque si con nuestra puesta en escena colaboramos, mejor. No salimos para ninguno de los argumentos que algún día podrían volverse guillotina si el panorama cambiara.

Y con esta idea asumida como colectivo, seguro que la foto del Cautivo bajando la rampa o la de la Novia de Málaga en la Tribuna de los Pobres dejarán de ser armas empuñadas torpemente con muy corto recorrido. Y luego, por supuesto, podremos hablar del uso responsable de la ciudad por parte de los cofrades. Que da para otra parrafada.