El curso cofrade comenzó con complicaciones, como lo hará el curso escolar, y la Virgen de la Victoria aplazó a su predicador hasta el año que viene. Nadie es imprescindible en tiempos de pandemia y, por extensión, nadie es imprescindible nunca. No es la primera vez que en este ámbito de opinión cofrade se habla de los imprescindibles.

Un amigo mío ha estado muy malito y en un momento de su intervención quirúrgica se quedó más para allá que para acá, lo que le permitió llegar hasta las puertas del Cielo. No tardaron mucho en salir a recibirle algunos imprescindibles cofrades que, tras su muerte, dejaron de ser imprescindibles.

Poco pudo durar la conversación, pero lo suficiente para analizar la actual situación de la Semana Santa sin procesiones y una grave crisis económica en las cofradías, algunas con serias dificultades para pagar la hipoteca de la casa de hermandad.

Uno le comentó a mi amigo que, en sus tiempos, las cofradías vivían al día, guardaban sus enseres en un almacén y montaban sus tronos en un tinglado. No se miraban las previsiones meteorológicas con tres meses de antelación, sino que se miraba al cielo el mismo día de la procesión. Y mi amigo le preguntó: «¿Tú, en tus tiempos, te considerabas un hermano mayor imprescindible?» Y le respondió: «En mis tiempos, yo era una persona acomodada que, más que un hermano mayor, eran un mecenas. Si había algún problema, tiraba de mi chequera. Luego, llegaron los de la clase media y la propiedad de las cofradías pasó de los mecenas a los bancos. Y los hermanos, accionistas minoritarios».

Mi amigo seguía en el quirófano más para allá que para acá y a punto estuvo de traspasar la puerta del Cielo y convertirse en un cofrade prescindible. Pero no. Abajo le estaban esperando. ¿Volvería a ser imprescindible?