Llevo un tiempo pensando en los atardeceres; en cómo de cojos se han quedado desde que el sol no dispara con su pincel sutil o con su brocha gorda, según qué caso, los rostros que sigo, las joyas que titilan junto a ellos o los humos que les anteceden.

Desde el balcón confinado de abril escuché aquel Viernes de Dolores salir de la tele la Corona Dolorosa mientras fuera, el sol de la tarde se preguntaba por los cordones rojos y las chaquetas oscuras a las puertas de San Juan; por el vaivén de la gente asistiendo a la cita obligada de siglos.

A la semana siguiente, la misma canción: esta vez el nocturno rouan esperaba su brillo para volver a fraguar la anacronía de la noche a la luz del día.

Se trataba de ver consumirse, sin alimento, el mismo astro que recibe al Cristo de la Redención en Sebastián Souvirón, camino de las Monjas; el que erosiona la trama de la pared de San Juan al recorte del león del palio; el que tantos años se escabulló por las ramas de la Alameda. Pero las calles estaban vacías. El sol, también el Viernes Santo, se fue como vino.

Rituales que nos van dibujando horizontes de ilusión, de días vividos con alegría, de los que tan necesitados estamos

Pasaba el calendario, cada uno con su procesión por dentro -la de los suyos y sus historias, sí, que ya es bastante-, pero, tiempo hay para todo, también con la vista puesta en esos rituales que, al cabo, nos van dibujando horizontes de ilusión, de días vividos con alegría, de los que tan necesitados estamos.

Y nada. Le tocó el turno, ajeno al panorama, a la jacaranda. En mayo siempre cae al vacío de la plaza de Capuchinos para alfombrar la tierra que deberá pisar la Pastora. De nuevo las tardes -las de la novena discurren a cámara lenta- pasaban estériles.

Llegó el sábado e imaginé un sol con un par de ojos, como los de los programas infantiles, apurando mientras la órbita le obligaba a saltar la comba de la espadaña de la Iglesia. Todo para contemplar ese rostro del que hay que enamorarse por imperativo de la belleza. Pero nada.

«Mis tardes también son las que regala Doñana»

Muchas tardes están cayendo sin rostros a los que acariciar, sin flores a las que agitar, sin notas musicales que elevar, sin vida que le pase por delante. Hablo de mis tardes, que también son las que regala Doñana, las que sazonan los mantos blancos del Carmen; las tardes rojas del Condado de Huelva recibiendo patronas; la de la Sierra de Aras enganchada al templete que se desliza hasta Lucena. O las tardes del Corpus alumbrando las Custodias de Córdoba, entre paredes recalentadas de todo el día; o las de las fiestas del Valle del Guadalhorce…

Y entra ahora septiembre para acumularnos más ocasos estériles: el del sol retirándose a tiempo para que la Virgen de la Victoria nos alumbre por sí misma; o el del astro que ya se habrá ido en Granada a la salida de la Virgen de las Angustias, esa Mujer que llama al otoño y deshoja los árboles a la contraseña de sus manos vencidas.

En Granada, la Virgen de las Angustias llama al otoño cuando los árboles se han deshojado a la contraseña de sus vencidas manos

Y a estas luces huérfanas, también septiembre habrá de sumar un puñal no conocido: la del atardecer nacido para ondear a la Virgen de los Remedios a la altura de los cierros y ventanas de la Málaga del diecinueve. La tarde en que, a pie de calle y buscando su cara, descubrimos balconadas de forja y esquinas redondeadas. La tarde de enamorarse de esa ciudad que sabe pulir como nadie la que protege Los Mártires desde su triunfo vertical.

Y no son más que tardes perdidas para, cuando sea posible, recordarlas cuando regresen y abrirnos a tantas luces que esperan ser amadas.