Es uno de los templos más visitados por los malagueños, por razones obvias y siempre tristes, y pocos los había con elementos de tan baja calidad y limitada dignidad artística. La capilla del Parque Cementerio de San Gabriel (Parcemasa), a pesar de sus innegables valores arquitectónicos contemporáneos, contaba, en contraste, con un patrimonio mueble ciertamente desolador: figuras de serie en escayola sin apenas unción, ornamentos de celebración muy básicos, exceso de láminas y fotografías a modo de pósteres por las paredes…

Especialmente clamaba al cielo, nunca mejor dicho, la imagen de Cristo en la cruz que presidía el templo, situada de una forma un tanto peculiar -abatida hacia adelante- y con una aureola en la cabeza que se ha llevado más de una década mal colocada cuando no directamente rota. Además, la pieza del Crucificado, de serie, ha carecido del adecuado mantenimiento durante muchos años.

 

En agosto de 2018, Francisco Aurioles es nombrado capellán del Cementerio de San Gabriel, a la par vicario, curiosamente, de la parroquia que lleva el mismo nombre en el barrio de La Malagueta. Con su llegada se han ido produciendo progresivas mejoras que han visto su culmen con la sustitución de la anterior imagen del Crucificado por el titulado Cristo de la Compasión, que ha tallado el malagueño Juan Vega.

La talla representa a un Cristo dialogante en el pasaje evangélico de la conversión de Dimas, el Buen Ladrón, pretendiendo, en palabras del propio autor, que la talla «sirva de apoyo para todos los familiares que en momentos difíciles van a despedir a sus seres queridos».

Aunque en la mayor parte de sus claves, la talla bebe de la imaginería clásica, hay evidentes guiños a la estatuaria contemporánea que la emparentan con otras representaciones de Cristo realizadas durante la etapa de mayor impulso del posconcilio, en los años sesenta y setenta.

Tal y como informa Diario Sur, otras reformas del templo han consistido en la colocación de una Dolorosa de vestir, la Virgen del Consuelo, la restauración del Sagrario y la renovación de los ornamentos para las celebraciones, así como distintas reformas en el presbiterio y la sacristía. En definitiva, en alcanzar mejores cotas de belleza y dignidad artística para la hora de nuestra muerte.